"Cuando uno ya no busca nada, cuando hace y dice lo que quiere y camina sin red, sale algo muy auténtico, insobornable, como las verdades que suele decir el desahuciado"

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Pedro Charro

Publicado el 19/02/2024 a las 05:00

Savater decidió dejarse morir después de que Pelo Cohete, su gran amor, se fuera, lo que parece el comienzo de un cuento triste, pero algo así, dejarse morir, para alguien como él, que profesa la rara religión de la alegría, no debe ser tarea fácil, así que por hacer algo mientras tanto, dice, se puso a escribir, pese a que se había había propuesto no volver a hacerlo. Es lo que sabe hacer, y los días son largos. Además, y en contra de sus propósitos, siguió leyendo, viajando, bañándose en la Concha y entregando artículos sin cautela, hasta el punto que en el diario de toda su vida le enseñaron la puerta, convencidos de que no tenía remedio. Cuando uno ya no busca nada, cuando hace y dice lo que quiere y camina sin red, sale algo muy auténtico, insobornable, como las verdades que suele decir el desahuciado. El libro que le ha salido, como un hijo tardío, tiene mucha sorna, empezando por el título: “Carne gobernada”, que es el nombre de un guiso, y dice que va de política, amor y deseo y que narra el viaje desde el izquierdismo juvenil, hasta un constitucionalismo ilustrado de derechas, un viaje sin duda de mucho mérito, pues dejar de ser de izquierdas aquí, como ha señalado Trapiello, es mucho más difícil que salir de cualquier armario. Es abandonar la superioridad moral. Carne gobernada es un libro desinhibido y que se va gozosamente por las ramas, está lleno de gente y da algunas pullas que son como la sal en el guiso y junto a la habitual claridad y valentía del autor, hay, como de pasada, un recuerdo para tres amigos que ya se fueron. El primero es Mikel Azurmendi, un místico muy envidiado, pues siempre gustó mucho a las chicas. El otro es Javier Marías, el mejor escritor de los últimos tiempos, que se marchó en plena pandemia. El tercero es Guerra Garrido, imprescindible, el que mejor retrató la miseria moral del terrorismo, en cuyo epílogo vivimos, y que nunca tuvo el reconocimiento que merecía. Era boticario y le quemaron la farmacia, pero tampoco era de los de callarse.

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