"Casi nadie felicitó la noche de las elecciones al ganador de las mismas. Parecía que habían ganado muchos, si es que había ganado alguno"

Publicado el 28/07/2023 a las 06:00
Sin que las encuestas se enterasen de qué iba la cosa, el PP ha ganado estas elecciones insuficientemente, e insuficientemente las ha perdido el PSOE, aunque la coalición de Gobierno pierda cinco puntos. Casi nadie felicitó, la noche de las elecciones, al ganador de las mismas. Parecía que habían ganado muchos, si es que había ganado alguno. Y es que la cosa no iba de partidos, sino de bloques. Y el partido que había ganado pertenecía al bloque que había, en realidad, perdido. Pero, para tener una justa visión de conjunto, es menester recordar que hace dos meses el pueblo español dejó en manos del PP los dos tercios del poder autonómico y municipal, y ahora ha conseguido la mayoría relativa en el Congreso y la absoluta en el Senado.
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Mientras no hagamos ley del axioma o apotegma “que gobierne la lista más votada”, no será una proposición tan evidente como parece, y parecerá un arma arrojadiza partidista, al servicio de cada partido en cada ocasión. “Nunca este país hizo presidente -sostiene Feijóo- a quien había perdido las elecciones”. Pero tampoco los legisladores españoles, de cualquier color, se preocuparon por poner tan buena costumbre en letras de ley.
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Si nuestro sistema electoral se compusiera de una segunda vuelta, seguro que los electores tendrían mucho más clara ahora la opción de votar a Sánchez para que continuase su Gobierno de coalición, o de dar sus votos a Feijóo para que accediera al palacio de la Moncloa.
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VOX da a muchos mucho más miedo que Frankenstein, porque este parece más novelesco que real, más lejano. Además, la voz de VOX es un tanto descompuesta, estruendosa y a las veces altisonante.
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El bipartidismo ha pasado en España del 49% en 2019 al 65%. Un 73% en escaños. En Cataluña ha tenido el mayor triunfo. Muchos de los electores catalano-españoles, que votaban a los grandes partidos constitucionales y luego confiaron en el patriótico Ciutadans-Ciudadanos, volvieron a los primeros, y gracias también a la enconada división entre los independentistas, han reducido a estos a la mitad. También en Navarra, roto el centroderecha, muchos votantes han confiado en el PSN-PSOE, que fundamos en junio de 1982. Como sucedió entonces, cuando se dividió y hundió UCD, partido hegemónico en la Transición. Después, cuando el PSN se desquició, llegó UPN y gobernó durante 23 años. Glorias de la democracia liberal y de la Constitución española de 1978, y del Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra, a los que Dios guarde muchos años.
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“Somos muchos más los que queremos que España avance”, dijo el candidato Pedro Sánchez en sus primeras palabras tras los resultados. Lo que sucede es que ya sabemos hacia dónde quieren algunos de sus socios avance no España, sino “el Estado” que abominan.
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“Por Bildu no será”, ha pontificado Otegi. Ya veremos qué es lo que será y cómo; es decir, el precio que le ponen a eso. Ya en su lenguaje político, igual que en Podemos y en los partidos independentistas catalanes, se habla sin rebozos de “mayoría progresista y plurinacional”. No basta ya con progresista: la España nacional o la nación española dejan de serlo.
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Desde que los dos diputados de UPN votaron en el Congreso contra la ley de Reforma Laboral, era muy de prever lo que iba a suceder en Navarra. Y así ha sido, aunque en las pasadas elecciones forales los electores navarros de centro-derecha fueron en general fieles a la sigla dañada. Recuerdo un atinado artículo en estas páginas de José Luis Díez sobre la necesaria relación entre PP y UPN. Van desapareciendo los viejos partidos regionales, y cuando veo el modelo de otros partidos federados como el PSC-PSOE en Cataluña o el CSU-CDU en Bayern (Baviera) su estructura es otra y se trata, además, de grandes partidos en Regiones muy pobladas, entes no fácilmente comparables.
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Escribió Hannach Arendt que el fracaso “no afecta a la causa en sí misma”, es decir, a las convicciones propias, si no causan mal ajeno. Quiero decir que, pase lo que pase, no me arrepiento ni me arrepentiré de defender, con el respeto debido, que ni el comunismo bolivariano, ni el separatismo, ni el falso derecho de autodeterminación, y mucho menos el fanatismo terrorista, han sido, ni son, ni serán progresistas. Quizás en fechas próximas lo veremos más claro. Y de lo que pueda suceder seguiremos escribiendo a su tiempo, si Dios quiere. Y Dios nos libre de otra campaña tan agresiva, tan violenta, tan zafia, tan deshumanizada como la que acabamos de padecer.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor