Historias familiares

Las comadres y el arte de amamantar

Sonsoles Echavarren.
AmpliarAmpliar
Sonsoles Echavarren.

CerrarCerrar

Sonsoles Echavarren

Publicado el 03/04/2022 a las 06:00

Cuando nació mi hijo mayor, pronto hará dieciséis años, no tuve ninguna comadre. Ninguna amiga íntima o cercana, hermana o prima que estuviera pasando al mismo tiempo que yo por aquella etapa que ahora recuerdo entre las brumas y penumbras del sueño y el mal comer. Ninguna madre que tuviera también al bebé colgado al pecho a todas horas, con las grietas en los pezones de los primeros días, que no dispusiera de tiempo ni para ducharse, que anduviera por la casa despeinada y en pijama o que llorara de repente sin una causa visible. Aunque, motivos había. Los encuentro ahora, con el transcurso de los años y la sabiduría de la vida que aporta el hacerse mayor. Y me doy cuenta de que ese cóctel hormonal más la tortura del no dormir ni una hora seguida y el terror de que el bebé se muera (sí, sí, yo así lo sentía y seguro que es una percepción compartida por otras madres) vuelven loca a la más serena. Sobre todas estas cuestiones he estado reflexionado mucho estos días, con motivo del XI Congreso nacional de lactancia materna que se ha celebrado en Pamplona y las conversaciones que he mantenido con madres, comadres, enfermeras de pediatría, matronas, pediatras, psiquiatras infantiles o biólogas reconvertidas en el estudio del sueño del bebé. Todas, madres (y algún padre). Y me han hecho ser consciente de lo importante que es para una mujer “puérpara pérdida” contar con el apoyo de otra que sabe por lo que está pasando porque ella también lo vive o lo ha experimentado recientemente. Si eres madre, compartirás conmigo que cuidar a tu primer bebé en solitario mientras el resto de la vida sigue es una tarea durísima, ímproba y nada reconocida. Así que vayan estas líneas para todas la madres que crían. Porque su trabajo es más duro y encierra más responsabilidad que el de dirigir cualquier empresa multinacional.

Cuando mi hijo ya tenía unos meses, se fueron quedando embarazadas algunas amigas. Y yo les advertía, sin querer ser agorera, de que “el primer mes es durísimo”. “A mí nadie me lo contó así y yo lo quiero compartir. Pero luego todo mejora”, les animaba. Y sigo aún consolando a muchas amigas y familiares más jóvenes. Porque aunque yo no tuve comadres (las madres y las tías siempre están dispuesta a ayudar pero no es lo mismo porque su experiencia se mueve años atrás y el recuerdo, a veces, es difuso), yo sí que he ejercido muchas veces como tal. Creo que un ‘wasap’, una llamada o una visita cuando la madre no sabe qué hacer con un bebé que llora desconsolado ayuda más que leer información en Internet (o una revista, en mis tiempos prehistóricos). Sostener al niño en tus bazos para que la madre coma, llore a gusto o se vaya a dar una vuelta a la manzana es un acto de amor.

Ahora entiendo, después de escuchar a las expertas, porque ninguna mujer recién parida quiere separarse de su bebé, aunque al mismo tiempo ya no le soporte ni un minuto más. Porque en esa diada madre e hijo aún se cree que permanecen en el mismo cuerpo. Y ahora va una anécdota de abuela cebolleta. Cuando mi primer hijo tenía quince días y mi marido ya había empezado a trabajar, me aterraba quedarme sola. Un día estaba con mi hermana (menor, sin idea de niños pero con muchas ganas de ayudar) y decidí irme a comprar un sacaleches yo sola. El gran planazo. Cuando no llevaba ni cinco minutos caminando por la calle, la llamé a ver qué tal estaba el niño y no pude ni escuchar su voz de los alaridos que se oían al otro lado. Empecé a correr de vuelta y en un tiempo récord ya estaba con la teta fuera y el niño calmado.

Ahora me río pero entonces todo era un drama. Ojalá hubiera sabido aquellos días tórridos de un julio asfixiante (en los que el niño no pudo estrenar apenas ropa de primera puesta porque lo llevaba todo el día en pañales) todo lo que conozco ahora. Por todo lo que he aprendido con grandes expertas como la psiquiatra perinatal Ibone Olza, uno de los pediatras que más sabe de lactancia materna, José María Paricio, o la bióloga especialista en sueño y lactancia María Berrozpe. Y, por supuesto, con mi propia experiencia. Se sigue precisando ayuda. De las familias (parejas, madres, suegras, hermanas...), las empresas y la sociedad en su conjunto. Solo así muchas mujeres no estarán deseando, como me ocurrió a mí, volver a trabajar rápidamente. Para poder hablar con alguien. No solo de cacas, tetas y mocos (escatológico pero necesario). Sino también del resto de asuntos de la vida. Que siempre sigue.

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora