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SOPA DE LETRAS
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Los huérfanos de Notre Dame

A partir de ahora, recordaremos qué estábamos haciendo o dónde estábamos cuando vimos esa imagen terrible de la seo parisina envuelta en llamas.

Belén Galindo

Belén Galindo

Actualizada 16/04/2019 a las 11:20
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Hay días que amanecen como tantos otros pero que sin embargo están destinados a convertirse en referencias mundiales. Ayer, 15 de abril, fue una de esas jornadas que parecía un día normal pero que pasará a la historia por haber sido el día en que una de las mayores joyas culturales y arquitectónicas del mundo, la Catedral de Notre Dame, resultó devastada por el fuego.

A partir de ahora, recordaremos qué estábamos haciendo o dónde estábamos cuando vimos esa imagen terrible de la seo envuelta en llamas o cuando asistimos atónitos al derrumbe de una torre que, como un antiguo vigía de piedra, había asistido impertérrito durante ocho siglos al paso del tiempo y había sido testigo de la evolución de la historia de París y por ende del corazón de Occidente, de la Revolución Francesa, de la coronación de reyes, de varias guerras medievales y de las grandes guerras mundiales, entre tantos y tantos acontecimientos históricos que se desarrollaron entre sus piedras, a orillas del Sena.

Me acuerdo perfectamente de qué estaba haciendo cuando cayeron las Torres gemelas de Nueva York o cuando murió Lady Di. De la misma forma que mis padres se acordaban de qué hacían cuando asesinaron a Kennedy o cuando murió Paquirri. Acontecimientos recientes que nos conmocionaron de forma extraordinaria por su magnitud trágica, por lo inesperado del hecho, por su fuerza icónica y por su arraigo en nuestra cultura. Espacios o personas que nos dejaron una huella imborrable y cuya desaparición supuso un impacto y una gran sensación de pérdida, una extrañeza cercana a la familiaridad, como si alguien muy próximo a nosotros nos dejara abruptamente, abandonados como niños.

Esta mañana al despertar me he sentido un poco más huérfana. Sé que no soy la única porque el incendio y la devastación de Notre Dame ha sido para millones de personas el tema en casi todos los ámbitos desde ayer, y la conversación en el ascensor o en el bus o en la fábrica o la oficina, en la calle o en la tienda. A pesar de que vivimos en la era de la información instantánea y la conectividad casi total, aún ha habido algún despistado que esta mañana no lo sabía y en su cara al ver la foto de portada del periódico o al observar en cualquier red social las imágenes o el impactante vídeo de la caída de la torre se reflejaba la misma impresión de orfandad.

Somos hijos de nuestro tiempo pero lo que nos constituye está muy relacionado con la cultura y la identidad que ha permeabilizado nuestra existencia desde que teníamos uso de razón. Son los símbolos, la historia y la cultura los elementos que arman nuestros cimientos intelectuales y los que, en el fondo, nos hacen ser quienes somos. No importa que esos símbolos tengan forma humana, de paisaje, de monumento, de obra de arte, de catedral o de bandera. Lo importante es que hemos crecido a su amparo y cuando desaparecen, se destruyen o mueren, hay algo interno y profundo en cada uno de nosotros que también muere y desaparece para siempre.

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