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Víctimas

Artículo de opinión de José María Romera

Avatar del Jose María RomeraJose María Romera26/07/2021
Ya nadie discute que recordar a las víctimas del terrorismo es un deber moral de primer orden. Algo hemos avanzado: hasta hace poco tiempo, los asesinados sufrían la doble muerte del crimen y del olvido. Junto con la lápida mortuoria caía sobre sus restos otra losa de silenciosa indiferencia que no siempre era debida a la natural tendencia humana a gestionar los traumas borrando las huellas de aquello que los ha provocado. En el proceso de desmemoria intervenía también una obscena tendencia colectiva a la culpabilización del aniquilado. “Algo habrá hecho”, farfullaba la cobardía tribal en una innoble mezcla de justificación y desprecio. Y es cierto que algo hacía la víctima: su delito postrero era incomodar, interpelar, sacar a la luz las flaquezas de una colectividad incapaz de plantar cara a la barbarie. Por suerte, y contra la opinión de los pesimistas, van en aumento las muestras de reconocimiento, aún insuficiente, en forma de homenajes, publicaciones, actos conmemorativos, declaraciones oficiales, placas de recuerdo y memoriales donde a las víctimas se les rinde el tributo público que antes no tuvieron. Bienvenidos sean, aunque los principales beneficiados no sean ellas sino nuestras retardadas conciencias. Frente al alambicado contorsionismo de los relatos exculpatorios de Eta, la ventaja del relato de las víctimas es que no requiere otro esfuerzo narrativo que el registro de los hechos tal y como sucedieron. Pero el narrador se enfrenta a un dilema: sabe que cuanto más visible haga a la víctima, más la convertirá a nuestros ojos en la foto fija de un cadáver. Quedar reducido a blanco de unos disparos u objetivo de una bomba también deshumaniza. Días atrás Consuelo Ordóñez celebraba lo que habría sido el cumpleaños de su hermano Gregorio dirigiéndole estas palabras: “Mientras otros te recuerdan solo por cómo te mataron, yo siempre te recordaré por cómo viviste”. Es otra deuda que deberían pagar los asesinos: la de haber condenado a sus víctimas a perdurar como símbolos sin alma, nombres fosilizados en la piedra, vidas rotas a las que no solo arrebataron el futuro sino que despojaron de pasado. Y a quienes dejaron a merced del olvido de muchos y de la codicia política de unos cuantos.
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