Obituario
Una vida rica en vidas


Publicado el 18/03/2025 a las 05:00
Si quiero conocerme a mi mismo, necesito los ojos de los demás”, afirma este viejo aforismo, que viene a confirmar la dificultad que todos tenemos para hilar fino en el conocimiento propio, aunque en realidad se refiere a las manifestaciones externas de nuestra singular personalidad. Ninguna ciencia, ni la siquiatría y tampoco la psicología, han sido capaces de bucear en lo más íntimo, en el núcleo del corazón humano , inmune a la mirada ajena.
Jesús Ibáñez Ardanaz (1928-2025) nos ha dejado a quienes le conocíamos y queríamos, y especialmente a su numerosa familia, con el sentimiento de una pérdida esperada ( a los 97 años sería una ingenuidad ignorarlo), pero valorada por el cúmulo de singulares enseñanzas que atesoraba en su persona. Y es esto último lo que constituye su herencia más cotizada, la que se debe rememorar y guardar en la intimidad de cada uno para hacer real lo que significa una vida colmada y plena. Sobre todo íntegra.
Con su amada e inolvidable M. Dolores tuvo a diez hijos y, estos a su vez, una larga lista de nietos suyos a quienes quería entrañablemente y cada uno de ellos tenía un lugar en su corazón, individualmente, porque todos ellos formaban parte de la plenitud de su amor. Su familia y Dios, ambos juntos y sin equívoca separación ni distinción, formaban parte de su horizonte vital, pleno de energía, en medio de un trabajo intenso y creativo, con sus aciertos y fracasos, como cualquier trabajo de un empresario que con un ojo contempla el éxito y con el otro la inesperada ruina. No todo en su vida fueron rosas, crecieron también las espinas, inevitables en un trabajo de arriesgadas decisiones en el ámbito de la construcción. Todos apreciaban su elegancia en las reuniones- fue una de sus distinciones- con una actitud respetuosa hacia las opiniones de los demás.
Como buen constructor sabía que la solidez de un edificio se sustenta en unos cimientos inquebrantables, como así era también la coherencia de su vida que se apoyaba en principios que nada tenían que ver con las efímeras opiniones que vienen y van.
Jesús se hizo acreedor de notables distinciones en su exitosa vida profesional desde que comenzó a trabajar a los 18 años en un almacén de maderas familiar. Su primera decisión, cuando el negocio adquirió visos de mayor amplitud, fue la de involucrarse en el ámbito inmobiliario para que los trabajadores pudieran acceder a viviendas dignas. A los 35 años constituyó la empresa Avanco, cuyo desarrollo en Pamplona le llevó a extenderse a San Sebastián, Zaragoza, Andalucía y Madrid. Más adelante y con algunos de sus hijos ya en condiciones de tomar el relevo, internacionalizó la empresa en el Perú con IBHER ( Ibáñez Hermanos).
A los 47 años, en plena madurez y vigor, fundó la Asociación Nacional de Constructores y Promotores de España para llegar a ser, años más tarde, el Presidente de la Agrupación de Constructores Promotores de Navarra. Recibió numerosos premios entre los que destacan el de Emprendedor del Año 2003, Empresario del Año en Navarra en el 2005 y la Medalla de Oro al Mérito en el trabajo concedida por el gobierno de España en el 2013.
¿Todos estos premios y distinciones tienen importancia?. Sin duda la tienen, porque constituyen el espejo en el que pueden mirarse las generaciones de jóvenes que vibran con ideales en los que el esfuerzo y la canalización de sus mejores dones pueden llevar a construir una sociedad mejor. Pero los galardones, por muy brillantes que sean, son pasajeros y el implacable paso del tiempo los desdibuja, como sucede con la nieve que entierra las pisadas que poco antes hollaron la tierra.
“Si el ser humano solo confía en lo que ven sus ojos, en realidad está ciego…porque limita su horizonte de manera que se le escapa precisamente lo esencial”, escribió el Papa Benedicto XVI. Y desde esta perspectiva, la vida de Jesús adquiere la verdadera grandeza, más allá de sus éxitos profesionales y sociales, tan aplaudidos en la sociedad actual. En el silencio de su profunda fe cristiana y en la oración, además de asistir a misa diariamente -también en sus últimos años ya muy mermado en su salud- adquirió la verdadera fortaleza que hace añicos cualquier pretensión de grandeza humana, de connivencia con la vanidad y del aprecio egoísta que tantas veces buscamos. Su sencillez estaba lejos de cualquier abuso de la primera persona del singular, ajeno a toda jactancia de sus logros. Solo es posible llevar una larga enfermedad con la entereza, la fortaleza, el dominio de sí y con una inconmovible alegría ( sí, alegría, a pesar de las limitaciones de la flaqueza humana y la enfermedad) si está apoyada y respaldada por la luz del más allá basada en el profundo sentimiento de que es hijo de Dios. Es ese fulgor celeste el que guía a algunas personas privilegiadas como Jesús, aunque en realidad está al alcance de todos si se desea recorrer el camino que conduce hasta el aludido celestial fulgor.
Franciso Errasti amigo y admirador
