"Tras una peste y frente a una guerra"

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Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 09/10/2023 a las 05:00

Ya no podemos decir que, con motivo de la última pandemia (peste) del Covid-19, que ha acabado con la vida de más de seis millones de personas en todo el mundo, han corrido “ríos de tinta”, pero sí ríos de reflexiones sobre la fragilidad del hombre, la imprevisibilidad del mundo, las contradicciones del modelo neo liberal…

Y, si añadimos, al menos desde Europa, a esa otra peste, impropia del siglo XXI, una guerra, todavía más impropia e imprevisible, como la invasión de Ucrania por Rusia, estaremos más cerca de creer que estamos viviendo “un cambio de era”, una crisis civilizatoria que, además de sanitaria y política, es económica, ecológica, climática, alimentaria, energética, cultural…, tras las revoluciones recientes de nuestro tiempo, como la cibernética, biogenética, bioética, informática, que van cambiando más o menos abruptamente nuestras maneras de vivir.

Autores preclaros hablan de la “catástrofe de sentido”, que tiene, entre otras causas, las cien guerras dispersas por el mundo, las hambrunas, las múltiples migraciones, las injusticias sociales, las desigualdades económicas, el agotamiento de los recursos, el cambio climático…

Los progresos científicos y tecnológicos de nuestro tiempo no se corresponden con avances en la práctica de los valores primordiales, como la dignidad del hombre, la libertad, la justicia, la igualdad, la fraternidad-sororidad. Y a cada nuevo conocimiento técnico sigue con frecuencia una nueva amenaza para la humanidad.

Sabemos bien que la pasada pandemia, que aún vive y colea, no afectó por igual a todas las personas y grupos sociales. Fue mucho más agresiva con los más vulnerables: ancianos, enfermos, sin techo, solos, pobres, inmigrantes, personas con graves discapacidades. Especialmente en países muy pobres con dictaduras o regímenes autoritarios, que aplicaron cruelmente las necropolíticas, o políticas de muerte, en lugar de las biopolíticas, o políticas de vida.

Lo mismo podemos decir de las guerras, de cualquier guerra, como la de la invasión y ocupación de Ucrania por el dictador ruso Putin, donde la peor parte la llevan los jóvenes soldados, y los padres de esos jóvenes, los enfermos, los ancianos, las mujeres, y las personas más débiles de la sociedad.

Frágil es, en verdad, la vida del hombre, dentro de la naturaleza. Frágil y constitutivamente dependiente, y más cuando las ideologías de la falsa autosuficiencia, promovidas por un individualismo egoísta y satisfecho -la suprema “real gana”-, nos dejan a la intemperie, arrojados inermes a la vida, desvinculados de cualquier fundamento en la persona, grupo y sociedad. Sin raíces, sin eje, sin quicio: literalmente des-quiciados.

Frágil es el mundo, mundo nuestro, pero inapropiable, indisponible, del que no somos dueños, y menos colonizadores y dominadores. Frágil, aun sin pandemias y guerras, que lo hacen a veces extremadamente extraño, hostil, invivible.

Frágil igualmente nuestro modelo de sociedad, nuestro sistema de civilización, aunque nos parezca en Europa la mejor posible. Una pandemia y una guerra próxima, pero que nos afecta intensamente, nos hace ver nítidamente los huecos, los vacíos, las contradicciones disimuladas, las aporías ocultas, y hasta la debilidad y precariedad de nuestros mejores logros y progresos.

Una fragilidad, consubstancial al ser humano y a todo lo que este toca, a la que hay que añadir el mal metafísico, propio de la finitud del mundo en que vivimos, y toda clase de mal causado por la libertad de los hombres, está pidiendo a gritos, a gritos agónicos, un impulso reactivo, una respuesta, una meta-pasión humana, tan consubstancial como la fragilidad y la libertad para el mal, que sea capaz de salirles al encuentro y paliar, al menos, su nocividad, cuando no sea posible detenerla por completo.

La respuesta, por incompleta que sea, a la fragilidad se llama “cura-cuidado”. Se llama, más concretamente, “com-pasión”, y se define como participación pro-activa en todas las situaciones dolorosas creadas por esa fragilidad y ese mal, especialmente en las más lesivas y letales, como pueden ser la peste y la guerra.

Pasión, principio, virtud excelsa, una expresión sublime del amor más puro y desinteresado del ser humano, en todo tiempo y lugar, y sin ninguna condición.

Poco antes de morir, el filósofo de la Escuela de Franckfurt, Herbert Marcuse, le dijo a su amigo y colega Jürgen Habermas:

-“Ahora ya sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales: en la com-pasión, en nuestro sentimiento activo por el dolor de los otros”.

Víctor Manuel Arbeloa es escritor

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