"Este año el camino, resopló, se le había vuelto muy duro. Le dolía mucho la cabeza y tenía un gran cansancio"

Publicado el 02/10/2023 a las 05:00
Pasé por Lorca temprano y una fila de peregrinos subía resoplando la cuesta que viene de Cirauqui y luego paraban en la fuente para beber con dificultad del caño y aunque yo iba a mi aire hacia el campo, hacia la cañada que viene de Tauste y va entre los campos que este año han verdeado de nuevo al final del verano, seguí un rato tras la fila de caminantes que hablaban inglés, chino, portugues, alemán, y sin quererlo alcancé a una mujer que marchaba lenta, con pies doloridos, jadeante, y que enseguida me contó que llevaba años haciendo el camino. Venía cada año desde California -me explicó en un castellano de México- pero nunca lo había visto tan masificado y, añadió, tan caro. Los precios, se quejó, habían subido enormemente. La soda cuesta casi dos euros y una cama individual, 60. Este año el camino, resopló, se le había vuelto muy duro. Le dolía mucho la cabeza y tenía un gran cansancio. Varias veces había estado a punto de abandonar, pero algo la había retenido. Pasamos junto a una viña que mostraba los granos de uva en su sazón, apetitosos, y le dije que podíamos probarla. Me vio comer en silencio, como si cometiera un pecado. Me fijé que tenía la cara hinchada y los ojos vidriosos. Allí enfrente, en la mañana luminosa y fresca, estaba Montejurra, el monte de los carlistas, y un poco más allá Monjardín, le señalé, pero esos nombres no le decían nada. No sabía por qué había venido tantas veces, me dijo cuando le pregunté. Era su escapada de cada año. Su tiempo para ella. Me gusta estar sola, en mi misma, dijo, vacilante, aunque esa mañana no fuera así. Quizás era una excepción, quizás necesitaba a alguien para tomar una decisión. Seguramente, dijo con pena, esta sea la última vez. Asentí. Luego habló un poco de los EEUU, donde todo estaba polarizado, el país estaba partido en dos, áspero, irreconocible. También eso le afectaba. Pensé contarle lo de aquí, para consolarla, pero se lo ahorré. Cuando tomé mi desvío se despidió levantando la mano ¡Que Dios le bendiga!, me dijo, y siguió su camino renqueante.