Cartas de los lectores
PISA, Covid y fracaso escolar


Publicado el 12/12/2023 a las 05:00
Mentes supuestamente pensantes del sistema educativo achacan, en parte, los malos resultados PISA a las consecuencias de la Covid, y al leerlo no puedo menos que sonrojarme. Si estos señores hacen este tipo de análisis, ¿qué podremos esperar del alumnado? Vamos a refrescar un poco los datos, porque me parece que andamos un poco desmemoriados. El curso 19-20 comenzó con normalidad y así se realizó la primera evaluación y parte de la segunda. El resto del curso, el alumnado fue debidamente atendido por el profesorado a base de un sobretrabajo que no fue, dicho sea de paso, ni agradecido ni remunerado. En la última parte del curso se instó desde el Ministerio y los Departamentos autonómicos a hacer rebajas y liquidaciones con instrucciones que los centros obedecieron lacayunamente y que trajeron, como consecuencias, aprobados en masa y un 16% más de alumnos presentados a las pruebas EvAU. Pero, en conjunto, el alumnado que se esforzó pudo llegar a los niveles exigidos. Ergo… achacar el fracaso Pisa a la Covid es otra de las mentiras que nos quieren colar y que, aunque la repitan muchas veces, nunca llegará a convertirse en verdad. Hay que ser honrados y reconocer que nuestro sistema educativo tiene muchos aspectos mejorables. Probablemente hay errores “ab initio” como cuando los padres no regulan adecuadamente sus jornadas de trabajo, privando así a sus hijos del derecho a dormir todo lo que necesitan y a jugar todo lo que deseen y acaban encerrándolos en centros infantiles con una cantidad de horas inadmisible. A ningún defensor de los derechos de la infancia le he oído ninguna alerta en este sentido. Pero vayamos a tres aspectos sobre los que me gustaría extenderme.
Una de las cuestiones clave es que en cada nivel se utilicen los contenidos y las metodologías apropiadas de acuerdo con el desarrollo cognitivo del alumnado y no se hagan desplazamientos inadecuados. La metodología universitaria no debe pasarse al Bachillerato ni la de este a la ESO y así sucesivamente. Una cosa es que un grupo de investigadores de posgrado formen un equipo y otra cosa es que en la ESO o en el Bachillerato se intente un mal remedo de ello mediante trabajos en los que los alumnos se hacen expertos en el reparto de tareas y en el copia y pega y cuyas consecuencias son que al final no saben nada porque quien solo sabe una parte de un todo, ni esa parte sabe. Un alumno de la ESO tendría que tener suficiente con ir amueblando su cabeza debidamente para saber cosas como que el Quijote tiene dos partes y no dos hemistiquios; que el Tíbet es una de las cinco regiones autónomas de la República Popular China y no el río que pasa por Roma; y que echar en el sentido de ‘arrojar’ se escribe sin “h”. Prometo por mi conciencia y honor que son ejemplos reales y que no me los acabo de inventar. ¿Es que puede pedirse mayor excelencia que, al terminar la ESO, un alumno escriba sin faltas de ortografía, sepa comprender textos de las áreas científica y humanística, haya adquirido el hábito de la lectura y resuelva un problema matemático de la vida diaria sin ayuda de una calculadora? Una segunda cuestión importante es que los centros deben gozar de una gran autonomía para poder organizar sus horarios, su currículum y sus niveles de exigencia disciplinaria. Hay que flexibilizar el currículum y diversificar las asignaturas para que el alumnado pueda ir trabajando aquellos aspectos concordantes con sus capacidades y actitudes. ¿Por qué no puede un alumno elegir unas asignaturas en un centro por la mañana y acudir a otro para cursar otras por la tarde o ir tres días a un centro y otros dos a otro? Y además debe existir la posibilidad de que haya centros con mayor o menor exigencia disciplinaria reforzada por las correspondientes Comisiones de Disciplina (por favor, dejémonos del tontuno eufemismo “Comisión de Convivencia”). Comisiones que puedan tomar medidas rápidas y efectivas para sancionar conductas inadecuadas como levantar la voz al profesorado, dirigirse a él de forma irrespetuosa o agredirlo física o verbalmente. Sus decisiones deberían ser inapelables siempre que no sean manifiestamente injustas o lesivas de Derecho y podrían llegar a la expulsión del alumno del centro (dándole, por supuesto, la oportunidad de resocializarse en otro). Los padres y madres conocedores del desarrollo cognitivo y de que el desarrollo de la conciencia moral progresa desde la heteronomía a la autonomía elegirán para su hijos e hijas aquellos centros de mejor calidad académica y mayor exigencia disciplinaria.
Una tercera cuestión es que el profesorado debe recuperar su autoridad en el sentido de la “auctoritas”, es decir, garantía de conocimiento y prestigio de su difusión. La admiración y el respeto no se consiguen mediante el compadreo, el guasapeo y el cachondeo con el alumnado. Un enseñante debe ser ante todo un maestro de vida y no un colega ni un amigo ni alguien al que se le pueda pasar la mano por el lomo. Pero ello no puede hacerse sin la legislación adecuada y el decidido apoyo de los padres y direcciones. Hay profesores con auténticos problemas en el aula que se tienen que callar y sufrir en silencio (a veces incluso con bajas médicas) porque si explicitan su situación sus respectivas direcciones, en vez de respaldarlos, los ponen bajo la sospecha de no utilizar las pedagogías al uso. Vamos a ver si nos dejamos de pamplinas y enseñamos a nuestros alumnos que, al igual que en otros ámbitos, hay que respetar la diversidad que pueda darse en el profesorado en cuanto a estilos, metodologías y maneras de comparecer en el aula.
En este momento me encuentro jubilado, pero no me he podido resistir a la tentación de opinar sobre este tema. La docencia ha sido una de mis pasiones y ojalá mi reflexión ayude a mejorar un poco las cosas. Mucha suerte y mucho acierto.
Pedro Miguel Ansó Esarte, exprofesor de Humanidades