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Juzgan a tres policías forales por la agresión a un detenido en los calabozos de Tudela: "Me sentí humillado"

La fiscal pide de 2 a 2,5 años de prisión: el que le golpeó afirma que solo quería reducirlo para “evitar una posible agresión”, otro que no vio nada y un tercero acusa a su mando de dar dos puñetazos al arrestado

Un fotograma de la grabación de calabozos: dos de los agentes acusados (a la izquierda el que propinó los golpes), tras tirar al detenido al suelo para engrilletarlo
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Un fotograma de la grabación de calabozos: dos de los agentes acusados (a la izquierda el que propinó los golpes), tras tirar al detenido al suelo para engrilletarloDN
Un fotograma de la grabación de calabozos: dos de los agentes acusados (a la izquierda el que propinó los golpes), tras tirar al detenido al suelo para engrilletarlo

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Gabriel González

Actualizado el 24/03/2026 a las 09:40

La prueba esencial del juicio a tres policías forales por agredir a un detenido en los calabozos de Tudela hace un año es un vídeo de diez minutos. Una cámara situada frente a las puertas de la celda, de cristal, graba al detenido en su interior. No hay sonido. El arrestado golpea la puerta y espera, así hasta en veinte ocasiones. Llegan dos agentes, uno de ellos un cabo primero: habla con él y le indica que vaya al fondo. El detenido retrocede hacia el banco de enfrente. El mando habla con él desde la puerta. Aparece otro agente y los tres entran en la celda. El arrestado se intenta poner de pie y el cabo lo sienta de un empujón. Lo agarra y zarandea hasta llevarlo al otro extremo del banco. El tercer agente, situado algo más atrás, sale de la celda tras recibir una llamada al móvil. El mismo agente que le ha dado el empujón lo arrastra de una pierna y lo tira al suelo. Se sienta sobre su espalda y el otro agente sobre sus piernas. El principal acusado vuelve a golpearle. Esposan al detenido con las manos atrás. Los agentes se van. El detenido se levanta y en las imágenes se le ve la cara ensangrentada. Poco después vuelven los agentes, entran de nuevo y hablan un rato con el detenido, juntándose hasta siete policías en el interior. Finalmente, lo sacan de la celda.

Los tres primeros policías han sido juzgados este lunes en la Sección Segunda de la Audiencia. En el público, una veintena de familiares de acusados y agentes de la Policía Foral, con el jefe, Iván Ortueta, a la cabeza. La fiscal les pide de 2 a 2,5 años de cárcel por un delito contra la integridad moral y otro leve de lesiones, e inhabilitación de 2 a 3 años, al entender que en esa situación el principal acusado le agredió “de forma injustificada y absolutamente desproporcionada” con varios puñetazos y aprisionando el cuello con la rodilla. Y que los otros dos no hicieron nada por impedirlo. 

Las defensas piden la absolución, pero con posiciones muy distintas: el principal acusado asegura que no le dio puñetazos sino golpes con la mano abierta para evitar una posible agresión a él y a sus compañeros, el agente que se va en mitad de la escena afirma que no vio los golpes y el tercero acusa a su superior de propinar dos puñetazos al detenido y lamenta no haber sabido parar a su jefe, pues solo llevaba tres semanas en el cuerpo.

El denunciante es un joven “habitual” de la comisaría tudelana , donde lo califican de “violento”, y con problemas de salud mental. Actualmente está en prisión en Zuera (Zaragoza). Pero la mañana del 12 de febrero de 2025 se encontraba en los calabozos de la Policía Foral tras haber sido detenido la tarde anterior por amenazas a una enfermera y desórdenes públicos en el hospital Reina Sofía de Tudela. Según declararon varios agentes en el juicio, la noche en calabozos había sido “complicada” por el estado alterado del denunciante, que profirió numerosas amenazas, insultos y comentarios obscenos y hasta se desnudó. “Llegó a decir que le reserváramos la celda, que la iba a volver a ocupar por matar a un policía”, contó un policía que no participó en los hechos enjuiciados, y que añadió que la falta de colaboración y faltas de respeto eran continuas. Un forense explicó que presenta un trastorno de personalidad disocial y que la tarde del arresto había consumido alcohol y un porro.

