De salitre y buganvillas

Actualizado el 04/08/2017 a las 13:42
“Mira, mami, ¡esa chica lleva una cesta en la cabeza! ¡Y no se le cae!” Mi hijo mediano, de 8 años, gran observador y futuro inventor, no perdía detalle mientras daba buena cuenta a un plato de boquerones y pescadito frito. “¡Y tiene un bebé a la espalda!”, añadió sin salir de su asombro. Entonces me giré y, entre las mesas de esa terraza del paseo marítimo, abarrotada de comensales concentrados en sus platos de mejillones al vapor y de camareros que corrían estresados y sudorosos, la vi. Allí estaba ella. Como una diosa de ébano. Rozaría los 25 años pero su rostro, ajado por la vida que le había tocado en la tómbola de la existencia y al que asomaba una sonrisa muy triste, la hacía parecer mayor. Con un vestido de figuras geométricas multicolores y por el que asomaban los dedos de sus pies, se esforzaba por ofrecer a los turistas pulseras, colgantes, llaveros y otras baratijas que transportaba dignamente en la cabeza, mientras se llevaba, cada pocos minutos, la mano a la espalda para comprobar que el bebé estaba bien sujeto. Le dije a mi hijo que la llamara con un gesto y ella se acercó a nuestra mesa. Que era de Senegal, me dijo; que su niña tenía cuatro meses, añadió; y que la bisutería que vendía no era africana sino de Italia, contestó muy educadamente a mis preguntas. Pero, o no entendía bien el castellano o tenía pocas ganas de hablar, así que se marchó tras venderme una pulsera de abalorios por ocho euros. Me quedé pensativa y mi imaginación novelesca la dibujó en una patera, embarazada de muchos meses, a punto de naufragar y arruinada tras haber pagado una fortuna a las mafias por cruzar el Estrecho. Y la seguí vislumbrando, al poco de dar a luz, buscando una forma de ganarse la vida en un pueblo costero del Mediterráneo. “¿Os dais cuenta de la suerte que tenemos? ¡Fijaos cómo viven otras personas! ¡Para que luego estéis todo el día pidiendo helados y tonterías”, les recriminé a mis hijos que la observaban alejarse por el paseo, tras la invitación de los camareros a abandonar la terraza y no molestar a los clientes con sus ventas. Pero ella se fue y nosotros seguimos comiendo nuestras gambas al ajillo, aunque algo más pensativos. Como si nada. O como si todo.
Porque para nosotros, ir dos semanas a la playa de vacaciones es nuestro sueño de todo el año. De despertarnos tarde, dormir la siesta, vaguear en la playa y la piscina, leer de forma compulsiva, jugar a la palas, alquilar un patín acuático o un kayak un día de bandera verde... Pero para muchos africanos que se patean la playa, día sí día también, sudando, envueltos en pareos con estampados de elefantes y cargando vestidos de ganchillo, calzoncillos y camisetas de fútbol de imitación, es su medio de vida. Y así, mientras mi hijo pequeño y mi sobrino, de 3 y 4 años, edificaban un castillo en la orilla y se entretenían en llenar su foso con infinitos cubos de agua que se tragaba la arena; otros dos pequeños africanos jugaban a su lado. Al cuidado de una pareja de jubilados muy bronceados, que amablemente los vigilaban mientras la madre de los niños, quizá pariente de las pulseras en la cabeza, exponía sus vestidos en el suelo sobre un plástico. Y las mujeres que paseaban por allí se los quitaban de las manos y se los probaban encima de sus bañadores mojados quejándose de que eran “muy caros”.
En fin, pero frente a esa cruda realidad, y no podemos evitarlo, para nosotros, digo, las vacaciones son tiempo de olores, sabores, sonidos y sensaciones a las que nos agarramos para mitigar el largo invierno. El verano sabe a salitre, a gazpacho y horchata. A paella de pescado, a mazorca de maíz y a gofres. El verano es la boca y la camiseta de mi pequeño cubiertas de helado de chocolate. “Mami, me he manchado solo un poquito pero no pasa nada”, me dice, quitando importancia al desaguisado, para que no le riña. El estío me sabe también a la sal incrustada durante todo el día en el cuerpo hasta que la ducha de la tarde la arrastra por el desagüe.
El verano huele a pinos, al cloro de la piscina, a las buganvillas blancas o rosas que decoran tapias de las urbanizaciones playeras y a los ricillos sudorosos de mi sobrina de un año que, rebozada como una croqueta, no para de gatear por la playa mientras se traga la arena a puñados, en cuanto te descuidas un momento. Y también, por qué no decirlo, al olor adolescente de las camisetas del Barça, el Manchester City o el Paris Saint Germain de mi hijo mayor, que no para de jugar al fútbol, aunque el mercurio supere los treinta grados, con sus nuevos colegas al más puro estilo de Verano Azul.
El verano suena a concierto de grillos nocturnos, a gritos de “una de rabas” en el chiringuito playero, a pasodobles en las verbenas, al meneo del abanico, al sonido monótono de las aspas de ventilador en el dormitorio del apartamento, al zumbido de los mosquitos que nos acribillan por la noche o al ulular del viento y los portazos cuando intentas hacer corriente para ventilar.
Hay para quien el verano es el pueblo o los paseos por el monte. Pero yo no lo concibo sin la playa y la familia reunida. Y recuerdo a mis abuelos en cada paso que doy en ese pueblo de costa. Veo a mi abuelo trayéndonos churros para desayunar y, alejarse por el camino de la playa, cargado con la sombrilla y las sillas, para cogernos sitio en primera línea, casi, casi dentro del agua, mientras los demás vagueábamos en la cama. Y me río al imaginar a mi abuela tomando una horchata cada tarde y lamentándose extrañada, a la vuelta a casa, de por qué habría engordado tanto la tripa en “el veraneo”, como ella decía. Unos papeles que han adquirido ahora mis padres con sus nietos. Por eso, me gustaría que mis hijos y mis sobrinos recuerden siempre estas vacaciones de siestas largas y noches cortas, de remar en la barca hinchable, de montar en las camas elásticas y de cenar un bocadillo de tortilla de patata en una mesa plegable sobre la arena. De esas noches jugando al 'veo-veo' y quitándose la palabra para contar cuentos de superhéroes al abuelo. En fin, de esos días de salitre y buganvillas, para nosotros, bucólicos; y para otros, de ganarse el pan entre los turistas. Como la diosa de ébano que seguirá recorriendo estas noches las terrazas del paseo, entre comensales que apenas levantan la vista de su plato de boquerones para mirarla. A ella, que es tan preciosa y que carga tan dignamente sus collares en una cesta sobre la cabeza. Mientras comprueba, cada poco, que su niña permanece bien sujeta a su espalda.