“Qué gilipollez es eso de matar al padre; ojalá yo pudiera resucitar al mío”

Actualizado el 19/01/2021 a las 06:00
Hoy no es 19 de enero porque no hay nervios, ni palillos, ni barriles por casa, ni Beñat del Coso planchará el uniforme de la tamborrada de Jai Alai. En la puerta de Euskal Billera, en la quietud de los primeros compases de la Marcha, no se escuchará a lo lejos los obenques chocar contra los mástiles de los veleros del muelle de Donosti, que es a lo que suena el noroeste, ni sonará Tatiago por la calle Mayor, que es donde mejor suena. Mañana será el día de San Sebastián, y no.
Ahora que soy padre, vengo recordando las cosas que hacía con el mío, incluso las cosas que hacía por mi padre, por ejemplo esta noche: vestirnos juntos de cocinero, discurrir acerca del ritmo de esta u otra tamborrada, tomarnos un cubata en el Náutico, llegar al muelle, saludar a los amigos, emprender la Marcha y retrasar de manera tan deliberadamente los dos primeros golpes de barril plam-plam, que así sonando tan lentamente, podía creer uno que ese momento sería para siempre y siempre se repetiría. Hay una historia que empieza el día en que toco junto a mi padre la primera Marcha de San Sebastián en el tablado de ‘La Consti’ y que se termina el día en que se retira a mitad del desfile. Lo veo volver casa, derrotado, y le pesa hasta el clavel azul que mamá le había prendido sobre el pecho con un alfiler. Escribió Javier Ancín sobre las veces que haces cosas por última vez sin saber que son las últimas, pero esa vez, yo lo sabía. Desde entonces, todos los 19 de enero basculan torpemente entre ese primer día y el último, como la vida que no es más que lo que va del principio al final. La Tamborrada, San Fermín y el resto de fiestas consisten deliciosamente en hacer las cosas que hicieron nuestros padres y los padres de nuestros padres, y también saber que algún día las harán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos y una cadena de hombres y mujeres gozosamente humana. Defiendo la cultura de la tradición porque soy hijo y porque tengo hijos, ¡acaso les parece poco! Qué gilipollez es eso de matar al padre; ojalá yo pudiera resucitar al mío.