Maneras de emprender
El legado de San Fermín, de padre a hija
El diseño minimalista del santo creado por el joyero pasará, junto a su negocio, a manos de su hija Alejandra cuando se jubile "en unos años"


Actualizado el 21/03/2026 a las 10:26
Tras el mostrador de la joyería Ernesto Zia, en la calle Pío XII, Alejandra Zia recuerda cómo su padre les explicaba a ella y a su hermana Lara, cuando eran niñas, que el oro, como su familia, “es ese metal dúctil y maleable que, aunque lo estires hasta convertirlo en hilos, no se rompe”. Entre los tres han sabido mantener un comercio con más de 40 años de historia, en la que cada uno ha tenido —y tendrá cuando Ernesto se jubile en los próximos años—su espacio. Le dio vida cuando se desplazó hace 50 años a Zaragoza para aprender el oficio, y lo han mantenido, primero Lara, y después Alejandra, con su diseño de San Fermín como sello diferenciador.
Hijo de un relojero con un negocio en la calle Estafeta, Ernesto pronto se dio cuenta de que el legado familiar se le quedaba corto. “Aprendí el oficio, pero le dije a mi padre que, aunque esto me serviría el día de mañana, era muy monótono. Yo necesitaba crear”, rememora. Así que decidió apostar por aprender el oficio de joyero. Tuvo que desplazarse a Zaragoza porque en Pamplona nadie quería enseñarle. “Mi padre también vendía piezas y era competencia”, explica. Y dio con su maestro. “Yo tenía entonces 17 años; él me doblaba la edad, 34; era alguien joven y valiente, y se involucró de tal forma que desde el primer día ya me pidió que le ayudara con una sortija”, dice.
Como aprendiz, Ernesto solo cobraba en conocimiento, así que cuando necesitó dinero para obtener el carné de conducir, tiró de ingenio. “Le dije: mira, tengo una idea: vamos a crear una alianza muy ancha de plata, después le vamos a grabar dos mozos corriendo y dos toros detrás, y vamos a poner San Fermín”, recuerda. “Sería 1975. Cogí una maleta con 200 o 300 alianzas y me vine a Pamplona un fin de semana. A la gente le gustó. Encima hicimos un cartoncito que ponía en inglés, en francés, en alemán y en castellano: 'alianzas'”. Cuando volvió, Gonzalo, su maestro, descubrió que había vendido todo el género. Y ahí arrancó su matrimonio joyero con San Fermín.
Cuando volvió a Pamplona, trabajó primero junto a su padre, pero pronto necesitó salir del nido. Montó su “tallercito”. Al principio en la calle Río, “junto a un ultramarinos y un taller de coches”, cuenta, entre risas. De ahí se trasladó a la avenida Zaragoza y, después, a Pío XII, donde lleva desde 1995. “Era mi ilusión, porque vivíamos aquí al lado”, dice.
SU SAN FERMÍN
Si hay un momento que marcó un antes y un después en la historia de la joyería fue el nacimiento de su San Fermín. “En este oficio no se acaba de aprender nunca porque cuando estás haciendo una pieza, siempre te encuentras con algo desconocido, y dices: ¿y ahora qué hago?”, describe. “Tengo un mecanismo que me ha servido mucho: cuando me encuentro con algo que no sé hacer, me paro. Me voy y sigo con mi vida. Soy feliz, no me obsesiono, pero llego a la cama y me pongo a darle vueltas”, añade.
Y así, “un día que estaba inspirado, cogí lápiz y un papel, y lo dibujé – su diseño de San Fermín-. Y como postre, le puse el bastoncito”, cuenta. Lo colocó en el escaparate de la joyería y la reacción de los clientes llegó rápido: “¿Oye, y ese San Fermín?”
Ese diseño inicial ha tomado vida. Ahora lo vende en colgantes, pulseras, gemelos, medallas, broches, un sinfín de piezas, y se ha convertido en su marca diferencial. “El reto muchas veces es convertir nuestro emblema en joyas diferentes, en crear diseños nuevos”, dice. En un momento en el que el precio del oro asfixia al sector, Ernesto admite que el capotico de su peculiar San Fermín ayuda.
“Perdona que te interrumpa, papá, es que somos muy sanfermineros”, interviene en la historia Alejandra. Ella, que trabaja en el sector de la moda, se incorporó al negocio familiar tímidamente al principio, cuando su hermana Lara no pudo compaginarlo con su trabajo. “Vimos que lo hacía todo a mano, sin molde, y le invitamos a registrar el diseño, a protegerlo”, cuenta.
Desde hace dos años, ella se encarga de la parte de la comunicación y las redes sociales. “También toco puntos de diseño, poco a poco, porque me encanta esa parte del negocio”, afirma. “Intento difundir esa idea de ‘San Fermín 365’, porque son joyas no solo para San Fermín, si no para todos los días del año”. “Lo que queremos transmitir de San Fermín es pertenencia, emociones, unión, protección”. De hecho, padre e hija trabajan ahora codo con codo en el diseño de los pendientes de la boda de Alejandra, que será este año y que llevará, seguramente, un guiño sanferminero. “Aquí llega la gente y te cuenta anécdotas de su vida. San Fermín es importante para ellos”, termina Ernesto mientras reflexiona sobre sus últimos años detrás del mostrador. “Creo que si no hubiera tenido a mis hijas conmigo en el negocio, hubiese perdido aliento”.
Ernesto y Alejandra Zia son padre e hija. Ernesto nació en Pamplona el 29 de marzo de 1955 y se casó con Delia González, ya fallecida, con la que tuvo dos hijas, Lara y Alejandra. Es hijo de Gloria Jiménez y José Antonio Zia, relojero de la calle Estafeta. Estudió en el colegio de Jesuitas hasta 5º curso, cuando abandonó los estudios para formarse en el oficio. Por su parte, Alejandra nació en Pamplona el 12 de febrero de 1994 y estudió en el colegio San Cernin. Cuenta con un máster de moda y asesoría de imagen, sector en el trabaja. Lo compagina con las labores de comunicación en la joyería.