"Los epidemiólogos saben mucho de todas las cosas, salvo de ver venir las epidemias"

Actualizado el 05/06/2021 a las 10:27
Madrid, rompeolas de todos los que han perdido un tren. Esta mañana, me fui a la estación de Atocha a coger un tren a Valladolid y el tren salía de Chamartín. Otro día quise coger el tren a Pamplona en Chamartín y salía de Atocha. Cómo vamos a aprender nada de la pandemia si no aprendemos ni a coger un tren.
Se habla mucho de aprender de la pandemia. Yo de la pandemia espero no aprender nada; significará que pasará y seguiré vivo, feliz y ajeno al infortunio o, al menos, a ese infortunio en concreto. De la pandemia, yo aspiro a desaprender. Lo único que aprenderemos de la covid es que existe un mal y que asociado a la desgracia es capaz de traer pobreza, tristeza, soledad y muerte en proporciones colosales. Sabremos que las cosas pueden ir mal, como mucho. Andrés Rodríguez cree que lo olvidaremos rápido y que dentro de un tiempo, todo esto pasará como con el sarampión, que uno no sabe si lo ha pasado o si no. Mi abuela Elena pasó la gripe española con diez años y nunca nos lo contó, señal de que no dejó marca y de que de la gripe no aprendió nada. Claro que también pasó tres guerras de las que tampoco recibió enseñanzas más allá de la constancia con la que actúa la desdicha. Andamos mucho en lo de las lecciones, las “aportaciones”, le llamó alguien en televisión; te tienes que reír.
Se supone que debemos aprender algo de cada cosa porque no sabemos nada. Los científicos dan últimamente muchas lecciones. Los epidemiólogos saben mucho de todas las cosas, salvo de ver venir las epidemias. Hablan largo y tendido sobre lo que se debería hacer y de cómo sigue equivocándose la ciudadanía que no aprende. Escucho alabar que países como Singapur estén confinados con una incidencia de veinte casos por cien mil habitantes. ¡Qué maravilla! Celebran y ensalzan medidas que aplicaríamos si hubiéramos aprendido algo, a comernos a nuestros semejantes, por ejemplo. Hubiéramos muerto de hambre pero bien aprendidos de las cosas. Se le atribuye a la enseñanza una virtud por sí misma, como si aprender fuera algo bueno siempre. Hay cosas que prefiero no saber.