"La vieja intolerancia, el nacionalismo y la guerra no han desaparecido, la sumisión y la vigilancia se extienden"

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Pedro Charro

Publicado el 09/05/2022 a las 06:00

Vi la foto de mi padre en la portada de un pequeño libro mirándome con los ojos entornados, sonriente. Era un librito en francés: Reveillons-nous!, o ¡Despertemos!, y en realidad era la foto de su autor, Edgar Morin, alguien que nació el mismo año que mi padre, en 1921, según vi, y que ahora tiene nada menos que 101. Morin -un sabio que no parece envejecer- ha publicado, ya centenario, tres libros: uno en el que extrae lecciones de la pandemia, otro habla de su siglo de vida, y este último, ¡Reveillons-nous!, que es un pequeño manifiesto, como aquel ¡Indignaos!, de Hessel, que tuvo tanto impacto y hoy nos parece ya lejano, pues los indignados se han aplacado. Morin explica que estamos en una honda crisis y que es hora de despertar. Durante sus 101 años de vida el mundo ha cambiado como nunca antes, la ciencia y la técnica lo han revolucionado todo y nos han dado un poder inigualable, pero es un poder, dice Morin, que tiene su lado oscuro, mortífero, que supone ya una amenaza al planeta con la degradación medioambiental, el riesgo de guerra nuclear etc. y que además escapa a nuestro control, como si fuéramos en un coche desbocado. Es nuestra enorme potencia lo que nos ha llevado a la impotencia, a no saber lo que puede ocurrir. Las ideologías que pretendían salvar al hombre lo han esclavizado. La vieja intolerancia, el nacionalismo y la guerra no han desaparecido, la sumisión y la vigilancia se extienden. Todo lo que cuenta en su libro Morin no es nuevo, ya lo sabemos, pero tiene un valor especial, parece que lo oímos por primera vez. ¡Despertad!, nos dice este hombre que ha recorrido un siglo -y qué siglo-, y habla con palabras verdaderas, solemnes, dichas desde la última vuelta del camino, como un padre paciente que nos dice que no se trata de añadir más a la vida, sino de hacerla mejor; que no hay que replegarse sino vivir con el otro; que hay que renunciar a lo que nos daña y hacer crecer lo que nos salva; que no hay otro camino, como siempre ha ocurrido, sino el de humanizar la tierra o perecer.

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