“Cuando Iglesias se mira por dentro, a veces ve a Lenin, otras veces a Rodolfo Valentino y ahora un poco a C-Tangana”

Actualizado el 13/04/2021 a las 06:00
Salió a correr la presidenta de la Comunidad de Madrid en un spot de campaña y es cierto que no era Kipchogue. En algunos medios, le hicieron el conteo de los sitios por los que pasaba en dos minutos de vídeo y les salían 33 kilómetros. No se puede ir tan rápido, se extrañaron, perspicaces. A mí me gustaban los vídeos de Sánchez corriendo porque Sánchez lo hace todo bien, siempre con esa zancada, ese swing y esa mandíbula como de novio de la tarta de España. Iglesias se ha referido a la carrera de Ayuso y ha señalado que le falta un poco de sur, un tanto de barrio obrero. Cada uno se busca la simbología donde puede. El gran Errejón, antiguo vocalista del dúo Carmejón, se ha hecho una foto delante de un muro de ladrillo pintado de Madrid diciendo que parece Belfast, porque al fin y al cabo los sitios son lo que uno sueña. Yo me sentí Agatha Christie en la terraza del Old Cataract de Asuán y ante un muro de ladrillo pintado, Errejón se sintió lo que fuera, pero en Belfast. El rollo de Belfast. Para Iglesias, a Ayuso “le faltaba barrio, tía”. Lo dice con un deje como de sudadera con capucha y un ‘pupumpumpá’ de fondo que solo él escucha. Cuando Iglesias se mira por dentro, a veces ve a Lenin, otras veces a Rodolfo Valentino y ahora un poco a C-Tangana, que ahora se llama El Madrileño. Yo en Asuan, Errejón en el muro, e Iglesias en las televisiones, soñamos. Isak Dinesen tuvo una granja en África e Iglesias, vivió en el piso de su abuela en Vallecas. Después se fue a vivir a La Navata al chalé de la tinaja que es lo único que se me aparece cuando habla de barrios: residencial con badenes, tinaja presidencial y un mirlo que silba de madrugada desde la copa de una encina. Digo que aquí cada uno se monta su película, pero la cosa es que Iglesias cambió las aceras del Valle del Kas por el seto del Galapagarato, que es como Luxor, pero de Laclau. Ahora, habla de barrios, el último estadio de la degeneración de la política: juzgar a uno por lo que piensa, después por quién es y ahora, por el barrio donde vive.