Turismo rural
Oskotz, el pueblo de las bodas
Con 40 habitantes, en el valle de Imotz, su iglesia ha acogido en dos años varios enlaces, cuatro especialmente singulares, con contrayentes llegados de Holanda o Estados Unidos


Actualizado el 25/11/2024 a las 08:36
¿Qué lleva a una mujer norteamericana, a un escultor holandés, a una ciudadana búlgara a casarse en el corazón del valle de Imotz? En poco tiempo varias parejas de diferentes nacionalidades se han dado el sí quiero en la iglesia de Oskotz. Comenzó con una casualidad, una pequeña locura de una pareja formada por una mujer estadounidense y un hombre aragonés. Vieron en el portal de internet Escapada Rural la casa. Fue un amor a vista de pantalla, no tenían vínculos con el pueblo. Ni siquiera lo conocían. Pero decidieron que se casarían allí, con su familia más cercana, con amigos. Más personas de las 40 que a diario duermen en este concejo que mira al otoño desde una atalaya natural imponente, como si el bosque arrullara a sus habitantes.
- Tal vez haya poco de científico en la manera en que Leire Iribarren Murillo, doctora en Matemáticas y en Estadística, cambió de vida. O no. Considera ella que el estudio en la vida es continuo y que lo importante es cómo se aplica en las distintas facetas. “Se trata de que tu vida sea tu pasión”, repara, lo mismo si podas manzanos, recoges fruta, limpias un baño, recibes a los huéspedes o vendes tu producto en una feria. Cuenta su singular historia en el Palacio de Aralar, antigua casa parroquial de Oskotz que compró y rehabilitó como alojamiento rural. El entorno es envolvente y al tiempo bien comunicado a escasos 25 kilómetros de Pamplona, camino de San Sebastián. Pero pocas personas deciden anidar allí. No hay bares ni tiendas, ni mucho menos cajeros o farmacia. La casa de la iglesia, como otras tantas, tenía un futuro incierto. Hasta que Leire y su marido, José Ignacio Goldáraz Urrutia, él oriundo de Oskotz, ella de Orkoien, se embarcaron en la aventura de comprarla y rehabilitarla en 2014. Una forma de conservar patrimonio y devolver vida a paredes centenarias, estas de finales de 1700.
Leire regentaba para entonces en Oskotz la casa rural Sagardikoetxea, complementada con el cultivo de manzanos de sidra y de mesa, en ecológico.
La casa de la iglesia estaba deshabitada desde 1979, calculan. “En nuestra imaginación la veíamos arreglada, hasta 2018 nos centramos en limpiar y eliminar paredes, nosotros, todos los sábados aquí; además, solicitamos y nos acogimos a una subvención europea, finalizamos la obra en octubre de 2018, prácticamente con todo alquilado para las siguientes temporadas. Llegó la pandemia, “cayó todo”, y afrontaban un préstamo de 650.000 euros al que solo era posible mirar de frente si las reservas iban bien.
Es una historia familiar, pero no tienen, aseguran, un sentimiento de propiedad, más bien reparan en que han tenido la suerte de recuperar el edificio para disfrute de la gente. “El turismo es mi forma de vida”, sostiene.
La casa son en realidad varias viviendas en una, con cuatro entradas diferentes. Es una especie de rombecabezas que se monta y se desmonta, puertas que se abren y se cierran, en función del número de huéspedes, desde cuatro o cinco hasta 45. Una habitación está pared con pared con la iglesia y desde la casa se accede al jardín que da al atrio. Del siglo XIV, la de San Cristóbal es la iglesia más antigua del valle. La belleza del templo atrapa a los visitantes. En uno de los altares laterales hay una imagen de San Ramón Nonato, “patrono de las embarazadas y se ve que está en paro”, bromea José Ignacio.
Las reservas son dispares, desde grupos religiosos que utilizan también la iglesia, hasta empresas para ofrecer formación, mindfulness o encuentros, trabajadores, familias con niños... Y las bodas. Algo que no habían contemplado, pero a lo que nunca se cerraron. Ellos se limitan a ofrecerles lo que puedan necesitar, están de algún modo pendientes, sin situarse en primera línea. Si buscan un catering, otros servicios, información del entorno, de Aralar...


El primer enlace fue el de la mujer norteamericana y el aragonés que vivían en Zaragoza y vieron la casa en el portal de internet.
Luego llegó la del escultor holandés que tiene un alojamiento turístico en su ciudad con su compañera, española.
Y la de Irina, una mujer natural de Bulgaria que se casó con un empleado de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona.
O la de dos personas ya de cierta edad, guipuzcoanos ambos, profesores.
En algún caso el enlace se ha celebrado fuera de la iglesia. Es decir, la tenían como marco, pero la boda fue civil. En todas las bodas los invitados se han alojado en el palacio de Aralar y han comido en el interior o en la terraza, a veces con una carpa instalada en la misma o en el jardín.
Sumando, Oskotz tiene 70 plazas de alojamiento, que en verano han estado llenas todos los días. “La gente que viene, cuida la casa”. Un lugar no tan conocido para muchos y también fuera de los mapas turísticos más populares. “Sin nada que envidiar al Irati, con Aralar y Urbasa a un paso”, reitera Leire y subraya la importancia de iniciativas como las ferias de Mendialdea, para divulgar y dar a conocer el trabajo real, vivencias. Le gusta participar en la vida del entorno. “Te quita tiempo, pero te da mucho”, sostiene .
