El 'cole' y la vida

Actualizado el 05/09/2017 a las 06:00
No veo el momento de que llegue mañana. De que mis tres hijos entren en patio del colegio, busquen las filas de sus clases y a sus amigos y dejen de pelear entre sí. Perfectamente ataviados con el uniforme o el chándal nuevo, esos zapatones de invierno que contrastan con las uñas rojas que asoman por mis sandalias, la bata recién planchada y el pelo, con su raya y en su sitio. ¡Ay! ¡Qué emoción me causa solo imaginarlo! El pequeño, de 3 años, de mi mano, escondiéndose detrás de mis piernas. Como si estuviera asustado, observando todo muy serio con sus grandes ojos oscuros. Y la manita que le queda libre, aferrada a la bolsa del almuerzo, esa de cuadros azules y blancos en la que una modista (que no yo) bordó su nombre con letra inglesa. Los mayores, de 8 y 11 años, las pesadas mochilas de sus equipos de fútbol rebosantes de material escolar a la espalda, se abrazan a sus amigos e incluso chocan las palmas de sus manos a modo de saludo. “¡Bien! ¡Nos ha tocado la más maja!”, aplaude mi hijo mayor al ver en la lista el nombre de la tutora de este año. El mediano, feliz de reencontrarse con sus colegas, no presta atención al nombre ni a la cara de su nueva profesora, que los llama al orden, o sea a filas, para ir subiendo a su nueva aula. Mientras, mi marido y yo, vamos de un patio a otro, saludando y besando a diestro y siniestro a los otros padres que nos encontramos. “¿El verano? ¡Muy bien! ¡Fenomenal!”, exagero y, aunque es verdad, bien podría ser mentira. Porque, ¿a ver quién es el guapo que reconoce que ha pasado unas malas vacaciones? Aunque no haya salido de casa. Vamos, que el verano ha estado muy bien (o no) pero ya es hora de volver a la rutina de madrugones, horarios y extraescolares. Y sí, ya sé que algunos diréis que qué pena, que pobrecitos niños, que mucho mejor sin colegio, que otra vez la carga de las tareas... Pero no, no me convencéis. La vuelta al cole es el comienzo del orden en la vida nuestra de cada día.
La maestra de mi hijo pequeño se acerca muy sonriente y abraza a todos sus polluelos, a los que despidió en junio y que ya están saliendo de su cascarón. “¡Pero cómo has crecido! ¡Qué guapo estás!”, le dice a mi hijo, que aún sigue escondido y no se digna a responder. “Estás morenísima. ¡Se ve que has ido a la playa!”, continúa la conversación con otra compañerita. Los más intrépidos arrancan a correr por el patio, a tirarse y rebozarse por el suelo. ¡Pena de uniformes recién lavados! Pero otros se resisten a que las vacaciones terminen y no pueden evitar el llanto. “¡Mamiiiiiiii!”, se oye gritar a algunos, mientras el trenecito que han formado, las manos en los hombro del niño de delante, camina hacia la clase, con la profesora como locomotora, la bata sin abrochar por el calor y un gran manojo de llaves colgado del cuello.
Desde que soy madre pienso que las vacaciones de verano son demasiado largas. No opinaba lo mismo, claro está, cuando era estudiante y las exprimía hasta el último minuto. Ahora, creo que los días de vacaciones en familia, en la playa, la piscina, el pueblo, las excursiones con amigos... están muy bien. Nos enriquecen y nos hacen disfrutar los unos con los otros. Sin horarios, sin prisas, sin agobios... Iba a decir sin peleas. Pero no, esas odiosas batallas fraternales no cogen vacaciones. Muy diferente es la situación cuando nosotros tenemos que volver a la mina y los niños siguen aún en casa... Campamentos de verano, canguros, abuelos... Cualquier ejército se queda corto para conciliar (¡bonito verbo!) la familia y el trabajo. He acabado muy cansada de llegar a casa en agosto a casa a primera hora de la tarde y correr a la piscina con las toallas, bañadores, chanclas, raquetas de tenis, manguitos... De encajar el trabajo los fines de semana con llevar a uno a casa de un amigo y a los otros, con los abuelos. Porque, no solo basta con que estén cuidados y atendidos. ¡También quieren divertirse a todas horas! ¡Hay que organizar planes constantemente porque, si no, se aburren! Y la culpa del ‘¿Hoy a dónde vamos? ¿Hoy con quién quedamos?’ solo la tenemos nosotros, los padres. ¿No dicen que el aburrimiento fomenta la creatividad? Pues eso. Apliquémonos el cuento. Y yo, la primera.
Mi hijo pequeño ya ha desaparecido de nuestra vista y, para bien o para mal, ha entrado al edificio de Infantil. Buscamos ahora con la mirada al mediano, que aún sigue dando patadas a un balón con sus amigos, ajenos al peso que cargan a la espalda. Las niñas, formales, muestran a sus amigas su nueva mochila de princesas; mientras que los chicos no pueden parar quietos y parece importarles más bien poco su nuevo estuche del Real Madrid o del Barça. “A ver qué hacen este año. No ha habido manera de que el mío se aprendiera las tablas de multiplicar”, lamenta una madre. “Ni el mío. Dice que se le olvidan. Es que hay que aprenderlas de memoria. ¡Como toda la vida!”, tercia otra. “Pues nosotros no hemos hecho nada de tarea. No ha querido y yo no tenía ganas de más discusiones. Así que ya las repasarán en clase”, se suma a la conversación otra madre, que empuja enérgicamente, hacia delante y hacia atrás, un cochecito. “¡Como para tablitas estaba yo!”, se lamenta, mientras se escuchan los llantos del bebé, que no deja de llorar. No debe de gustarle el colegio. Mi hijo segundo viene corriendo, me abraza y sigue su camino, mientras les decimos adiós con la mano.
Cuando queremos ir a despedir al mayor, de once años, ya no está. Suponemos que todo su curso habrá entrado al edificio pero no nos han dicho ni adiós. A esa edad, ya no se prodigan mucho en besitos ni abracitos delante de sus amigos. ¡Qué vergüenza! ¿No? “Buf, último curso de Primaria. ¡Cómo vuela el tiempo!”, se pone trascendente, mientras caminamos hacia la calle, una de mis amigas, a la que conocí cuando nuestros hijos mayores tenían 3 años y lloraban escondidos detrás de nuestras piernas.
Pues sí, la vida vuela y los cursos pasan. Rápidamente, uno tras otro. Por eso, hay que comerla y hay que devorarlos a bocados. Pero, filosofías al margen, no veo el momento de que llegue mañana. No el ‘el mañana’ figurado sino el literal. O sea, el miércoles. Me emociono solo con imaginar a mis tres hijos con el uniforme o el chándal nuevo, esos zapatones de invierno y la bata recién planchada. Sonrío solo con pensar el momento en que digamos a los tres adiós y podamos marcharnos, tranquilamente, al descanso. O sea, al trabajo.