De los hechos mejor ni hablamos

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Juan Gracia Armendáriz

Actualizado el 16/07/2023 a las 10:22

Hace unos años, dos chavales me preguntaron: “Oye, ¿eso qué es?” Me palpé creyendo que algún insecto extraño me trepaba por la camiseta. Se referían a un transistor viejo que llevaba bajo el brazo y que conservo desde hace años con fidelidad casi supersticiosa. En él escucho las noticias, aprendo algo de economía o me acompaña con un runrún musical de gato doméstico. No sé si aquellos chicos entendieron mi explicación: la función del dial, las voces de los locutores, las distintas emisoras… Por toda respuesta, se encogieron de hombros. No tardará el día en que un crío, quizá mi nieta, me pregunte lo mismo cuando me vea leer el periódico recién adquirido en el quiosco. Me reservo ese placer un par de días a la semana, harto de la pantalla del teléfono, de las suscripciones necesarias para leer todo lo que me interesa, y de perder la vista saltando de pantalla en pantalla. Siempre me queda la sospecha de que me he perdido algo interesante. Pero ya digo, son manías de cincuentón. Lo cierto es que para los nacidos a mediados del siglo pasado, la letra impresa sigue teniendo un prestigio que no alcanzo a valorar en la asepsia de la pantalla inolora. Adquirir el papel crujiente y volandero que algunos manchamos de negro con nuestras ocurrencias es la prueba de que algo sucedió el día anterior. Necesitamos saber si el periodista deportivo corrobora o no nuestra opinión sobre un partido de fútbol, un debate televisivo o la última operación en la guerra de Ucrania. Y, sobre todo, necesitamos información fiable, la mercancía más valiosa, oculta bajo la maleza ideológica. Tras el debate del lunes, compré dos periódicos de ámbito nacional cuyas líneas editoriales ocupan las antípodas del quiosco de prensa. Estas cosas las hacemos los periodistas y los ociosos. Sólo por leer los argumentos de unos y otros colaboradores y comprobar, casi hasta la carcajada, la capacidad que tenemos los humanos para el autoengaño, valió la pena el experimento. De los hechos mejor ni hablamos, son entes a punto de ser desacralizados.

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