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Vacuna coronavirus

Los primeros de la tercera dosis

Un total de 79 personas de Bera y Lesaka abrieron ayer el calendario de administración de la tercera dosis en residencias de mayores. “Da vida y seguridad” se pudo escuchar entre pinchazos de esperanza y protección frente a lamentos pasados

José Ramón Berrueta Picabea descubre su hombro izquierdo para serle administrada la dosis
José Ramón Berrueta Picabea descubre su hombro izquierdo para serle administrada la dosisJ.C. Cordovilla
Publicado el 22/09/2021 a las 06:00
A José Ramón Berrueta Picabea lo que le agradaría es poder tener acceso a una vacuna que reste años a sus 86 acumulados con porte de hombretón de bondad y mejor talante. Una licencia de humor ribeteaba su reflexión al serle preguntado por la tercera dosis de la vacuna recibida para aplacar la amenaza del coronavirus. “Esto -por el efecto de la inyección- se pasa rápido. Los años...”. La frase sin terminar deslizaba un deseo comprensible de reandar lo vivido ahora que en su caminar se vale de un bastón para apoyar su experiencia y sus recuerdos. Su nombre figura en la relación de los 40 residentes de Andra Mari, en Lesaka, que ayer compartieron protagonismo con sus homólogos de San José, de Bera, en la apertura de la tercera fase en la inoculación de dosis. Por ser novedad, la estancia donde las enfermeras Miren Otxotorena e Itxazne Otxoteko, de la Zona Básica de Salud de Lesaka, administraron las inyecciones se quedó pequeña con un enjambre de cámaras por registrar un nuevo avance en la batalla librada contra el mal de la pandemia. Los primeros de la tercera escala en el proceso de inmunización fueron 79 residentes mayores de Lesaka y Bera.
El departamento de Salud justificó la elección de esta población por responder a un “perfil de fragilidad, pluripatología y de vivir en entornos cerrados”.
Con una sonrisa de complicidad, ensanchada por un buen ánimo para encarar los pasos de la vida como los que da apoyada en dos muletas, María Josefa Zelaieta Lazcano, que nació hace 88 años en el caserío Eltzaurpekoborda, del barrio de Zalain, de Bera, dice que el refuerzo es un bálsamo de “vida y seguridad”. Sus palabras cobran trascendencia después de un año y medio de respeto e incertidumbre en el que el sector de la Tercera Edad, y más en particular los usuarios de residencias, estuvieron expuestos a los tentáculos de la enfermedad cuando se reveló en toda su crudeza. “Esto no es más que un pinchacito”, observaba la mujer, que, como recordaba bregó junto a su hermana Maritxu, ya fallecida, “como un hombre”, cuando la atención del caserío no concedía el mínimo descanso. “Esto no es nada. Estoy acostumbrada a la aguja”, señalaba. “Me ponen insulina”. De ahí que, sentada entre las primeras de la lista, reaccionase con serenidad.
Sonriente, Mª Josefa Zelaieta Lazcano, ayer en Lesaka
Sonriente, Mª Josefa Zelaieta Lazcano, ayer en LesakaJ.C. Cordovilla
“HASTA LOS CIEN AÑOS”
“¿Con esta vacuna hasta los cien años”, se le ocurrió decir a un bromista. “Esperanza tengo. No hay que perderla. Hay que tenerla”, respondía con una sonrisa de regalo, enmarcada en un rostro de ojos azules profundos. Aleccionada en el esfuerzo, por empeño no será en su propósito de abrazar el siglo, a ser posible, de pie. “Haré todo lo posible para no estar en silla de ruedas. En eso también hay que hacer esfuerzo porque si uno se deja acaba cayéndose”, es su consejo.
El cambio de escenario, sin los traspiés de principios de la pandemia o de finales del año pasado cuando hubo un brote en Andra Mari de Lesaka, posee su dosis terapeútica en el ánimo conjunto. La directora de la residencia, Laura Apeztegia, valora el efecto de la vacunación con “un descenso de la incidencia” de contagios, como el que se produjo cuando se administraron las dosis de enero y febrero. No olvida el pesar que tuvieron los residentes tan pronto como se cerraron las comunicaciones con el exterior. El peso en su estado emocional fue hondo. “Ha sido duro. De hecho, cuando empezaron a dejar a salir a las personas a la calle, ellos preguntaban: ‘¿Y nosotros, por qué no?’”. Hoy, al menos, con un plan organizado, que exige concertar las visitas con antelación, celebran el reencuentro con sus seres queridos.
Instante en que Miguel Mari Belarra Villanueva recibe la inyección en la residencia Andra Mari, de Lesaka
Instante en que Miguel Mari Belarra Villanueva recibe la inyección en la residencia Andra Mari, de LesakaJ.C.
Sin recibir encomienda alguna, pero animados con el soplo de aire fresco de la calle, Manuel Anglade Bertiz y Julián Capdeqi daban la bienvenida a los recién llegados en el jardín de entrada al centro residencial. Asidos a sus sillas de rueda se congratulaban de haber esquivado el virus “cuando entró”, sin dejar de lado su rutina de salir a la calle siempre que fuese posible y que las restricciones no se lo impidiesen. Ambos veían bien el refuerzo de la vacuna.
Justo en la parte opuesta del edificio, complacido por el silencio y una mirada reposada en el verdor de alrededor, Isidro Arístegui Arístegui, nacido hace 75 años en Etxalar, se preguntaba si el mal de la pandemia “no pasará”. Con las manos anudadas por el pesar de una vida dedicada al campo, aguardaba a escuchar su nombre , ajeno al ir y venir de pasos lentos de compañeros de estancia. Taca tacas, sillas de ruedas y bastones acompañaban el movimiento hacia un lugar seguro de los primeros en ser cubiertos con un manto de mayor protección.
Cuando se terminó el turno de Lesaka, que sucedió al programado en Bera, los recién vacunados emprendieron en orden el camino del comedor. Les esperaba un reconstituyente y una sensación de seguridad.
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