Al borde del precipicio

Publicado el 09/01/2024 a las 05:00
Hemos iniciado una legislatura que transcurrirá sin duda al borde del abismo. Y los peligros que acechan a la sociedad española son de muy diversa naturaleza. El deterioro institucional es evidente y hoy nadie discutirá que las instituciones están más deslegitimadas que ayer, son más débiles y el papel estabilizador al que están convocadas es menos eficaz, con la repercusión que tiene esa realidad en otros órdenes de la vida pública. Además, el enfrentamiento de la clase política, las trincheras, se han adueñado del espacio público haciendo imposible cualquier pacto sustancial entre los grandes partidos nacionales y, como consecuencia más peligrosa, se va imponiendo de arriba a abajo, artificialmente, una división social que amenaza con convertirse en irreversible. Podíamos decir que todos los agentes políticos son igualmente responsables de esta situación lamentable, pero no sería cierto. Es el partido liderado por Pedro Sánchez el máximo, aunque no el único, responsable de esta política de enfrentamiento, que menoscaba tanto la estabilidad institucional como esa mínima seguridad que necesitan las sociedades para avanzar. La determinación del PSOE de asumir como socio político para formar Gobierno a un huido de la justicia, convirtiendo a los que delinquieron en las víctimas y a los que les juzgaron en los delincuentes, ha deslegitimado el sistema institucional gravemente, para algunos de forma irreversible. Luego podremos analizar los aciertos o fracasos de la oposición, pero quien ha introducido la democracia del 78 en la crisis de envergadura notable ha sido quien ha puesto su ambición por encima del interés general.
Sí, no hay más que una ambición desordenada, que posteriormente intentan vestir con ropajes respetables y palabras solemnes, que han terminado perdiendo su verdadero sentido original. Dicen que en la guerra la primera víctima es la verdad y es tan cierto como que en esta situación, en la que todo un partido sigue en silencio las veleidades personales de un personaje que no sabe contenerse, la primera víctima ha sido el diccionario. Hablan de Constitución, leyes y justicia, pero desautorizan radicalmente la labor de los tribunales referida a sus imprescindibles socios. Dicen que no pueden gobernar con Bildu en Pamplona y que no gobernarán con ellos en la Comunidad Autónoma Vasca, pero con un golpe de mano, diseñado en la oscura ‘omertà’ de los pactos entre Sánchez y Mertxe Aizpurua, desahucian del Gobierno de Pamplona a UPN e imponen a Bildu. Hablan de soberanía nacional y se van inmediatamente después a Suiza a negociar con Puigdemont ante un relator internacional inverosímil. Hablan de concordia y el discrepante es convertido a renglón seguido en un disidente fascista. Hoy la palabra no vale nada, se trata simplemente de llenar espacios o embadurnar páginas con maledicencias y trucos de pillos. Han convertido la política española en el patio de Monipodio.
Ignoran que las democracias representativas se basan fundamentalmente en la confianza que los ciudadanos tienen en quienes les gobiernan. Sin embargo, hoy la base de las relaciones políticas no es la confianza sino la adhesión entusiasta, sin asomo de crítica, a los que se consideran “los propios”, por encima de la razón. En La derrota de los pedantes, Leandro Fernández de Moratín describe inmejorablemente lo que sucede en la actualidad: “De hoy en adelante a todo crítico se le llamará envidioso, a toda prueba, calumnia, a toda censura libelo, y a todo raciocinio, insulto”. En este ambiente, los debates tienden a ser anecdóticos, coyunturales, intrascendentes; no dejan de ser espejismos artificiales, que permiten activar una especie de ignorancia deliberada, capaz de obviar cualquier argumento que perturbe la adhesión inquebrantable del integrante o simpatizante de la congregación.
Las crisis políticas e institucionales de esta naturaleza se caracterizan por dedicar tiempo, inteligencia y energía a toda la superchería necesaria para mantener la situación, mientras abandonan los problemas fundamentales. No ha habido discusión política en España porque de forma sorprendentemente sigilosa hayamos pasado de ser país donante de la UE, por pertenecer al grupo de los países poderosos, a estar en condiciones de recibir fondos de cohesión, a disposición del grupo de los Estados menesterosos. Es tal vez la mejor representación de nuestro inadvertido e inevitable declive y, sin embargo, ha pasado desapercibido para satisfacción de quienes solo viven de propaganda. Nadie habla en serio del fracaso de la educación, una evidencia contrastable en cualquier índice que analicemos; no podemos decir, sin que se nos caiga la cara de vergüenza que los jóvenes actuales son los mejor preparados de nuestra historia -y que efectivamente lo son- cuando emigran a otros países persiguiendo un futuro más prometedor. Hablan de nuevos modelos económicos, pero nuestra industria sigue en declive suicida y sabemos que parte de lo que el Gobierno llama eufemísticamente “el escudo social” es ruinoso e imposible de mantener a medio plazo.
En España son urgentes las reformas, que se postergarán sin fecha en este ambiente político malsano. Sin embargo, si no emprendemos las reformas necesarias nos deslizaremos inevitablemente hacia aquel pasado negro que creímos superado. Pero lo primero para llevar a cabo esa política es capacidad y voluntad, y de ambas carecen nuestros dirigentes; las han sustituido por ideología barata comprada al por mayor en cualquier campus universitario de EE UU.
Pero no creo que los políticos sean iguales o que tengan la misma responsabilidad. Es más, me ilusionaré y apoyaré opciones que combatan el tribalismo ideológico, que defiendan la Constitución, que se sientan orgullosas de la Transición, que crean que los cambios más ambiciosos son los más humildes, los que se hacen desde una perspectiva reformista, siempre necesitada de mayorías para llevar a cabo proyectos. Me ilusionaré con quienes crean en la nación española y el exceso de ideología no les cause grata hiperventilación. Y para eso deben unirse personas muy diferentes, capaces de superar estrechas visiones ideológicas de andar por casa. Será posible porque es necesario.
Nicolás Redondo Terreros. Exsecretario general del PSE