"El viejo de al lado tiene la mirada de quien ya no espera nada. Da pequeños sorbos al café con la pajita y sonríe escuchando al grupo que ríe también"

Publicado el 11/12/2023 a las 05:00
En el puente voy hasta el mar. Llueve por el camino y las Malloas tienen manchas de nieve en lo alto. Es un paisaje invernal, en blanco y negro, con niebla deshilachada y árboles marrones tras el incendio de colores del otoño. En este tiempo, en diciembre, todo se desvanece. La playa está vacía y el mar plomizo y en calma. Jarrea. Me refugio en el café donde hay un grupo de franceses muy animado, de sobremesa. Me siento en una mesita junto a un viejo que bebe el café con una pajita. Los camareros sacan una gran sopera que dejan sobre la mesa y un platito con queso fundido y panecillos. Se agradece una sopa caliente. El viejo de al lado tiene la mirada de quien ya no espera nada. Da pequeños sorbos al café con la pajita y sonríe escuchando al grupo que ríe también. Al rato una chica del grupo viene y charla un rato con él. Luego le trae un vaso de vino que el viejo agradece. El dueño del local, enseguida, le da otra pajita para que beba. Es un bello detalle, una manera de acoger al viejo que pasa el rato solo allí, sin nada que hacer, mirando con envidia un mundo al que ya no pertenece. Es el exilio de la vejez, donde todo ha quedado atrás, desvanecido también. En estos pequeños gestos se resume la humanidad. Qué distinta esta diversión amable, donde hay lugar para conversar, para el otro, de la que ahora menudea: el griterío a cualquier hora, el exceso, a veces la violencia gratuita y desatada como la que mató a un portero de discoteca de Villava hace poco. Ahora el viejo me ha recordado un autorretrato de Rembrandt, en que el pintor aparece ya viejo y desdentado, un retrato inmisericorde. Rembrandt se pintó a sí mismo durante toda su vida, desde muy joven hasta la decrepitud. Como si quisiera retratar el tiempo y sus efectos. Un ejercicio de valentía, de alguien capaz de sostener la mirada sin vacilar ante uno mismo. De asistir a la metamorfosis. Soy yo, aunque no lo parezca, parece decir. Mirad: algo permanece y brilla ahora más que nunca. Ahora el viejo parece haberse quedado dormido y las risas se apagan, como el día.