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Historia

El tesoro de Ezkurra

Inquieto por naturaleza y estudioso del pasado, Fernando Etxeberria Mariezkurrena compila en un libro avatares que marcaron el devenir de su pueblo, como la salida de 150 hombres a América en el siglo XIX

Ampliar Fernando Etxeberria Mariezkurrena, con su último libro
Fernando Etxeberria Mariezkurrena, con su último libroCedida
Publicado el 20/07/2021 a las 06:00
La jubilación no concede descanso a Fernando Etxeberria Mariezkurrena, fiel a sus 79 años de edad a la doble costumbre reparadora de caminar por el monte y de andar sobre las huellas que dejaron sus antepasados. El empeño de dejar por escrito hábitos y avatares que fueron de otra época, algunos de ellos sostenidos por el poder de la tradición oral, se manifiesta en su última publicación, Ezkurra, Herri Paregabea (Ezkurra, villa de ensueño).
La casualidad, si como tal se define la coincidencia de hallazgos e inquietudes particulares por conocer el pasado que explica el presente, le colocó en la senda de orígenes y singularidades de la localidad de Malerreka. “Un día, después de jubilarme, me acerqué al Ayuntamiento y vi que había un material tirado en el suelo en el archivo. Al acercarme, comprobé que eran documentos de 1300, más o menos” “‘Tenéis un auténtico tesoro’”, fue su primera reacción, compartida con el alcalde de ese momento.
Aquel descubrimiento desató el poder de la curiosidad, que parece, en su caso, ilimitada cuando de historias, por muy pequeñas que sean, se trata. “Ezkurra -se puede leer en el documento testimonial que es su libro- es mencionado por primera vez en 1197 como pueblo perteneciente a Basaburua Menor, no gozando de fueros porque su número de habitantes no llegaba a reunir las condiciones estipuladas para ello”. Un paso atrás en la reconstrucción histórica descubre vestigios de piedra que han permanecido inalterados al deterioro del curso del tiempo como hitos de presencia humana.
Existen en la zona -señala en el propio volumen- “muchos monumentos prehistóricos. Destacan el dolmen junto a la presa de Lucio Gorostiaga, dos en Malo, un cromlech en Ezkain, otro en Olegi, donde hay también otro dólmen, un túmulo y sobre todo el menhir Iruñarri, considerado como uno de los más importantes de Navarra y que está ubicado en terreno de Eratsun, tal como me suelen recordar los amigos de allí, debajo del monte Elazmuno, junto a la muga de Ezkurra. Más abajo en Latargi hay más de diez monumentos, ya clasificados”.
Como sucedió con otros pueblos del norte, el término de Malerreka no fue ajeno a las pesquisas inquisitoriales en tiempos de delaciones por brujería. Los episodios locales revelan en 1611 la llegada a la villa del inquisidor Salazar y Frías “con la intención de administrar el edicto de gracia promulgado en el famoso Auto de Logroño de 1610 y escuchar a las supuestas brujas que quisieran retractarse tras confesiones logradas con tortura”.
‘BOTELLONES’ DE ÉPOCA
Las anécdotas no escapan al repaso que realiza el autor en una ímproba labor por dejar por escrito hechos que fueron historia. Así rescata de las actas municipales acuerdos como el adoptado “el día de Navidad de 1828” por “los señores alcalde, regidores y vecinos”. La resolución deja entrever preocupaciones en el vecindario que se repiten como una constante, salvando las diferencias de cada época, hasta la actualidad: “Hacía tiempo que se toleraban entre los jóvenes ciertos abusos como el cantar, relinchar y coplas a los novios las noches de víspera de bodas con el fin de obtener algunos reales o andar la víspera de San Juan de casa en casa recogiendo quesos o huevos y tortas el tercer día de las fiestas de agosto y aunque son regalos voluntarios, los vecinos se sienten avergonzados y obligados a dar lo que tienen para sí, porque los mozos entran en sus casas y son capaces de armar camorras incluso entre ellos y poner en la plaza el árbol llamado mayatza. Todo ello no produce más que gastos superfluos, peligros y sinsabores a los vecinos. Por ello se pedirá a los alcaldes que son nombrados anualmente, que no permitan a los mozos andar de noche, ni de día, cantando, relinchando y alborotando en las puertas de los novios la víspera de boda, cantándoles coplas, ni en carnavales vistiéndose de pelletas y cencerros en traje de mozorros, ni recogiendo regalos en las fiestas de agosto ni la víspera de San Juan”.
Había también condiciones para los enterramientos: “La familia de la persona fallecida ha de dar media libra de pan y dos cántaros de vino para los que acudan a la sala del ayuntamiento donde han de reunirse los vecinos que deseen compartir con los familiares del difunto y no en su domicilio.”
Reconoce el historiador local que cuando se disponía a entregar su trabajo en la imprenta llegó a sus manos el libro de Raquel Idoate Ancín titulado Emigración de la Navarra Atlántica a América (1840-1874). En él reparó que 4.000 navarros emigraron a América, entre ellos, 150 vecinos de Ezkurra. Su éxodo redujo la población masculina a mínimos. Ya fuese por necesidades del entorno familiar como por las generadas por un período de inestabilidad política, con de cinco guerras ente 1793 y 1876, amén de los intentos de huida a la llamada a filas -según se lee en el libro consultado por Etxeberria-, el pastoreo en América convenció al grueso para proveerse un porvenir. El episodio es parte de la realidad de un término que, como dice, es de ensueño.
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