Paisaje después de la batalla
Hace dos meses había enfermedades y había problemas económicos, pero… ¡qué lejos queda aquello, y qué frágiles han resultado ser nuestros equilibrios!

Actualizado el 18/04/2020 a las 06:00
El 2 de agosto de 1914 Franz Kafka anotó en su diario la siguiente entrada “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. En otro diario, el de Viktor Klemeperer, el 21 de febrero de 1933 se lee “Lo que más impresiona es la ceguera de la gente frente a lo que está sucediendo, qué falta de idea en cuanto a las verdaderas relaciones de poder. ¿Aceptarán el terror y por cuánto tiempo? Nadie es profeta”.
La indiferencia de Kafka ante el inicio del cataclismo europeo contrasta, solo aparentemente, con la aterrada visión de Klemperer apenas tres semanas después del nombramiento de Hitler como canciller de Alemania. En realidad, no existe tal contraste: cada persona es un mundo, cada uno con nuestra manera de percibir, sufrir, expresar (y por qué no, también de desdeñar) los acontecimientos de nuestro tiempo. Efectivamente, nadie es profeta, y al inicio de una crisis pocos ven más allá de sus narices, y casi todos nos alineamos con los optimistas o los agoreros. No es mal ejercicio recordar qué pensábamos sobre el coronavirus cuando sólo era una epidemia vírica de alcance local en una alejada ciudad de China, y carecíamos de las mareas de información (y de desinformación) con las que contamos hoy.
Hace dos meses exactos, por ejemplo, (escribo estas líneas el 4 de abril) Italia tenía el doble de casos que España: dos y uno, respectivamente. ¿Alguien entonces era capaz de prever la oleada de contagios y de muertes, los incontables dramas personales, la ruina económica?
Ese mismo 4 de febrero Diario de Navarra informaba de que la incidencia de la gripe común comenzaba a aflojar, con un total de pacientes ingresados de 321, de los que 20 requirieron ingreso en UCI y 6 fallecieron. También se informaba de la pérdida de autónomos (563 en un año) y de la incidencia de cáncer en Navarra (más de 3.800 al año). Había enfermedad y había problemas económicos, pero… ¡qué lejos queda aquello, y qué frágiles han resultado ser nuestros equilibrios!
Un hipotético visionario, una persona de penetrante criterio que hubiera propuesto la compra de respiradores a tenor de lo que ocurría en China ¿qué respuesta hubiera recibido? Yo pondría mis apuestas a que se le hubiera respondido que no fuera agorero, que enterrara su empañada bola de cristal y que, en cualquier caso, había “otras prioridades”. Pocos días después, en un medio de alcance nacional, se trataba la batalla por la cooficialidad del bable en Asturias; un mes después con mucha más información y el virus campando a sus anchas se autorizaban manifestaciones y eventos multitudinarios. Seguía habiendo, por lo visto, “otras prioridades”.
Las otras prioridades, como esos niños traviesos que ponen cara de santo cuando han hecho una trastada, ceden solo ante la catástrofe, pero ceden para coger carrerilla y volver más fuertes e impertinentes. ¿Qué podemos esperar cuanto todo esto pase?
No creo que esta crisis nos vaya a volver sustancialmente mejores de lo que éramos antes. El ejemplo más cercano lo tenemos en la crisis de 2008, de la que salimos más pobres, más resabiados y más resentidos, con una política más envenenada y rastrera que nunca, y unos políticos de una incompetencia e indecencia pocas veces vistas antes. No mejoramos entonces y no hay un solo motivo que haga suponer que lo haremos ahora. Porque desengáñense: ni los eslóganes fáciles, ni la blandenguería por decreto ni las tonadillas resistenciales operan ningún cambio de fundamento.
Después de la batalla -quizá no inmediatamente pero tampoco mucho después- volverán las otras, las turbias prioridades. Mientras canturreamos y damos palmas creyendo que todo está cambiando otros, más avisados que nosotros, siguen operando en la sombra para que nada cambie. Seremos más viejos, pero no obligatoriamente más sabios ni mejores. Si acaso, quien haya hecho un esfuerzo personal de reflexión consiga algún avance, que se perderá sin remedio en la inercia de ese misterio llamado naturaleza humana.
Desconozco si Franz Kafka fue a nadar el día 28 de junio de 1919. Sí se sabe que aquel día Woodrow Wilson, al firmar el tratado de Versalles, afirmó que la Primera Guerra Mundial se había hecho “para acabar con todas las guerras”. Era un optimista. En esa misma fecha el mariscal Foch calificó el tratado como “Un armisticio para veinte años”. Era un agorero… pero ya sabemos a quién le dieron la razón la Historia y la naturaleza humana.
Alfredo Arizmendi Ubanell. Licenciado en Medicina y Odontología; Master en Comunicación Científica.