Historias familiares
El olor de los libros nuevos


Publicado el 04/09/2021 a las 06:00
Debo de ser muy rara. Lo sé. Pero lo cierto es que, desde pequeña, he sido feliz con la llegada de septiembre. Con la vuelta al colegio, la compra del material escolar, de los uniformes, batas, camisas, chaquetas y zapatos nuevos y lustrosos. Pero, sobre todo, con el olor de los libros de texto. Sí, sí, me encanta oler. Así que no me puedo ni imaginar lo que están pasando las personas que han perdido el olfato por la covid. Y que, aunque se supone que lo recuperarán en un tiempo, por ahora, no saben si el pescado está pasado o si sus hijos adolescentes necesitan ya visitar la ducha y darse desodorante. Pero no me desvío. Lo que siempre me ha embriagado de septiembre es ese olor, que solo se repite al año siguiente. Esa ‘fragancia’ que se aspira al pasar las páginas de los libros nuevos. De rozar esas hojas con problemas de matemáticas o mapas de Europa, que se aprenderán durante el curso. Un olor, que aún mejora, en mi opinión, al forrarlos con plástico transparente y cello. Ummmm... Qué placer. Lo dicho. Soy rara. Y, desde que me he convertido en madre, espero como agua de septiembre que mis hijos traigan los libros nuevos (o de préstamo) para sentarme a forrarlos. Y retroceder así en el tiempo. A esos años en los que la alumna era yo.
A esos meses de septiembre en los que soñaba con volver a ver a mis amigas. Porque antes, recordemóslo, el verano no era como ahora. Y las niñas nos escribíamos cartas o postales desde nuestros lugares de vacaciones. Y, como nuestros padres no eran amigos, como ocurre ahora, difícilmente nos veíamos ni organizábamos planes juntas. Mientras fuimos pequeñas, éramos amigas de septiembre a junio. Nada más. En aquellos años, yo esperaba también, bastante nerviosa, saber si iba a seguir en el ‘A’, si nos iban a mezclar con las de ‘B’ (que, como todo el mundo sabe, eran nuestras enemigas) o, sobre todo, si continuaría compartiendo pupitre con mi amiga del alma. Que, para mí, era lo principal.
Mi madre me forraba los libros y, juntas, nos sentábamos en la mesa del salón y nos deleitábamos observándolos. Pasábamos esas páginas que contenían tanto saber y nos resultaba imposible pensar que, nueve meses después, yo fuera a aprender aquello. “La Física y la Química parecen difíciles”, confesaba con miedo. “Qué bonito el nuevo libro de francés”, me comentaba ella, asombrada entonces, ante tantos dibujos en unos libros de texto que nos parecían súper modernos (porque traían hasta un cassette para pronunciar) pero que mis hijos creerían hoy que eran muy antiguos.
Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Sin ninguna duda. Pero estos días estoy recordando más mis septiembres escolares desde que me enteré, hace una semana, que había fallecido la señorita Agus (Olcoz). Una de mis maestras en 3º, 4º y 5º de EGB. Maestra de Ciencias Naturales y Sociales, Plástica, Matemáticas... Pero, sobre todo, de la vida. Maestra y señorita, como las llamábamos entonces. Ha muerto joven, con 61 años, pero aún lo era mucho más (25) cuando nos daba clase a nosotras, a esas alumnas de 9, 10 y 11 años. Ella también era casi una niña que acaba de terminar Magisterio pero que nos enseñó lo que de verdad importa. Que había que esforzarse, que debíamos ser buenas compañeras y trabajar en equipo, que teníamos que valorar todo lo que hacían nuestros padres por nosotras, que estaba feo ser una chivata y que nunca había que dejar a nadie de lado. Consejos infantiles que siguen siendo válidos a cualquier edad. ¡Gracias, Agus, por tu ejemplo! Unas enseñanzas que yo también intento transmitir a mis hijos. Siempre pero más ahora, en este septiembre que es una nueva oportunidad y en el que comienza todo de nuevo. En el que la vida nos traerá sonrisas y lágrimas. Entre el olor a nuevo de los libros de texto.