Agroalimentación
El agro navarro, sin respiro: de la sequía al granizo
Sin cereal por la sequía, cambiando cultivos en regadíos por falta de agua asegurada y, encima, granizo. ‘Annus horribilis’ para muchos agricultores navarros


Publicado el 01/07/2023 a las 06:00
Richard Sada Antón arrancó su coche para visitar su finca de almendros el domingo 18 de junio. “Otros se divierten en el bar, yo disfruto en el campo”, confiesa con la naturalidad de quien ama ser agricultor. Ilusionado, este vecino de Ablitas, de 40 años, agarraba el volante por caminos de tierra. Hace tres años que plantó los árboles y, durante este tiempo, los ha cuidado con esmero, eliminado las malas hierbas, regado con agua del Ebro y fertilizado con mimo. Crecían hermosos y este año, después de tanta inversión, prometían su primera gran cosecha de almendras. El fruto de las siete hectáreas constituía en ese momento la única fuente de ingresos, junto a otras 18 hectáreas de trigo, también en regadío, para afrontar los gastos de un año que se había torcido como nunca por culpa de la sequía.
Hacía seis meses, desde enero, que en la localidad ribera no había llovido en condiciones, apenas unos chaparrones de los que no mojan ni la tierra. Por primera vez en su vida, y aun siendo dueño de una cosechadora, Richard no ha pasado la máquina por “ni una sola robada de tierra” de sus 110 hectáreas de secano. “No merecía la pena”, afirma. La sequía y los conejos las han dejado rasas, como en barbecho. “ No tengo nada en secano. Es como si alguien trabaja en una fábrica o en una oficina y, además de no cobrar, ha tenido que poner dinero de su bolsillo para trabajar. Yo, había gastado más de 10.000 euros en semillas, más 5.000 euros en gasóleo del tractor y no cuento mis horas…”.
Esa tarde, mientras iba en el coche, comenzó a llover con generosidad, pero lo que parecía una bendición del cielo se tornó en pesadilla. Richard atisbaba la finca de almendros cuando una nube blanca empezó a descargar granizo de cuatro o cinco centímetros de diámetro. La fuerza del agua y de los proyectiles de hielo le obligaron a darse la vuelta y buscar refugio. Paralizado en el coche, sabía que sus almendros recibían los mismos golpes que resonaban en la chapa. Impotente, mentalmente, visualizó la tragedia que acontecía en su finca. “Me dolía el alma. Era como si me estuvieran dando una paliza físicamente”.
El agricultor se recuerda abatido, devastado anímicamente a su regreso a casa. No sabe decir cuánto tiempo duró aquella primera tormenta después de seis meses. El agua, tan deseada y, en cuestión de segundos, tan odiada. “Sé que no voy a vivir del campo toda la vida. Ni yo no muchos como yo. Es duro lo que digo pero es la realidad”, comenta. Richard se dedicó a la agricultura porque su padre falleció joven y él, hijo único, decidió tirar de la rueda y, como él dice, subirse a ella. “Cada vez más y más tierras a renta y más y mejor maquinaria para sacar unos ingresos dignos y seguir viviendo de esto. Me metí en el campo por orgullo de él, pero aquí no se hace nadie rico…”
Al día siguiente acudió a la finca para ver el alcance del desastre. “Horrible, peor de lo que pensaba. El tronco y las ramas de los almendros presentaban heridas por los golpes del granizo y muchas almendras dañadas. El granizo no sólo me ha quitado la mitad de la cosecha, sino que deja el árbol malherido y afectará a la del año que viene”, indica. La situación del trigo no es mejor: tumbado por la virulencia de la tormenta, con espigas torcidas y sin casi grano. “Se te cae el ánimo a los pies. El trabajo de tanto tiempo perdido. Te quedas como vacío”.
En Ablitas, un pueblo de 2.400 habitantes, solo quedan una decena de agricultores profesionales, que viven exclusivamente del campo. Su explotación está formada por unas 240 hectáreas, la mayoría a renta, distribuidas entre su localidad, Barillas, Tudela y en municipios aragoneses como Tarazona y El Buste. No cultiva todas porque las exigencias medioambientales le exigen dejar barbecho para recibir ayudas.
Como Richard son muchos los agricultores que viven un año extraordinariamente complicado. Sin nada en secano, sin agua asegurada para sembrar maíz que les ha obligado a poner alternativas como girasol, mucho menos rentables y, por si fuera poco, con granizo que ha segado de cuajo sus expectativas de que algo saliera bien. “Tenía la ilusión en los almendros. Decía: no me puede salvar este año más que los almendros...”, dice con voz quebrada por la emoción. El problema, avanza, llegará dentro de “cuatro meses”, cuando me vengan los pagos de rentas, seguros, agua y tenga que gastar en preparar la siguiente siembra. Entonces, me daré cuenta de que no he cosechado nada y de que no puedo cobrar nada.... (guarda silencio). Perdona, estoy hundido”.