"A partir de los diez o doce años carecer de móvil se considera una minusvalía"

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Jose María Romera

Actualizado el 12/12/2021 a las 13:42

Ningún padre o madre responsable dejaría solos a sus hijos en medio de la jungla a merced de la fauna salvaje, pero en cambio solo una cuarta parte de las familias ejerce algún tipo de control sobre el uso que niños y adolescentes hacen del móvil, las redes e internet. Esta especie de desistimiento paterno, parejo a la adicción a las pantallas que nos ha transformado a los adultos en esclavos sumisos de la tecnología y de sus amos, no es debido solo al declive de autoridad tan denunciado por los apocalípticos. Hasta no hace mucho padres e hijos mantenían durante años un prolongado pulso que demoraba la posesión del móvil hasta no llegar por lo menos al bachillerato. Hoy el móvil es un utensilio tan común que a partir de los diez o doce años carecer de él se considera una minusvalía, un signo de rareza, una condena al aislamiento. Nadie quiere ser el malo de esta película. No hay padre ni madre dispuesto a aparecer como un retrógrado despiadado. Sin embargo los especialistas alertan de la creciente desprotección de los niños frente a unos artefactos sin duda utilísimos pero llenos de amenazas. Da la impresión de que una buena parte de los padres mira a otro lado y se deja llevar creyendo en una especie de numen protector que sobrevuela la época y la resguarda de sus males y sus riesgos. Flota en el ambiente generacional una rara confianza en los usos mayoritarios. Al fin y al cabo, se dicen, también ellos vivieron tiempos difíciles y al final no han salido tan perjudicados. Pero el hecho cierto es que uno de los mayores desafíos que plantea hoy la abrumadora penetración de las tecnologías en nuestras vidas es la salvaguarda de sus usuarios más vulnerables. Prohibir parece mala idea. Ceder sin reparos, una temeridad. La única fórmula posible parte de lo que no muchos padres están dispuestos a hacer, que es enterarse de lo que significan realmente esas tecnologías, cómo funcionan, cuáles son sus contenidos y sus trampas, quién las dirige y con qué intenciones, y de qué manera pueden ayudar a los pequeños a manejarlas en vez de ser manejados por ellas. Lleva su trabajo, desde luego, pero quién dijo que la tarea de criar hijos en el siglo XXI sería coser y cantar.

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