"La gran Política y la pequeña"

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Iñaki Iriarte

Publicado el 27/09/2023 a las 05:00

Desconozco si habrá nuevas elecciones generales el próximo enero. Lo que sí sé es que volverá a haber elecciones generales -y municipales y autonómicas-. Y que, después de un periodo máximo de cuatro años, volverá a haber otras. Y en cada una de estas citas electorales, los políticos nos enfrentaremos a la misma retahíla de dudas tácticas, estratégicas y existenciales a las que nos enfrentamos en los últimos años. Algunas de estas dudas podrían formularse así: ¿Es todavía posible obtener mayorías parlamentarias, suficientes y estables, para gobernar -y ya no sólo administrar las cuentas públicas? ¿Cómo conseguir convencer a quienes se abstienen o votan a otros partidos, sin enojar y perder a los votantes que ya te apoyan? ¿Habría que adaptarse al mercado electoral o más bien trabajar para hacer rolar la dirección del viento?

En lo que se refiere a las fuerzas de centro-derecha, mucho me temo que para sumar nuevas voluntades no les va a bastar con prometer una gestión más eficiente, ni bajadas de impuestos. A la mayoría de los potenciales nuevos votantes la deuda y el déficit públicos les resultan perfectamente ajenos e -incluso tras explicárselo- indiferentes. Para entender qué pasa por su cabeza y ofrecerles palabras y medidas que les atraigan es preciso comprender la fase en la que se halla nuestra civilización y el proceso de descomposición social en que estamos inmersos. Una crisis que se expresa tanto a nivel de colectividades como de individuos.

Nos hemos adentrado ya, en efecto, en una época extraña y peligrosa. De nada vale engañarnos diciéndonos que siempre quienes rebasan cierta edad tienen la impresión de que las cosas han cambiado demasiado deprisa. Porque lo novedoso de esta época es que ya no es necesario llegar a la vejez para vivir con esa impresión: basta con tener veinticinco años. El desconcierto es común a viejos, viejunos y jóvenes. Unos no sabemos bien dónde estamos; los otros no saben quiénes son. Hay adolescentes en cuerpos de ancianos y ancianos en cuerpos de adolescente. Unos quieren vivir para siempre; entre los otros, muchos quieren dormir para no despertar. Nunca tan pocos han querido dejar descendencia sobre la tierra; nunca tantos han deseado no haber nacido nunca. No exagero: estadísticamente, el causante más probable de la propia muerte violenta es uno mismo. El sentimiento de desarraigo se extiende, también entre aquéllos que viven allá donde nacieron ellos y sus antepasados. ¿Cómo no iba a embargar a los que han tenido que desplazarse a otras latitudes y se ven condenados a la condición de transeúntes? La incertidumbre por el futuro produce alternativamente oleadas de tristeza, estallidos de ira y epidemias de cinismo. ¿Fobia por la modernidad, por la diversidad, un miedo irracional al progreso tecnológico? Lo que quieran. Pero, de entrada, aunque cada ciudad puede ser más diversa de lo que era hace un siglo, el mundo se ha convertido en un lugar mucho más gris y uniforme. Lo extranjero es menos extranjero -y lo lamento, porque me gusta la diferencia, porque el particularismo se reduce y nos interpela menos. Lo auténticamente exótico se extingue. A cambio, la palabra de Netflix (y plataformas análogas) va cubriendo mansamente la superficie del orbe -tropezando sólo con la resistencia de algunos gobiernos, la mayoría tiránicos-.

Respecto al progreso tecnológico, nadie puede dudar ya de que su abuso nos ha robado la capacidad de concentración y la belleza inigualable del erotismo y convertido en obsesos, voyeurs y exhibicionistas, tan estrechamente vigilados como los protagonistas de “La vida de los otros”. Tras la realidad virtual está el deseo de regresar a la caverna, de huir de la vida y encerrarse en un útero de ficciones: un inmenso fumadero de opio. La libertad se confunde con la avaricia y el sometimiento a los caprichos del día. Hay una gran necesidad de amor, de ternura, de comunicarse desde lo más profundo e intimar. Pero el continuo trasiego, los “matches” compulsivos, nos condenan a lo efímero y a encadenar desengaños. El odio se ha convertido en un consuelo. Hay un sordo miedo a la inmensidad del tiempo, un indisimulado rencor hacia la verdad y la belleza, a las que se desea ver desfiguradas y pervertidas. La guerra sin cuartel por destacar se ve excusada por la palabrería igualitaria. Todos empoderados, todos inermes. Cada vez más juntos y cada vez más aislados. La familia, que durante mucho tiempo fue un bien de acceso casi universal, es ahora un caro cristal quebradizo. Se recurre a la frivolidad para conjurar la sensación de vacío, sin entender que las risas hueras conducen al callejón sin salida de una depresión. Por supuesto, esta “insoportable levedad” de nuestra época afecta también a la economía y la política: el dinero se ha convertido en deuda y especulación; no quiere trabajar ni ser fértil. Las clases medias son sustituidas por batallones de expatriados y la política ha derivado en un espectáculo entre tedioso y bizarro, en donde se escucha parlotear a aventureros sin escrúpulos. La oclocracia, el gobierno de la muchedumbre, sustituye a la democracia, el gobierno de los ciudadanos racionales y solidarios unos con otros.

Como decía, en este escenario quien se preocupe verdaderamente por la Política (con mayúscula) no puede conformarse con prometer sanear las cuentas públicas. Aspirar a gobernar como si los sueños del último tercio del pasado siglo estuviesen todavía vigentes. Sólo dando soluciones, siquiera parciales a la crisis vagamente descrita arriba y al malestar individual y colectivo que genera, se conseguirán nuevas adhesiones al proyecto que sea. Una política en pequeño, superficial, pensada para operar en una realidad que se nos desvanece, solo atraerá a quienes, por edad o nivel económico, también se desvanecen.

Iñaki Iriarte López. Parlamentario foral por UPN

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