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Opinión
ANÁLISIS

Las mujeres invisibles

José Murugarren
José Murugarren
Actualizada 08/03/2020 a las 06:00

Ya había mujeres mucho antes de que aprendiéramos a conjugar el verbo empoderar. Hubo generaciones completas que no participaron de esta revolución festiva que dio la vuelta al reparto de papeles y puso a las instituciones y al mundo en su lugar. También a los hombres. Hoy, pienso en las invisibles. En las que sobrellevaron, conciliar es otra cosa, el trabajo de fuera y el de casa, el cuidado de los hijos y el de los padres, sin que ni en los medios ni en la calle nadie reivindicara otro reconocimiento para ellas que la callada exigencia de meter horas y horas. Mujeres que mientras planchaban oían anuncios en la radio que vinculaban la feminidad a un cóctel indisoluble de ser mujer y madre y fijaban la calidad de las esposas por la habilidad que acreditaran como amas de casa. Recuerdo un anuncio que recomendaba a las madres enseñar a fregar a sus hijas protegiendo con guantes las manos. Ellas, al terminar las tareas, las propias y las ajenas, las de la cocina y las de la fábrica sabían que el coñac del mueble bar les estaba prohibido porque la publicidad se preocupó de incorporar un nuevo mandamiento. Aquel brandy era cosa de hombres.

Las madres despegaban de la cama al oír el llanto del más pequeño urgidas a preparar a una, dos o tres criaturas para ir al ‘cole’ con desayuno y almuerzo incluído. Entonces había muchos niños y pocas guarderías. Tuvieron la capacidad de trabajar aquí y allá, atender a los de menos y mayor edad, hacer la compra, organizar la casa... Emplearse en jornadas largas y siestas más cortas que las de los varones. A las chicas se les alentaba a apuntarse a corte y confección como extraescolar para que supieran coger el dobladillo a los pantalones de sus hermanos mientras ellos descubrían el fútbol. Ellas jugaban al balón prisionero. Para dar pelotazos en el frontón se requería un análisis de testosterona. A ellas tocaba ocultar el interés por un chico cuando sentían el impulso. El papel activo, con el balón y con la vida, lo tenían ellos. A ellas, siempre esperar. En la cola del supermercado o en la verbena. Eran ellos quiénes elegían a quién sacaban a bailar. Quizás por eso me gusta descubrir el homenaje a cinco mujeres de Pamplona en la portada del periódico. Cinco, como símbolo de las miles que son, de las que fueron, como emblema que une pasado y presente, como reconocimiento a quienes representan la sociedad actual y proyectan una imagen feliz de la que viene.

Hoy va por ellas. Por las madres, la tuya, la suya, la mía, por la suegra, por la abuela, por las que solo fueron hijas, por tantas mujeres..., que se multiplicaban para responder a una exigencia social que echaba sobre sus espaldas más carga que reconocimiento. Hoy va también por quienes sufrieron la violencia atroz en casa y entre todos la bajamos de rango llamándola doméstica. Por las tragedias que costaron vidas y bautizamos como crímenes pasionales. Ellas, las olvidadas, las invisibles forjaron una forma de dignidad que hoy en plena revolución merece ser reconocida. .

Son las 8 de la mañana. Al otro lado de la pared escucho el llanto de un niño. Cuando sube de volumen y se hace inconsolable, la voz que lo arrulla es femenina. Pego sin pudor la oreja a la pared pero en la casa no siento que su pareja tome el relevo, recoja al niño, lo acune y lo calme. En el rellano del ascensor un adolescente reprende a su chica por el tamaño de la falda y le exige que le entregue el móvil. “Quiero verlo”, reclama. Hemos abordado la revolución de la mujer. Tenemos pendiente la revolución personal.


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