"La estética de la Semana Santa es, a mi parecer, una pasión que puede atraer tanto como repeler"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 31/03/2024 a las 05:00

La primera vez que vi un mozorro con capirote no fue en Pamplona, sino en Zaragoza, ciudad, creo yo, más dada a la necrofilia. La visión del gigante no me traumó, aunque desde mi altura de gnomo el aspecto del capirotado, con un gran cirio entre las manos, me parece ahora sacada de una película de Tim Burton. Más allá de las creencias que cada cual tenga a bien profesar, la estética de la Semana Santa es, a mi parecer, una pasión que puede atraer tanto como repeler. La profusión de puñales, lágrimas, pelo humano, sangre y luto puede adquirir la sobriedad vallisoletana con paso seco marcado a golpe de tambor o la saeta barroca escuchada desde el enrejado de un balcón de Sevilla. La verdad, no he seguido muy de cerca las procesiones pamplonesas, pero sí recuerdo que en 1988 hubo una pelea en la calle Calderería entre un grupo de “intelectuales” punks y los penitentes de la Hermandad de la Pasión, que portaban la talla de la Virgen de la Soledad, objetivo de los punks. Resultado: cirios contra litronas. Sin heridos de consideración. Cuando el PSOE llegó al poder, Felipe González y Alfonso Guerra, astutos sevillanos, calmaron las ansias laicistas de sus correligionarios: “La Semana Santa y la Plaza de la Maestranza, ni tocarlas.” Hasta el laicismo más afrancesado sabe que sólo puede llegar hasta cierto punto, pues no bien lo traspasa pincha con una veta telúrica. Bien lo sabía Luis Buñuel, “Soy ateo, gracias a Dios”, dijo en sus memorias, ateo que adoraba los tambores de Calanda, que truenan hasta las arterias. Como es habitual, la climatología se ha acompasado a los pasos de los procesionarios con un cielo más propio de El Greco que de Velázquez. “Tiempo de Semana Santa”, solíamos decir en casa. Yo ya me entiendo. En un artículo periodístico, Miguel de Unamuno definió muy bien cómo se disimula una chapucilla de entretiempo, tomando prestada la metáfora de las tallas religiosas sin valor artístico: “A mal Cristo, mucha sangre”, que es lo que de vez en cuando hacemos para salir del paso.

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