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Presidente de Eventshotels

Jesús Berisa Berisa: “Cuando vienes de trabajar en el campo, la hostelería es un lujo”

Dirige un grupo con dos establecimientos hoteleros, El Villa de Castejón y El Toro, y responsable de la restauración del Palacio de Congresos Baluarte, del Pabellón Arena y Senda Viva. Con 150 trabajadores, factura 12 millones. Es de Azagra, vive en Tudela y pasa el 40% del tiempo en Pamplona. Propietario del sorteo de La Gorda de Navidad, espera ampliarla a otros fechas del año

Jesús Berisa Berisa, presidente de Eventshotels, en el restaurante de Baluarte, durante la entrevista.

Jesús Berisa Berisa, presidente de Eventshotels, en el restaurante de Baluarte, durante la entrevista.

Actualizada 20/03/2019 a las 13:38
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Berisa, berisa, Berisa. El apellido es de la localidad de Azagra. Pero si se repite tres veces se trata, sin duda, de uno de los cuatro hijos de Jesús Berisa Berisa y María Teresa Berisa Martínez, primos entre sí, además de matrimonio. Uno de estos hijos, el tercero, es Jesús (Azagra, 15 de abril de 1969) es el presidente de Eventshotels, sociedad que comparte con su mujer y que incluye la propiedad del Hotel Villa de Castejón y El Toro, además de la restauración de Sendaviva y del Pabellón Navarra Arena. Ahora ha unido la restauración de Baluarte, que incluye La Terraza, el restaurante Verduarte, el equipo de eventos y un restaurante de comida, todavía en proyecto, para comer con los dedos, Finger Food, también para llevar a casa. Además, participa en la cadena Bed4U Hoteles. De un pequeño hostal en Azagra ha pasado a ser el presidente de un grupo de 150 trabajadores fijos y 350 eventuales. “Cada mes firmamos más de 500 nóminas”, dice. La facturación del grupo es de 12 millones de euros. Pero todo tiene sus comienzos...


¿Cuáles fueron sus inicios?
Vivía en Azagra , de donde soy. Mi padre era un agricultor medio. Tenía 100 robadas de viña y otras 100 de regadío. Con familia de agricultores, el verano y las fiestas de guardar estaban destinados a ir al campo a lo que tocara: alcachofa, tomate, patata, hasta frutales, como melocotones, manzanas, peras... Siempre había algo que plantar y siempre algo que recoger.


¿Le gustaba?
Cuando vas mucho al campo de pequeño, acaba gustando poco. Yo siempre dije que, después de haber sido hijo de agricultor, a cualquier cosa que nos hubiéramos dedicado, nos hubiera gustado más. El campo es duro, estás muy expuesto a la climatología.


¿Cómo recuerda esos veranos?
Ninguno era bueno, porque coger coliflor con hielo era malo; tomate a 40 grados y con mosquitos, también. En fin, dedicarme a a la hostelería era como alcanzar algo divino, un lujo. Yo había estudiado en el Luis Amigó interno EGB y después empecé electrónica en el Puy de Estella. Pero lo dejé. Fue trabajando cuando he hecho más formación. Mi padre tenía claro que no quería el campo para sus hijos como salida profesional y, con una gran visión de futuro, montó un negocio de hostelería en mi localidad natal, Azagra. Para que ninguno continuara su trabajo en el campo.


¿Qué negocio montó?
El Hostal Venecia. Tenía seis habitaciones (ahora, 12) y 300 metros cuadrados de cafetería y restaurante. Trabajábamos mi madre, en la cocina; mi hermana Elvira, en el comedor; y yo, en la barra. Éramos el equipo perfecto. Ahora es propiedad de mis hermanos mayores. El pequeño es el jefe de cocina general de Eventshotels.


¿Cómo aprendió el negocio?
En un negocio familiar se aprende pronto. Lo sientes como propio, es como una extensión de tu casa. De todas formas, dos meses antes de empezar estuve en un bar de Azagra aprendiendo. Y sí que pasé a ser muy lector de libros sobre el oficio al que me dedicaba, al de camarero.


¿Qué leía?
Libros de todo tipo, de servicios, cocktelería, atención al cliente, ventas... Hice cinco cursos de cocina de técnicas diferentes. Mientras, trabajé durante siete años en el Hostal Venecia. Mi hermano mayor, que trabaja en Tracasa, venía por la tarde. Y el pequeño también, cuando le dejaban los estudios, porque hizo Hostelería en la Escuela de Burlada cinco años. Paralelamente, durante ese tiempo, gestionábamos otro negocio, el de la Barca de Azagra.


¿En qué consistía?
Era un merendero a orillas del río Ebro. La propiedad era municipal y nosotros nos la quedamos por subasta para su explotación durante cinco años. Además de ofrecer servicio de restauración, compramos un catamarán, lo trajimos desde EE UU y hacíamos excursiones por el Ebro con los clientes. También teníamos piraguas de alquiler, barcas con pedales, una plaza de toros en la que organizábamos vaquillas, siempre en fechas que no coincidieran con las fiestas de pueblos, y teníamos un escenario donde coordinábamos espectáculos. El lugar continúa, aunque ya sin barcas.


