“En las celebraciones del final del estado de alarma había muchos en edad de acompañar a su madre al médico”

Actualizado el 11/05/2021 a las 06:00
Todo el mundo termina escribiendo una columna sobre proteger los bosques de los incendios y otra sobre la generación mejor preparada de la historia. Le va pidiendo uno a los amigos que el día que escriba esto o lo otro, le hagan el favor de matarlo sin que sufra demasiado. Uno sabe que terminará por escribir de cuánto le debe la sociedad a los jóvenes tan guapos, tan sabios y tan bien preparados, y en los márgenes de ese folio me guardo al tipo que bailaba la conga en las celebraciones por el fin del estado de alarma en Barcelona disfrazado de conejo y las orejas se le movían arriba y abajo, graciosas y ligeras como gacelas Thomson. En esa onda de frecuencia de las orejas del conejo advirtieron los columnistas señales que hablaban del fin de nuestra Babilonia y declive de un imperio, que es eso que sucede cuando los hijos son más tontos que los padres. Los jóvenes, así tomados en su conjunto no son nada. Como mucho podríamos convenir en que les queda más vida por delante. Joven es también una categoría laxa, pues en las celebraciones del final del estado de alarma había muchos en edad de acompañar a su madre al médico, que es ese momento en el que uno ya deja de ser joven para ser otra cosa. Aquí sí que sirve el tópico del joven como calificativo de ciudadano desprovisto de la mínima sustancia al que sin embargo se le adscriben todos los razonamientos. Con mucho esfuerzo, la gente de las columnas -traen tantas columnas los periódicos que parecen el Partenón- hacen lo posible por demostrar que el botellón en la pandemia es culpa de Sánchez o de Ayuso, pues los zagales han interiorizado que libertad significa libertinaje, o que el levantamiento de las medidas se comprende como que ya no hay virus. Yo creo que salieron porque querían beber y arrimar. Gritaban Libertad como podrían haber gritado otra cosa. Yo mismo he festejado cumpleaños de gente de la que no conocía el nombre y victorias de equipos de los que no podía sentir los colores porque ni siquiera sabía cuáles eran. A estos tarados del sábado les recriminan que no hay nada que celebrar y yo recuerdo cuando celebrábamos que no había nada que celebrar. Esas eran las mejores.