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Opinión
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Vocaciones académicas y determinismo genérico

En 1978 tan solo el 13,5% de los médicos eran mujeres; 40 años después el porcentaje es del 51%; en 2016 ellas eran dos de cada tres estudiantes de Medicina

Alberto Nahum
Alberto Nahum
DN
  • Alberto Nahum
Actualizada 24/02/2020 a las 06:00

Uno de los clichés que más se repitieron el 11 de febrero (“Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia”) fue el de que hacen falta referentes femeninos. Desde instituciones públicas y privadas hubo campañas donde siempre aparecía la necesidad de visualizar a las mujeres científicas para espolear vocaciones. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), por ejemplo, organizó cerca de 150 actividades en toda España para “visibilizar el trabajo de las científicas y mostrar referentes femeninos en ciencia”. Aquí, el grupo Women for Science and Technology (UNAV), por su parte, organizó “actividades divulgativas dirigidas a la visibilización de las mujeres científicas” (DN, 5-2-20). La paradoja es que para atraer a las mujeres a la ciencia se recurra a modas y tópicos carentes de base científica.


No es un asunto circunscrito a la ciencia; se ha generalizado en muchos otros ámbitos, hasta convertirse en un mantra que, de tanto repetirlo, parece ser necesariamente cierto. Por ejemplo, en el DN del pasado 8 de marzo reivindicaban explícitamente la necesidad de modelos femeninos Mirari Etxeberria (directora de orquesta), Mercedes Jover (directora del Museo de Navarra), María Castejón (crítica de cine) y Ana Díez (historiadora). Incluso Icíar Astiasarán (Vicerrectora de investigación), en una tribuna mesurada y lúcida, encallaba en el mismo argumento: “Las mujeres necesitamos referentes, visibilizar a las que han abierto camino, han llegado lejos, y son un estímulo para nosotras y nuestras hijas”.


El caso es que algo tan sumamente complejo como la elección de carrera parece reducirse en buena medida a una identificación genital. Pero surgen mil preguntas que tambalean el lugar común. Si tuviste un excelente profe de Física en el cole, ¿puede que quieras estudiar Ingeniería gracias a la vocación que te despertó, sin importarte su sexo? Si tu padre es traumatólogo y escuchas cada día historias de su consulta en la cena, ¿determina eso muchísimo más tu matriculación que la hazaña de la pionera Dolors Aleu? Si a tus hermanos mayores les va bien por Ciencias, ¿quizá eso te incite a seguir su senda? Para una carrera tan exigente como Ingeniería Aeroespacial, ¿puede influirte, mucho más que cualquier profesional “visibilizada”, la ética del trabajo de tu madre, una ama de casa que ha sacado adelante 8 hijos?


Esto mismo es trasladable a cualquier entorno. Es razonable aventurar que el mayor referente profesional de Ana Botín para dirigir un banco como el Santander ha sido… su padre. Que el escritor noir favorito de Dolores Redondo sea un tipo duro como Norman Mailer, ¿suma o resta vocación? La periodista Cristina Pardo es rotundísima para aclarar su amor por el periodismo: “José María García condicionó mi vida hasta límites insospechados”.


Las vocaciones femeninas en determinados grados universitarios constituyen un tema intelectualmente apasionante porque aún no hay evidencias científicas que lo expliquen. Dicho de otro modo: ¿por qué en algunos campos que hace décadas eran tradicionalmente masculinos se ha dado la vuelta a la tortilla y en otros no? Por ejemplo, según datos del INE, en 1978 tan solo el 13,5% de los médicos colegiados eran mujeres; 40 años después el porcentaje es del 51%. Aún más relevante: en 2016 ellas eran dos de cada tres estudiantes de Medicina. Teniendo en cuenta que el cliché de la necesidad de referentes femeninos para una vocación científica es bastante reciente (“El Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia” comenzó en 2016), ¿cómo es posible semejante revolcón en el sexo de los médicos? Pues porque, como es lógico, hay muchísimos factores que entran en juego para dilucidar algo tan sumamente complejo, como analizaba Susan Pinker en La paradoja sexual. Es la misma enmarañada multicausalidad que explica que 3 de cada 4 pediatras sean mujeres, mientras que solo 1 de cada 5 urólogos es fémina. Algo similar ocurre en una esfera donde -desde el imaginario cinematográfico hasta los jueces-estrella- el estándar ha sido tradicionalmente masculino: la judicatura. En el 2018 el 71 por ciento de los nuevos jueces fueron mujeres; sin embargo, en 1978 tomaba posesión la primera juez: Josefina Triguero. Sin énfasis en referentes ni visibilización el giro ha sido brutal. ¿Por qué?


La marea identitaria en la que andamos sumidos -de manera más acusada en universidades y medios- está horadando uno de los pilares de la Ilustración: que una persona puede emanciparse, gracias al conocimiento y la razón, de las constricciones a las que la somete la naturaleza, la religión o la tribu. Por suerte, no somos autómatas predeterminados férreamente por unas supuestas identidades colectivas. Es decir, que puedes perfectamente inspirarte en Messi para ser jugadora de fútbol, en Picasso para ser pintora y en Ramón y Cajal para convertirte en Margarita Salas. Porque te iluminan sobre todo su talento y su ejemplo, no lo que tengan entre las piernas.


Alberto Nahum García Martínez. Profesor Titular de Universidad


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