“Me lo recomendaron los compañeros navarros”, dice un correoso Ábalos, que no siente ninguna vergüenza

Publicado el 04/03/2024 a las 05:00
Vemos al famoso Koldo en una foto en Pamplona de hace años, vestido de dudoso aizkolari, cortando troncos, bajo la atenta mirada de Sanchez, que todavía no era presidente, y de María Chivite, que tampoco lo era. Este Koldo estaba mostrando más o menos que podía con todo, mientras los otros asentían complacidos. Era un militante modelo, dirá Sánchez en sus memorias, Manual de resistencia, que tampoco escribió, como su tesis, pero es lo de menos. Koldo: un tipo abnegado que por aquel entonces, dice Sanchez, participaba en la plataforma antidesahucios. En poco tiempo pasará de antidesahucios a comprar pisos pagando en efectivo en Marbella. Pasará de segurata y portero de casa de mala nota y matón con un par de condenas a manejar millones en el ministerio estrella en aquel momento, el que compraba las mascarillas cuando eran cuestión de vida o muerte. Ahí estaba Koldo, el cortatroncos. Puede haber delitos en toda esta historia, pero esto es peor. Es la degradación. La política debe precisar de estos forzudos y Navarra los exporta. Hay un karma en el socialismo que hace que lo peor se repita una y otra vez como un castigo a las acciones pasadas, un eterno retorno, que no terminará bien. Koldo, en realidad, no es sino una réplica de algo ya visto, más de lo mismo, una reencarnación de Roldan y de esa época que sonroja pero que no ha desaparecido, como un virus resistente. La política no recluta a los mejores, nos quejamos, pero nos quedamos cortos: parece que necesita cada vez más a los peores, que deben ser, para el caso, los mejores. Tenemos cientos de jóvenes brillantes, con varios másteres, estancias en el extranjero, experiencia, ganas de comerse el mundo, pero el ministro con el mayor presupuesto y responsabilidad elige a Koldo como asistente y mano derecha, y resultan tal para cual. Es la selección más perversa, la que desprecia a los mejores. “Me lo recomendaron los compañeros navarros”, dice un correoso Abalos, que no siente ninguna vergüenza y, como en todo lo que dice, no se sabe si es una defensa o una acusación.