Tradicional columna sobre primavera

Actualizado el 25/02/2020 a las 06:00
Y de pronto, el aire acaricia con su calma la puerta de la casa ante la que juegan los niños con su estruendo desordenado y trae desde las laderas el aroma fecundo de la mimosa y de la jara con notas amables de sudor, chocolate, hierba y musgo ya en las últimas. Pronto en la Vuelta del Castillo -que es nuestro Bois de Boulogne-, la brisa transportará suspendidas en sus giros las pelusas de las chopas como ingrávidos astronautas y sentará la cabeza el estudiante ante el examen que viene. Ya brota la dama de noche y la flor del almendro se abre al cielo azul con la violencia blanca de la mascletá de Valencia. Cuenta Caraballo que Sevilla estrena el azahar nuevo, que es como huele la Esperanza. A la caída de la tarde, la embarazada se echa la mano a los riñones para soportar el peso del futuro y el mozo que camina hacia el trabajo reconoce de pronto el frío de las ocho mañanas de julio y siente el primer miedo antes del encierro, que es un invierno de un segundo. Después vuelve el calor, el consuelo y el ansia de manga corta y experimenta un deseo casi iracundo de comprar flores y de componer versos a las copas de los árboles y a las cosas más insospechadas. Entonces se lanza a escribir su tradicional columna sobre la primavera, como si la vida tratara de decir de pronto en el periódico que es primavera, ya. ¿Ya? “Primavera y poesía, ¡toda la vida!”, escribía mi padre en las tarjetas con que acompañaba los ramos que mandaba a casa con las primeras flores. Porque hasta ahora, en el primer día de la primavera los poetas echaban mano del lápiz y garabateaban ripios en las servilletas, aunque hoy los científicos tiren del calendario y se pregunten cómo es que la oruga procesionaria, que es un sarpullido de mayo, baja a enterrarse ya en febrero. El verano se viene como un coche en un paso de cebra. Nadie se explica cómo se ha instaurado así tan pronto esta locura de atardeceres, cigüeñas, ecografías, faldas, mascarillas y nombres de bebé -te llamarás Francisco Javier-, pero aquí está. Es tan bonita que asusta. Debería estar prohibida, esta felicidad. Para hoy dan lluvia.
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