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Opinión
ANÁLISIS

Antes un bar que un velatorio

José Murugarren

José Murugarren

Actualizada 28/08/2016 a las 16:26
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Hay dos estupores que me traen por la calle del asombro en esta semana de récord de calor e incendio. Uno, leer la resistencia de un grupo de vecinos a que una empresa instale un velatorio en una bajera de la Chantrea de Pamplona. El otro, la sorpresa de descubrir que somos capaces de aplaudir y emocionarnos hasta el éxtasis con un partido de bádminton. Uno y otro, dos descubrimientos, nada tienen que ver; fluyen por separado como el agua y el aceite, pero confirman la tesis de que la existencia merece la pena siquiera porque cada día puede generar una sorpresa. En la Chantrea hay gente muy preocupada por el “impacto emocional” que atribuyen al velatorio. Temen que la proximidad del duelo de quienes lloran a los seres queridos extienda algún virus de tristeza irrefrenable que el departamento de Salud, tan centrado en frenar el crecimiento de las listas de espera, no pueda atajar. No es la primera vez que uno de estos rechazos colectivos se produce. Ocurrió hace algún tiempo en Bera y ahora mismo está pasando también en Huarte.

MALA REPUTACIÓN

Dicen los vecinos que un velatorio, “causará impacto emocional y trastornos” y un empeoramiento del tráfico. A mí el sueño me lo altera el paro, la crisis, los gastos de los niños cuando asoma septiembre y el golpe de calor de los últimos días, especialmente cuando no refresca por la noche. Los vecinos, que tienen otra opinión, ahuyentan sus temores protestando contra el velatorio como si fuera un conjuro con el que ganaran tiempo extra a la vida.

La muerte tiene mala reputación y sólo al llanto de las emociones positivas le acompaña una cierta buena prensa. Los seres humanos prefieren alojar bajo sus ventanas un bar de copas o un cine antes que un velatorio, sin reparar probablemente que en la calle Ermitagaña de Pamplona algunos pioneros levantaron hace años un escenario compartido en el que cohabitan la vida, la muerte y el espectáculo: un bar, un tanatorio y un cine. Hoy, tenemos la piel más fina y un edificio multiusos con estas tres dedicaciones haría estallar ampollas . Con todo, choca asumir que el duelo por alguien en un velatorio produzca semejante estrés emocional cuando todavía mucha gente en este país vela en casa a sus muertos. ¡Cuánto hemos cambiado! Será que hubo un tiempo en el que pensábamos que nuestra estancia en este lado del espejo era algo breve y triste a la espera de cruzar al otro, de estancia más larga y presuntamente más feliz. Quizás hemos descubierto que mirarse desde esta parte de la orilla ni es tan breve ni tan pesaroso y que si no hay prisa por terminar lo que tenemos entre manos, mejor si alguien quita de lo más cercano de nuestra vista la imagen del cadáver en que nos convertiremos y el tráfico de plañideras que pueda generar.

No es la única perplejidad de la semana . Reconcilia con el género masculino contemplar cómo disfrutaban un grupo de varones, de esos de fútbol semanal y partida de mus, jaleando una final de bádminton femenino delante de un televisor entre cañas y aceitunas durante las recientes olimpíadas. Deporte de chicas observado con respeto reverencial por hombres que gritaban el nombre de Carolina Marín, la representante española que finalmente logró medalla de oro, y que descubrí por primera vez en el instante exacto en que ella disputaba el partido más relevante de su vida. Badminton en plan disciplina de élite, de alta competición atlética y no observado como el juego de niños en la playa que tantos veranos compartíamos en la arena hace ya unos cuantos. Hombres aplaudiendo como niños las evoluciones de la protagonista de un deporte revelado de repente de adultos. ¡Cómo hemos cambiado en poco tiempo! Con la muerte, con la vida y con el deporte femenino... Gracias que ya hemos interiorizado que la inteligencia es la habilidad para adaptarse a los cambios aunque algunos vayan a toda velocidad.
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