"No tengo ninguna intención de acostumbrarme a la mascarilla y a chocar el puñetero codo"

Actualizado el 16/02/2021 a las 06:00
Escribo en lunes, lunes de Coros en Cádiz, manos que buscan el amor en gotas de Mistela, que cantaba Manolo García. En algún universo paralelo, suenan los tangos en la Plaza de Abastos y huele a churros, a vino y a vamos que nos vamos. Imagino a Cádiz sin carnaval, silenciosa de romanceros mudos, temporal eterno de poniente, monstruos marinos por las aceras, rictus de seriedad, falseta de los respiradores y febrero cuerdo. Dicen que desde el observatorio de Punta Tristeza han recibido la señal de un agujero negro donde se amontonan los cuplés que no se cantaron este año en el Falla, ni en la Puerta de Correos, ni en aquella madrugada en la esquina de La Viña que te conté. Advierten los agoreros del fin del mundo que tendremos que acostumbrarnos a la pandemia. Cada uno es dueño de su miedo y de su costumbre. No tengo ninguna intención de acostumbrarme a la mascarilla, a la distancia y a chocar el puñetero codo. Si el virus va a durar mucho más, convendría saberlo para salir ahí a que nos lleve la neumonía o cualquier otra cosa. A veces me enfado y llegando a casa me arranco la mascarilla con rabia. Otras veces, me resigno, y encuentro acomodo en esta vida con límites como mi cachorra Ginger cuando queda encerrada en la cocina y, harta de buscar la salida y algo de compañía, se echa en una esquina sobre su propia soledad y duerme. La mayor parte de los días me entra el frío y las dudas de si volveremos a ser como antes, de si regresarán algún día las multitudes, el bullicio y la vida en broma o si nos quedaremos así, deformados por esta maldita distancia. Hace tiempo que todos los días son lunes: lunes de resaca electoral. Lunes de todos los lunes. Ayer era lunes, hoy es lunes y mañana será lunes, también. Han cambiado tantas cosas, pero lo de Cataluña sigue más o menos igual. El asunto catalán se desarrolla en un lunes en bucle. Uno que está hecho con toda su geometría desesperada y su retórica independentista, que es la arquitectura de lo imposible y de un referéndum que nadie va a proponer para hacer una república que no existe por encargo de unos ciudadanos que no han ido a votar. Dime si no es un lunes como de echarse a morir.