Cuando un pamplonés viene al mundo, una de las primeras cosas que aprende es a aborrecer a Hemingway

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Jose María Romera

Actualizado el 10/07/2023 a las 07:21

Cuando un pamplonés viene al mundo, una de las primeras cosas que aprende es a aborrecer a Hemingway. Así se va formando un sólido criterio sobre el escritor de Illinois que lo prepara para resistir con firmeza la eventual tentación de leerlo el resto de su vida. El lugar de la lectura lo ocupa un manojo de mitos y patrañas en torno al novelista alimentadas desde su primera visita a la ciudad hace ahora un siglo. La mayor parte de los malentendidos sobre Hemingway proceden de la tendencia a juzgarlo no como escritor sino como operador turístico o como mozopeña, ocupaciones ambas en las que en efecto dejaría mucho que desear si es que alguna vez se hubiera propuesto ejercerlas. Hemingway amó a Pamplona, de eso no cabe duda. Pero de ahí a suponer que opositara a propagandista de la ciudad y de sus fiestas, o que The Sun Also Rises pretendiera ser un prontuario de la ortodoxia sanferminera, va un largo trecho. Las ambiciones del autor de Adiós a las armas y Muerte en la tarde eran otras. Con Fiesta quiso escribir una gran novela, no una novela acerca de Pamplona. Hemingway jugaba en la liga de Joyce, Pound, Scott Fitzgerald, Dos Passos o Faulkner. Su incontestable talla literaria contrasta con la caricatura que ofrecen de él estas leyendas provincianas donde queda reducido a su aspecto físico y a algunas anécdotas dudosas de barra de bar. Resulta paradójico que uno de los narradores más destacados del siglo XX haya acabado siendo vapuleado en las narraciones apócrifas de gentes que no han leído sus obras o lo han hecho de manera desenfocada. Es probable que a ello haya contribuido la sobreexposición biográfica a la que él mismo se sometió con sus poses, sus excesos y su afán de notoriedad. No pasa solo en Pamplona. También en Venecia, en París, en La Habana, en Madrid o en Valencia la picaresca hostelera inventa estancias del escritor en establecimientos que probablemente nunca pisó. El último episodio de ese manoseo algo indecoroso de Hemingway tiene lugar este año en las retransmisiones de los encierros en la televisión pública, donde un fantoche generado por inteligencia artificial se hace pasar por él. La combinación de tecnología y posverdad produce extraños resultados.

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