A mi manera
Divorciarse después de los 80 a la hora del vermú
Ella es especial. Dispuesta a tomar el aperitivo cada semana con el hombre que cada miércoles anuncia que la abandona


Publicado el 13/03/2022 a las 06:00
Ella le acerca el plato de aceitunas y en el instante en que pincha una, él, varón, más de 80 años, piel cetrina y mirada ausente, le dice: "Te voy a dejar". Asisto a la demoledora revelación pegadito a los escuetos rayos de sol de marzo en una mañana en la que el comentario nos congela la sonrisa a mi compañero de mesa y a mí. "Yo me quedo con la casa. Es hora de que nos divorciemos", afirma, resolutivo como si el comentario fuera la consecuencia de una reflexión largamente meditada y comunicada este mediodía en una cita expresamente prevista para eso. Él se va. No se levanta de la mesa donde le queda buena parte del plato y media copa de vino. No. Está ahí, delante de todos. De su esposa. De dos curiosos como nosotros a quienes nos ha paralizado la conversación propia y vivimos ahora la suya con la respiración contenida. Está sentado, apoyado sobre la silla, ligeramente encorvado. De cuerpo presente frente a su esposa. Pero su mente ha cogido carrerilla y circula extraviada. Lo noto al observarle. Se ha ido. Tiene la mirada persiguiendo, no sé, a “moby dick” en un mar revuelto por ejemplo. Quizás corre detrás de un balón que alguien le arrebató en un patio en un día de infancia. Mueve los labios como si hablara. Como si charlara con el capitán Acab o con aquellos amigos al final de una tarde de fútbol en el colegio. A la edad en la que los músculos funcionan despacito su mente transita por una autopista enloquecida. Pero en otra parte.
La mujer, más de 80 años y ojos vivos, asiente con un gesto cariñoso al anuncio de despedida y mira hacia abajo probablemente para poner las penas fuera de los oídos curiosos. "Vamos hablándolo", responde afable y da una vuelta aquí al vaso de vermú mientras el marido emplea el mismo tiempo en dar la vuelta al mundo con el pensamiento. Ella le acerca una servilletita de papel a la comisura de los labios. Le cuida. El hombre seguramente no lo ha notado. Y pienso en esta semana de 8-M que cuidar es un verbo que ellas conjugan con sobresaliente. En el tiempo de la revolución femenina mientras las mujeres buscaban los espacios por donde ganar terreno a la igualdad muchos hombres no entendieron que criar y cuidar son dos verbos que habrían de conjugar con entusiasmo masculino. Criar y cuidar. Le miro a él. Corriendo entre las nubes de un alzheimer galopante del que no va a regresar. Y a ella. Dispuesta a tomar el aperitivo todas las semanas con el hombre que cada miércoles le anuncia frente a unas aceitunas que la abandona. De repente es como si regresara de un viaje. Parece tener un momento de lucidez. Levanta la vista.
-Vámonos a casa, dice él. Subamos al carro, el caballo se está impacientando. Y ella de nuevo que le toma del brazo, como recogiéndole de un tiempo antiguo camino del presente, con tiento, con cariño y le ayuda a caminar.