"El miedo tiene mala prensa. Tenerlo es de cobardes, e imponerlo es de fascistas"

Actualizado el 18/12/2021 a las 12:22
El miedo tiene mala prensa. Tenerlo es de cobardes, e imponerlo es de fascistas. Quizá por eso no acertamos a manejarlo en su justa medida. O entramos en pánico o damos la espalda a los peligros, sin término medio. Se dice que una exposición continuada a la amenaza, del tipo que sea esta, acaba por desensibilizar al amenazado. Una vez agotado el cupo de sobresaltos, nos sentimos como los espectadores de una película de terror de serie B, más cercanos al bostezo que al escalofrío. A la sexta ola de la pandemia hemos llegado con el ánimo tan zarandeado que tendemos a sustituir las precauciones por la indiferencia, y el respeto al virus por una especie de envalentonamiento festivo que nos hace creernos fortalecidos. Pero no es que la peste haya depuesto las armas. Es que hemos perdido el miedo al miedo. La diferencia entre aquellos días de asalto al papel higiénico en los supermercados y estos otros de chistes sobre una incidencia acumulada que se nos va de las manos reside en que entonces actuábamos bajo los efectos de una impresión poderosa mientras que ahora nos vencen el cansancio y el aburrimiento. Nuestro trato con el virus no solo ha pasado por demasiadas fases emocionales; ha sido secuestrado por un discurso político para el que la pandemia es una opinión, la vacuna una creencia y las medidas sanitarias un mercado de votos. Nos han hecho creer que lo que estaba en juego no era tanto nuestra salud individual y colectiva como el futuro del sector hostelero combinado con una interpretación barata de la libertad, y ahora todo es un cafarnaúm de mensajes contradictorios que llaman a la vez al aislamiento y a la aglomeración, a la sobriedad y al exceso, a la cautela y al jolgorio. Así que contra la evidencia de las cifras de contagios disparadas se yergue la tentación de actuar siguiendo el instinto de cada cual. Como hay sed de desahogo y hambre de encuentros, la tendencia dominante se inclina por el lado celebratorio. Al desactivar los mecanismos del miedo hemos renunciado a su poder de protección. No vendría mal devolver al miedo un poco del prestigio perdido y permitirle metérsenos en el cuerpo por unos cuantos días.