Suena a novedoso.
Buscábamos la diferenciación, tener un elemento más, como la barca, para que la gente viniera y quisiera pasar un día en el campo. Mi padre nos inculcó la cultura del esfuerzo y la responsabilidad a los cuatro hermanos. Eso lo llevamos marcado a fuego. A día de hoy, que va a cumplir 85 años, todavía me sigue diciendo qué hago mal o cuando hago algo que no le gusta.


¿Ah, sí?
No me dice qué tengo que hacer. Pero opina sobre lo que hago. No me llama mucho, pero si hay algo de lo que hago que no le gusta, me llama y me lo dice. Y seguramente tendrá razón, así que le hago caso. En resumen, fueron años de duro trabajo en la hostelería familiar. Hasta 1996, que fue cuando entré en el mundo de los hoteles.


¿Por qué se decidió a ese cambio?
Vi que el margen y las posibilidades en un negocio de hostelería en un pueblo eran pequeños. No dejaba de ser un trabajo de autoempleo. Siempre ambicioné llegar al mundo de los hoteles. Era más divertido.


¿Qué quiere decir divertido?
Divertido para mí significa una evolución respecto a lo que haces, en una dimensión mayor. Lo que más ambicionaba era tener una mayor cifra de negocio, no tanto por ganar, que eso no era un factor determinante. Todo lo que hago en mi vida tiene que ver con aportar pasión a lo que haces. Eso es lo que me genera automotivación diaria, que a mí me hace bastante feliz.


¿Cómo dio el salto?
Tuve la oportunidad de acabar en el Hotel Villa de Castejón, que era el mayor hotel de la Ribera. Me pareció un salto de cero a todo. Todo era grande, tenía ubicación, tamaño y posibilidades.


¿No le dio miedo?
No. Cuando las cosas se hacen bien acaban saliendo bien. Era un negocio que iba mal y yo llegaba con una preparación no muy adaptada a lo que Villa de Castejón necesitaba, que era alguien con formación y experiencia. Pero yo lo compensé con mayor dedicación, implicación e interés en el mínimo detalle. Un grupo de empresarios navarros del sector había comprado el Villa de Castejón. Reconfiguraron el equipo y yo pasé a formar parte de él como director del hotel de 1996 a 1997. En ese año pasé a ser socio con otras dos personas de la empresa arrendataria del hotel. Una de ellas era Sebastián Beunza, quien fue mi mentor y con el que me desarrollé profesionalmente. Yo acabé aprendiendo a ser más paciente, más ordenado y previsor. El establecimiento acabó yendo muy bien. Hice ganar dinero al grupo inversor. Decidimos constituir una sociedad de explotación con tres socios, incluido yo. Se trataba de Vicastelar Servicios SL desde la que explotábamos, además del Villa de Castejón, Ñ de Tudela, Palacios de Alfaro, Cadosa de Soria, además de la restauración de Senda Viva. Llegué a llevar 4 establecimientos más Senda Viva. Así estuvimos desde 1997 a 2009, cuando llegó el cambio.


¿Qué pasó en 2009?
Tuve la oportunidad de independizarme. Me quedé solo como socio en Vicastelar y compré el Villa de Castejón. Me dediqué únicamente entonces al Villa y a Senda Viva.


¿En plena crisis?
Villa era el más difícil de gestionar, el de mayor riesgo, pero el que tenía más posibilidades. Estábamos en crisis, pero tenía credibilidad bancaria y un proyecto para comprarlo y reformarlo entero. Ahí se basó el gran cambio del Villa, en imagen, producto, equipo y marcas. La compra costó cinco millones y la reforma, tres.


¿No pensó nunca que no fuera a salir? ¿No le daba vértigo?
Soy muy seguro de mí mismo. Las cosas, de darme vértigo, no las haría. Tampoco hago nada que se salga de lo mío. En 2013 El Villa acabó teniendo un cambio económico que consolidamos.


Llega 2017 e incorpora El Toro&Spa.
Lo compramos. Volvió a ser un reto tan importante, como lo fue la compra del Villa de Castejón. Fue una gran oportunidad para crecer. Inicié los trámites en 2016, cuando no se sabía que iba a cerrar. Si no, igual no lo hubiera podido comprar porque podían haber surgido más interesados. El hotel estaba para reenfocarlo en todo, en producto, cliente, categoría, servicios, diferenciación... La inversión en la reforma fue de un millón de euros. Así repetí la hazaña que había hecho con la compra del primer hotel.


En esta situación, ¿cómo surge Eventhotels?
En 2018 decidimos crear una marca paraguas. Incluye el nombre de ‘events’ porque los eventos iban a ser una parte importante, hoteles pensados para hacer eventos. Hoy esta parte supone el 40% de nuestra facturación. Además, creamos los servicios centralizados en unas oficinas en Tudela, desde donde damos apoyo y servicios a toda la organización, con 15 personas. En ese año nos presentamos como candidatos al concurso público presentado por NICDO ( la sociedad pública navarra de Infraestructuras de Cultura, Deporte y Ocio) para la explotación de la restauración de Baluarte y el Arena. Nos lo adjudicaron en julio. El 25 de septiembre dimos el primer servicio de restauración en el Pabellón Arena y el 8 de octubre empezamos en Baluarte.

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