Ética y política

Publicado el 28/12/2023 a las 05:00
Los últimos acontecimientos que estamos viviendo en la política, tanto a nivel nacional (la tramitación de la amnistía), como a nivel local (la moción de censura del 28 de diciembre, en la alcaldía de Pamplona) nos llevan a preguntarnos si la política, como cualquier conducta social (económica, lúdica, de relaciones con otras personas), está sometida a unas normas morales o es un conjunto de actividades y decisiones, algunas de ellas articuladas para conseguir o mantener el poder, sin ninguna referencia a la ética. La respuesta es que no cabe política sin ética.
Fue el filósofo y sociólogo de mitades del siglo pasado, José Luis López Aranguren, quien ya expresó, en 1963, su preocupación por el distanciamiento entre ética y política, en un ensayo con este mismo título. Desde entonces poco han cambiado las cosas. Los ciudadanos estamos de acuerdo en que nuestra vida y nuestras relaciones se deben producir en el marco de un conjunto de leyes y normas morales, escritas o no, compartidas por todos, que inspiran, orientan y dirigen nuestra conducta de cada día.
En la familia, en el trabajo, en la vida social, en la calle, en las relaciones económicas ajustamos nuestra conducta a normas escritas o simplemente consensuadas. De lo contrario sería imposible la convivencia. Y ¿cabe actuar políticamente, tomar decisiones sólo por intereses de una persona o de los partidos y sin que se ajusten a los principios morales? Evidentemente no.
Cuando observamos cada día las relaciones entre los políticos, bien sea en el congreso, en el senado, en los parlamentos autonómicos o en los ayuntamientos nos escandalizan sus insultos, sus burlas, sus ironías y no podemos menos que preguntarnos si el congreso o los parlamentos son espacios de convivencia que no están sujetos a normas éticas. “Fascistas”, “derechona”, “ladrones”, “carceleros”, “cobardes”, “golpistas”, “miserables”, “sinvergüenzas”, “mentiroso oficial”, “corrupto”, “indignos”, “marrano” son insultos que hemos podido escuchar, en un espacio, el Congreso de Diputados, que debería ser un lugar modelo de respeto, tolerancia y buenas formas. Y lo más triste es que estos insultos no se condenan, sino que siempre son ratificados con aplausos.
Este déficit moral en la política se agrava cuando, abandonando las promesas y programas que apoyamos con nuestros votos, lejos de lo que votamos, y con el fin de conseguir el poder o mantenerse en él, utilizan nuestros votos para articular alianzas al servicio de sus intereses. La democracia, que es un sistema de valores, se ve entonces degradada y desposeída de su esencia y se convierte en algo instrumental para los intereses de los políticos. La democracia se convierte en autocracia.
En el caso de Navarra hay un problema añadido y es compaginar la ética, y, al mismo tiempo, apoyar a Bildu, con el lamentable y bochornoso argumento de que “Pamplona es una situación extraordinaria y excepcional” (Sr, López). Puro oportunismo. Es cierto que Bildu cumple las condiciones legales, pero lleva el lastre de haber apoyado la violencia y el asesinato, con un ambiguo reconocimiento de sus errores y sin pedir perdón a las familias que siguen conviviendo con el dolor y a las que, lamentablemente, se vuelve a humillar impunemente, en los casos más graves, coronando a los asesinos, en los ongi etorri, con el laurel de la victoria, o exigiendo a las víctimas que borren las huellas de su crimen como ocurre en Etxarri Aranatz.
La importancia de la ética en la política ha sido reconocida por filósofos y politólogos desde los griegos, Platón y Aristóteles, hasta nuestros días. La fundamentación de este valor ético no es otra que la razón de existir de los políticos: promover, velar y proteger el bien de los ciudadanos y crear las condiciones para que todos puedan tener una vida digna.
Por otro lado, no deja de constituir una desviación de la política que los políticos se atribuyan el poder de decidir y determinar cuáles son los intereses y las preocupaciones principales de los ciudadanos. Eso es caudillismo. Los políticos se presentan a ser elegidos con un programa escrito que contiene una serie de medidas que van a aplicar. Por tanto, existe un compromiso ético y moral de cumplir con la palabra dada a los ciudadanos. Si no lo hacen, mienten con un comportamiento ético reprobable.
Evidentemente la dinámica de la realidad social y económica, cambia constantemente y es necesario adaptar los programas de los partidos a esa realidad. Pero lo que se aparta absolutamente de la ética son las decisiones tomadas y las alianzas alcanzadas sin otra justificación que el afán de conseguir o permanecer en el poder. Y eso es lo que, lamentablemente, está ocurriendo a nivel de Navarra y del Estado.
La única salida a la actual crisis moral de la política es abandonar la peligrosa deriva de utilizar la política para salvaguardar intereses personales o de partido y, en consecuencia, urge devolver a la política la dignidad y razón de ser que le garantiza la ética. Romper la barrera de la ética degrada la convivencia y deslegitima el ejercicio del poder.
Luis Sarriés. Catedrático de Sociología