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Opinión
OPINIÓN

Nuevos partidos y viejos votantes

Fernando Remiro
Fernando Remiro
Actualizada 25/11/2016 a las 11:15

Hace unas semanas hablábamos del creciente discurso anti-mayores que envuelve el debate sobre el futuro del estado del bienestar en España. Esa gerontofobia ha sido aún más habitual en el análisis de los resultados de las dos últimas elecciones generales. La expresión de la frustración por no haber obtenido un mejor resultado electoral ha llevado muchas veces a representantes y simpatizantes de los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, a cargar contra los votantes de más de 65 años, que no han sido seducidos por las novedades que han transformado el sistema de partidos español desde 2014. Los mayores son muchas veces caracterizados como un grupo de votantes cautivos, acomodados al sistema que garantiza sus pensiones, conservadores por naturaleza, reacios al cambio y verdadero baluarte del bipartidismo que organizaba la competición electoral desde los 90. Esta descalificación se produce en un contexto en el que, como se puede ver en muchos análisis de la victoria del Brexit en el Reino Unido o de Donald Trump en Estados Unidos, ha empezado a cundir la idea de que una parte del electorado "vota mal", basándose en prejuicios y verdades a medias.

Sin embargo, una mirada atenta a las actitudes del electorado español en los últimos años obliga a matizar esta caricatura. El barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) pregunta cada tres meses por la intención de voto y ofrece resultados desagregados por grupos de edad. Si analizamos la intención directa de voto (la respuesta espontánea a la pregunta “¿A qué partido votaría si se celebraran elecciones hoy?”) desde el primer barómetro en el que aparece Podemos (el tercer trimestre de 2014, barómetro del mes de julio, después de las elecciones europeas), constatamos que la realidad no es tan sencilla. El siguiente gráfico compara el porcentaje de encuestados mayores de 65 (línea oscura) que declara tener intención de votar a uno de los cuatro principales partidos, con el porcentaje del total de votantes que tiene esa misma intención (línea clara).

 

La primera conclusión del gráfico refuerza la idea inicial. Los partidos tradicionales, PP y PSOE, tienen un mayor porcentaje de intención de voto entre las personas de más de 65 años que entre el electorado en general, mientras que en los partidos nuevos, Podemos y Ciudadanos, es a la inversa. Esta tendencia se ha mantenido a lo largo de todo el ciclo electoral, para los cuatro partidos. La distancia entre el total del electorado y el segmento de mayores de 65 años es más amplia en el PP y en Podemos, en sentido contrario, mientras que en Ciudadanos y, sobre todo, en el PSOE es menor. El fenómeno es especialmente acentuado en Podemos: en el primer trimestre de 2015, por ejemplo, la intención de voto entre el electorado general (20%) cuadruplicaba la intención de voto entre los mayores de 65 años (apenas 5%).

Sin embargo, aunque la tendencia general se mantiene hay cambios sustanciales en las preferencias de voto a lo largo de los dos años que recoge el gráfico: la progresiva consolidación de las expectativas electorales del PP, la crisis de intención de voto que tuvo Podemos a lo largo de 2015 para recuperarse drásticamente en el barómetro tras las elecciones de diciembre de 2015, o la irrupción de Ciudadanos en el segundo trimestre de 2015. En contra de la opinión generalizada, los mayores han sido partícipes de estos cambios políticos. La línea de intención de voto de los mayores de 65 discurre paralela a la del electorado general: casi siempre que hay un cambio en una hay un cambio en la otra, desmintiendo la tesis de que los mayores no cambian sus intenciones de voto, siguen la actualidad de forma acrítica y son impermeables a los cambios.

Es cierto que hay una diferencia en la velocidad del cambio, en la volatilidad de las preferencias. Los cambios de encuesta a encuesta son menores (el ángulo de las líneas es más suave) en el electorado de más de 65 años, pero normalmente la dirección del cambio es la misma. Hay una excepción notable, de nuevo en Podemos. Los votantes de más de 65 años fueron totalmente ajenos al auge de Podemos en su primer año de vida: la línea se mantiene plana en torno al 5% de intención de voto, indiferente al gran crecimiento de expectativas electorales a finales de 2014, sobre todo construido en el entusiasmo del electorado más joven, que ha vivido desde el 15 de mayo de 2011 un proceso generacional de socialización política.

Este punto de vista invita a leer de forma distinta la evolución de la intención de voto al PP en estos dos años. La preferencia mayoritaria de los mayores de 65 años por el PP, lejos de ser un axioma inevitable e inamovible, es una actitud política consciente, construida progresivamente, que interactúa con la nueva realidad del sistema de partidos. El PP empezó el ciclo electoral con una intención directa de voto entre los mayores de 65 años ligeramente por encima del 20% y lo ha terminado, después de las elecciones generales de junio, por encima del 30%. Esta subida de más de 10 puntos, que tira de la intención de voto global del PP y que sin duda ha sido la base de su victoria reforzada de junio, denota un movimiento de consolidación de preferencias electorales tan significativo como el que ha llevado a Podemos a dominar el voto de los menores de 35 años. Los votantes han tenido dos años para fijar sus posiciones respecto a la nueva oferta política y en su mayoría los votantes de más de 65 años han decidido apoyar los argumentos que les daba el PP, y en menor medida el PSOE. Descalificar este fenómeno como un voto cautivo y estático es negar una realidad más compleja y matizada.

En los dos últimos años se ha configurado en España un nuevo mapa político. Electoralmente ha ganado el statu quo y la victoria del PP ha estado basada en el voto mayoritario y crecientemente movilizado del electorado de más edad. Pero eso no significa que los votantes de más de 65 años hayan tenido una mayor influencia en el debate público y en el diseño de propuestas electorales. Durante todo el ciclo electoral el discurso ha estado crecientemente dominado por las agendas de los nuevos partidos porque tanto Podemos como Ciudadanos han demostrado una gran habilidad para delimitar el ritmo y las nuevas coordenadas del campo de batalla político. Como ambos partidos, tal vez guiados por los prejuicios descritos sobre este electorado, renunciaron a luchar por el voto de los mayores, en la campaña apenas ha habido un debate real sobre políticas de envejecimiento activo, pobreza en la tercera edad y discriminación por edad. Siempre que se habla de mayores las promesas electorales se reducen a pensiones, normalmente desde perspectivas conservadoras del sistema. Paradójicamente, aunque han ganado los partidos preferidos por los votantes mayores, sus preferencias políticas no están en la agenda.

Las preferencias de los votantes de más de 65 años son más fluctuantes de lo que parece y los nuevos partidos han perdido una oportunidad única de ganar terreno en un electorado que también estaba reconstruyendo sus preferencias políticas en un proceso histórico de cambio. En el nuevo ciclo electoral que comienza, Podemos y Ciudadanos no pueden aspirar a mejorar sus perspectivas electorales si no luchan por el voto de los mayores, con un discurso más intergeneracional. Ahora es más difícil que hace dos años, porque como demostraron las elecciones de junio, ya hemos dejado atrás el período de volatilidad electoral en el que todo podía pasar. Los nuevos partidos entenderán, tal vez demasiado tarde, que no pueden ganar las elecciones sin los viejos votantes.

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