"Nada más llegar a la laguna, por la mañana, había cientos de grullas reunidas, muchas apostadas en el dormidero del agua"

Publicado el 26/02/2024 a las 05:00
Tuvimos suerte en nuestra visita a Gallocanta, pues durante el viaje pudimos ver los campos de cereal verde recién brotado bajo el sol brillante y los frutales florecidos salpicando el severo paisaje, como temprano anuncio de la primavera. Y nada más llegar a la laguna, por la mañana, había cientos de grullas reunidas, muchas apostadas en el dormidero del agua, otras que no paraban de llegar de su viaje desde Extremadura o desde la misma África; iban y venían haciendo círculos en el cielo, enviando mensajes y heraldos que anunciaban su llegada, buscando un buen sitio para aterrizar mientras se oía el fragor de su típico trompeteo como un griterío de vecinas o de vuvuzelas; un rumor que crecía como el bramido del mar y que ya habíamos oído sorprendidos desde el coche y ahora, encaramados a una piedra, nos ensordecía casi mientras veíamos atónitos la agitación en la laguna sin saber dónde mirar. El perfil de las aves en el cielo a contraluz en la mañana velada, el cierzo que revolvía los cañizos, y una y otra vez el vuelo elegante de las grullas que ascendían e iban formando poco a poco una V para seguir viaje hacia el norte, de donde nosotros habíamos venido en su busca, como si tuviéramos una cita desde hace mucho tiempo. No en vano cada año nos saludan a su paso, y de pronto la imagen de la gran ave con el cuello estirado me recordó los versos del poeta sobre la garza que iba de mañana/ por estos altos cielos/ de un cristal azul tan puro/sus rojas patas encogidas/ para no rayarlos; los versos de Jiménez Lozano, el amigo de Delibes, un escritor esencial en varios sentidos de la palabra, del que acaba de aparecer una antología con las muchas menciones que hay en sus libros a los pájaros, que personifican para él la minúscula belleza de lo pequeño y sencillo, lo que no cuenta, lo que vive de pura gracia, aquello en lo que sopla el espíritu, desde el petirrojo que le visita en el balcón y le consuela hasta la grulla que se alza al cielo y pasa gritando orgullosa desde arriba.