'Asilvestraos'

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User Admin

Actualizado el 18/08/2017 a las 10:52

"¿Cuándo volvemos al 'bungalok'?" Mi hijo de 3 años lo tiene claro. Sueña con regresar a esa casita prefabricada que no llega a los cuarenta metros cuadrados y que alberga, como por arte de magia, tres habitaciones (más bien camarotes), un aseo y una cocina americana en un comedor con una tele de plasma. "Volveremos pronto", le digo más para que se quede contengo que porque así lo hayamos previsto. "¿Si? ¡Qué guay!", se suma a la conversación mi hijo mayor, de 11 años. "A mí me encanta dormir todos juntos", añade. Y no hace falta que insista. Porque, aunque el recinto esté dividido en varios espacios, desde el sofá y si se estira un poco el pie, casi se alcanza la fregadera o la litera de la habitación de al lado. A mis hijos les apasiona ir de camping. Desayunar, comer y cenar en el porche del bungalow de madera. Ir a jugar a la casa de los "vecinos", pasearse en bañador y en chanclas durante todo el día (sin posiblidad de mancharse la ropa, lo que está muuuuuuy bien) o buscar "gamusinos" por la noche alumbrándose con una linterna frontal. Y no sé por qué esos gusanos, que tanto se parecen a las hebras de la fregona, siempre se asoman por la esquina de una cabaña por la que suele aparecer mi marido con ese artilugio en la mano sin que nadie le vea. Curioso. Para los que no tenemos pueblo y soñamos con él, un camping es lo más parecido. Un lugar donde no hay que vestir "decentemente" a los niños ni cambiarles la ropa si se ensucian. Una oportunidad de vivir unos días sin horarios, de leer una novela en el porche mientras los pequeños juegan al fútbol o a pelota con las palas en la "calle" de al lado o de que los pequeños anden "sueltos", sin peligro y entren y salgan cuando quieran. Porque la puerta está siempre abierta. Nada que ver con un piso, con arreglarse para salir a la callle, subir y bajar en el ascensor y desplazarse hasta el parque más cercano, previo paso por la tienda de 'chuches'. Un camping es como un pueblo prefabricado donde la vida es un poco más fácil. Por lo menos, durante unos días y en verano. Un parentésis, en definitiva, donde podemos vivir "asilvestraos".

A diferencia de los pueblos, en los campings todo es artificial. En lugar de las calles empedradas que suben hasta la iglesia y las casas centenarias con sus escudos familiares, su huerta en la parte trasera y sus perros que deambulan libremente, hay caminos asfaltados (o de tierra, según las estrellas de las que disponga el establecimiento turístico) salpicados por hileras de tiendas de campaña (las menos), caravanas con antena parabólica o bungalows con lavadora y lavavajillas (los más). En vez del 'kirikiki' mañanero de gallos o del trino de los gorriones en los árboles, en los campings se entremezclan los cánticos de los periquitos naranjas o los canarios azules que revolotean en sus jaulas o los ladridos de los perros atados a su caseta.

Al margen de los aventureros que recorren la costa o los pueblos del interior con su tienda de campaña, que montan y desmotan en cada localidad; la mayoría de los campings son, como dice mi marido, "de plantación". De "plantarse" allí a comienzo de verano y no recoger los bártulos hasta pocos días antes de que los niños empiecen el colegio. No es nuestro caso, repito, ya que, con unos días y en un bungalow, vamos servidos. Incluso así, en las últimas jornadas ya empiezo a entrar en pánico con la suciedad acumulada, la ropa sucia amontonada en bolsas de plástico dentro de la maleta; la que supuestamente está limpia, con olor a humedad, y el porche, salpicado de chancletas y deportivas imperfectamente alineadas (por no decir amontonadas, lo que dificulta encontrar las parejas). Vamos, que somos unos aficionados al lado de los auténticos profesionales del camping. Los que tienen un "avance" estilo "chill out" delante de su caravana, donde se ubican un frigorífico, una fregadera, una cocina o un horno microondas, junto a un gran despliegue de geranios y de plantas de aloe vera por el suelo. De lo más decorativo. Hay también parcelas en las que cultivan pimientos, tomates... y he llegado a ver bungalows hasta con un grifo de cerveza "fresquita" y un robot de cocina en una especie de sala de estar al aire libre (eso sí, aire acondicionado para el verano y calefacción para el invierno).

Pero para matrícula de honor, dos familias que conocimos a comienzos de este verano. Una de las noches, mientras nuestros hijos jugaban al escondite con los amigos; y los padres, o sea nosotros, dábamos buena cuenta a unas ensaladas, embutidos, gazpacho de tetrabrik y unas latas de cerveza, vimos a dos hombres que extendían una sábana blanca en la pared del bungalow de enfrente. Y nuestra cara de asombro fue a más cuando nos dimos cuenta de que sacaban un proyector y unos altavoces ¡tamaño discoteca! "¡Van a hacer cine al aire libre!", nos anunciaron nuestros hijos. Continuamos sin salir del asombro, cuando vimos que habían dispuesto más de viente sillas de plástico verde formando un semicírculo frente a la pantalla-pared para todos los niños del recinto y empezaron a repartir palomitas de microondas en un vaso de plástico a cada uno. No sabíamos cómo agradecerles que tuvieran a nuestros pequeños tranquilos y sentados durante noventa minutos gracias a "Los pitufos en Nueva York". "Pues esto no es nada. El otro día, montamos un karaoke, tiramos petardos...", se enorguellecía uno de los organizadores mostrando las guirnaldas de colores que aún colgaban entre árbol y árbol añadiendo a esa zona un toque festivo.

Y, como en todo en la vida, la calidad de los servicios aumenta según lo que quieras pagar. Así, hay campings (perdón, "resorts") de cinco estrellas, con piscinas con toboganes y jacuzzis, pistas de tenis, pádel, discoteca, servicio de guardería... y bungalows que parecen las suites de esos hoteles construidos sobre el agua en la Polinesia francesa. Por supuesto, con aire acondicionado y servicio de habitaciones. Pero nosotros nos conformamos con nuestros días de paseos en bicicleta para ir a la piscina o a comprar el pan, de vaguear en el porche, de bailes en la "mini-disco" al ritmo de "Ballenita, la ballena, dame un besito y te hago el meneíto" o de "Chu chu ua, chu chu ua", de sesiones de cine infantil al aire libre o de cenas compartidas con los amigos, improvisadas con los restos de la comida del mediodía, a la luz de las velas (o de las no tan bucólicas farolas). Y disfrutamos de vivir unos días "asilvestraos" en nuestro 'bungalok' de juguete (la "caseta de perro", que dice mi padre) que no alcanza los cuarenta metros cuadrados. O de recorrer las calles de ese pueblo prefabricado en el cantan los canarios y los periquitos en las jaulas. Que está muy bien pero yo, sigo soñando, pagaría por tener un pueblo de verdad.

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