El Ministerio de la Soledad

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Francisco Errasti

Publicado el 21/12/2023 a las 05:00

No es ninguna ocurrencia ni fruto de un delirio. Ya en 2018, Gran Bretaña creó el Ministerio de la Soledad y le siguió Japón en 2021. Puede llegar a ser más útil y con mayor contenido que los ministerios y consejerías que se crean para contentar a unos y otros.

Año 1974: “Al igual que los bárbaros acabaron con el Imperio Romano desde dentro, así los hijos del Islam, utilizando el vientre de sus mujeres, colonizarán y someterán a toda Europa”, palabras del expresidente de Argelia, Huari Bumedian, en el discurso ante la Asamblea de la ONU. Casi cincuenta años después adquieren un realismo escalofriante. Una Europa sin juventud, repleto de personas mayores, donde la soledad pugna por sobrevivir en una sociedad que, además, les da la espalda. A este despropósito hay que añadir los millones de abortos cada año.

El mundo occidental, lleno de un orgullo insensato y ciego, se está cociendo en su propia salsa de una mezcla de materialismo atroz y falta de visión trascendente de la vida, aquella que va más allá de las miserias cotidianas que se entrecruzan en el camino de todos. Ha renunciado a sus propias raíces cristianas que dan consistencia y sentido a la vida, mientras se debate en el magma de la indefinición y la falta de valores, perdida y desorientada, sin horizontes dignos del espíritu humano. Como afirma Masha en las 'Tres hermanas' de Chéjov: “Para mí el hombre tiene que tener fe o buscársela. Si no, la vida está vacía. Vivir y no saber por qué vuelan las grullas, por qué nacen los niños, por qué existen las estrellas…O se sabe por qué se vive, o la vida es una broma idiota”.

Los datos son contundentes. Dos tercios de la población vive en lugares en los que el índice de fecundidad se encuentra por debajo del nivel de reemplazo de 2,1 hijos por mujer. Si se recorre el mapa del índice de fecundidad de estos países que, en su mayor parte, desconoce por qué vive, la elocuencia de las cifras va más allá de la desnudez que señalan: Entre los países europeos Malta se encuentra en el podio con 1,13 nacimientos por mujer (2021); el de España es de 1,19 y el de Italia, de 1,25. Francia, el país europeo con la mayor tasa de fecundidad (1,84 en 2022), tiene la cifra más baja desde 1946. Pero si nos acercamos a Asia, la preocupada y arrepentida China, por su política de nacimientos de un solo hijo instaurada en 1982, está con 1,16; Corea del Sur, con 0,81; y Japón con 1,3. ¿Pudiera alguien haber imaginado hace años que el gobierno de un país -es el caso de Japón- llevase a cabo la iniciativa de un servicio de citas para facilitar el emparejamiento? El pasado mes de enero, el primer ministro japonés Kishida prometió medidas (“dinero para bebés”) para frenar la caída de la natalidad, alertando de no poder mantener el funcionamiento de la sociedad.

Todos somos capaces de atisbar las consecuencias de este envejecimiento sin precedentes de la población y no solo en relación al sostenimiento del sistema de pensiones. El mercado laboral necesita de la juventud que, además de mano de obra, aporta el desarrollo de iniciativas y capacidad de emprendimiento.

No son pocos los países que ofrecen ayudas para fomentar la natalidad: Hungría y Escandinavia han adoptado medidas para el cuidado infantil subvencionado, vivienda asequible y una mayor baja parental. Singapur, cuya tasa de fecundidad está algo por encima del 1, ofrece vivienda pública para jóvenes parejas, subsidios preescolares, tratamientos de fertilidad y reproducción asistida. Sin embargo, todas estas medidas tienen efectos limitados y parecen insuficientes para animar a las parejas a tener más hijos, sencillamente porque en la fecundidad confluyen factores de muy diversa índole.

¿Son realmente las dificultades económicas el factor determinante para no tener más hijos? No hay duda de que en algunos casos es así. Sin embargo, las medidas que adoptan los gobiernos no bastan, como se ha podido comprobar en numerosos países. Ciertamente los gobiernos pueden ayudar con estas y otras medidas ya que las dificultades que todavía existen para conciliar el trabajo y la vida familiar siguen siendo enormes en muchos sectores de la vida profesional. Un informe del Banco de España del año 2020 señalaba que los ingresos de las mujeres casadas perdían un 11% en el primer año del nacimiento de un hijo, algo que no sucede con los hombres por su paternidad.

En el mundo occidental se ha llegado a un punto en el que el dinero no es necesariamente la solución, aunque puede ayudar, sin duda. Es más bien el sentido materialista que anida en la vida de una sociedad que está desposeída de esperanza, el sinsentido de una vida sin horizonte vital. El preocupante incremento de suicidios (once diarios en nuestro país), sobre todo entre adolescentes y jóvenes, no es más que una manifestación de la falta de una visión que trasciende las luces y sombras en las que se desarrolla toda vida. En definitiva, de una razón por la que merezca la pena vivir.

Francisco Errasti. Economista

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