DECLARACIONES DE LOS TRES AGENTES

A las nueve de la mañana, tras pasar por la sala de reseñas, donde el principal acusado afirmó que el detenido estaba “retador” y quería fumar, empezó a golpear la puerta de la celda y a llamarles e insultarles. “Golpeaba en repetidas ocasiones y me amenazaba a mí y a mi familia. Había otro detenido que se estaba poniendo nervioso por los golpes y fui a pedirle (al denunciante) que se calmara”, relató el cabo primero. Por experiencias pasadas - “es un detenido especialmente violento y se ha llegado a tirar a por mi arma”-, le pidió que se retirara hasta el banco. Allí, continuó, le informó de que iba a ser puesto en libertad en breve, pero el arrestado “se levantó”. “Lo hizo con ánimo de agredirme. Y ahí sí que intenté quitármelo de encima y procedí a engrilletarlo como pudiera para neutralizar la amenaza. Sentí que me iba a acometer, lo senté y volvió a levantarse”. Para esposarle con más seguridad, afirmó, lo tiró al suelo. “Su resistencia era activa. Al tirar de la pierna cayó de bruces y se golpeó con el suelo”. Él se sentó encima para engrilletarlo, auxiliado por otro agente. “El detenido me sujetó la mano izquierda y yo con la otra le daba golpes en el hombro para que me la soltara”, contó. El cabo aseguró que todos los golpes que dio fueron con la mano abierta, no con el puño. También afirmó que en ese momento desconocía que el detenido tuviera una enfermedad mental.

Otro acusado, el que recibió la llamada en la celda, fue también el que practicó la reseña. Al principio estaba tranquilo. “Estaba recién levantado y quería fumar y yo le dije que le iba a dejar. Llevo 1.400 detenido y sé que un cigarro es la diferencia entre estar bien y estar mal”. Durante la toma de datos, sin embargo, comenzó a ponerse nervioso, se levantó, dio un golpe en la puerta y ahí ya se le dijo que no iba a fumar, contó. Entre insultos y amenazas, lo metió en la celda, donde continuaron los improperios. “Golpeaba la puerta y golpeaba sin parar”. Él fue el último en entrar en el calabozo durante el incidente y aseguró que no vio los golpes porque su compañero le tapaba: “Percibí dos movimientos rápidos, pero no los vi”. En ese momento, recibió una llamada al móvil de sobre un caso del día anterior y salió a hablar por teléfono, por lo que no vio el resto de la escena.

Quien sí estuvo en toda fue un agente que llevaba 25 días en el cuerpo. Tras reconocer que el detenido estaba “un poco alterado y llegó a amenazar” durante la reseña, acusó a su superior. “Eso no justifica los golpes que luego recibió”. Aseguró que cuando el arrestado estaba sentado en el banco e intentó levantarse recibió "dos puñetazos" del cabo. “Yo me puse en medio para parar los golpes. Esa mañana había conocido a mi jefe y no tenía confianza para decirle nada. Solo llevaba tres semanas como policía y no sabía qué hacer”. Ya en el suelo, en una situación que calificó de “surrealista” en la que él estaba “flipando”, pidió al cabo que parara, pero lo hizo “con miedo”, y fue entonces cuando el detenido cayó a sus pies por la acción del principal acusado. “Yo me puse sobre sus piernas para que no pegara a mi jefe con ellas”. Ahí no vio puñetazos: “Miraba a las lumbares (del detenido). Vi forcejeo, pero no presencié los golpes. Los dos primeros puñetazos sí que los vi". Insistió en su falta de experiencia para no haber dicho o hecho algo para detener la agresión y volvió a censurar la actuación del cabo: “Un engrilletamiento se tiene que hacer con la fuerza mínima e indispensable y dentro del marco de la legalidad. Entiendo que dar un puñetazo no está bien hecho”.

DENUNCIANTE: "ME SENTÍ HUMILLADO"

El denunciante llegó al juicio desde la cárcel de Zuera, donde está ingresado por intento de homicidio a su abuela. Reconoció ser “un habitual” en la comisaría de Tudela. Y resumió así lo vivido aquella mañana en los calabozos de la Policía Foral: “Yo recuerdo estar colaborativo. Vinieron varios (policías) arrebatados de genio, me pegaron y me dejaron indefenso. Me dieron varios puñetazos, varios golpes y me dejaron esposado a la espalda”, afirmó, concretando que un agente estaba “más cebado” y que los otros estaban mirando.

Aseguró que no sabe el motivo por el cual entraron los policías y que no recuerda estar llamándolos ni verbalizando amenazas. Negó estar alterado. “En la tarde de la detención, puede ser, pero dormí tranquilo y en la sala de reseñas no dije nada. Imagino que les caigo mal, otra explicación no tengo”. Agregó que “no esperaba la agresión” y que a los policías les decía que tuvieran cuidado porque tenía una fractura craneal. “Me sentí humillado”, concluyó. Su abogado, José María García Elorz, pide para los tres acusados 4 años de prisión y otros tantos de inhabilitación.  

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