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Me quedo en el pueblo

Un viaje de Armañanzas al mar

Gerardo Beaumont conoció ya adulto el mar. Pero le atrapó y tras regresar a su pueblo y jubilarse, no descarta envejecer a orillas del Mediterráneo

Gerardo Beaumont Crespo, en el quiosco de la plaza de Armañanzas (Navarra).
Gerardo Beaumont Crespo, en el quiosco de la plaza de Armañanzas, este martes.
P.F.L.
Actualizada 06/06/2021 a las 17:59

Tendría 18 años cuando vio el mar por primera vez, en San Sebastián. El Mediterráneo lo conoció camino de los 30, aquel susurro del agua le cautivó y la costa ha sido su casa durante años, del Levante a Canarias. A poco para jubilarse regresó a Armañanzas, a su pueblo. Pero, en este enclave abrigado por la sierra de Codés, Gerardo Beaumont Crespo añora el salitre.

De 67 años, nació el pequeño de ocho hermanos. Por eso le llaman el tardío. “Llegué cuando nadie lo esperaba, mi hermana mayor tenía 24 años y mi madre unos 45 años”, apunta una niñez feliz, entre juegos y travesuras, la pelota en el frontón y la escuela con el maestro Luis Ariztimuño, de Azuelo, el último que conoció. “Y el trabajo en el campo, entonces había mucho en casa, en las plantaciones de tabaco, en el tomate...”, rescata que con 17 años fue a la ‘mili’ voluntario y pudo entrar en la banda de música en Aizoáin, con la corneta y los tambores, y el cornetín más tarde. De ese modo tenía derecho de pernocta y su hermana Isabel y su cuñado Pedro Iturain le proporcionaron habitación y le ayudaron a encontrar trabajo, en el club de Tenis, y más tarde en la factoría de Seat. Allí se empleó cinco años “cuando se hacía el 124”. “Pero entre cuatro paredes no podía, lo dejé y durante un año trabajé de camarero en ferias, en muchos pueblos. Me gustaba el ambiente, así que luego me fui a la playa de San Juan en Alicante y seguí en hostelería”, suscribe que recaló en distintos puntos de la costa, en Torrevieja, en Denia... y ocho años en Tenerife. “En Levante hacía la temporada y luego recogía naranjas y mandarinas, la primera la marisol, variedad temprana, desde octubre, dos camiones, 700 cajas por día. Esa ha sido buena parte de mi vida”, describe amable Gerardo sentado en una silla bajo el quiosco de la plaza de Armañanzas, en la primera tarde de junio, con el cielo revuelto, lo mismo calienta el sol que merodea la tormenta.

Es un pueblo de silueta elegante, casas de piedra con escudos labrados que invitan a indagar en la historia. Destaca la iglesia, grande como una fortificación. “Aquí vivían unas 500 personas no hace tanto, ahora hay 70 empadronados, unos 30 durmiendo cada día y 90 viviendas, la mayoría segundas, de personas en Logroño o Vitoria”, enumera Gerardo junto al alcalde, David Pérez de Albéniz. De 46 años, y el pequeño de seis hermanos, sus hijas son dos de los cinco niños del pueblo. “Pero mayores hay muchos y con más de 90 cinco mujeres”, aplauden la longevidad. No a la despoblación, una inercia desbocada a la que mirar de frente. “Y no es algo que se resuelva en dos días”, plantea el alcalde que contemplan habilitar un bar y tienda junto al quiosco para cederla a una familia dispuesta vivir en Armañanzas. Lograrían así dos objetivos: un servicio a mano para los vecinos, y más nombres para un censo debilitado. Y proyectan un ascensor en el edificio del ayuntamiento, para el nuevo consultorio y la ludoteca. En la planta baja está la sociedad.

Entretanto, Gerardo macera su futuro. “No sé, otro invierno aquí va a ser duro”, descubre apesadumbrado un episodio que le marcó. “Mi hermano Manuel, agustino, murió de covid el 29 de marzo de 2020, con 75 años. Lo quería muchísimo, era una persona excepcional, venía siempre en verano a la casa natal, disfrutábamos juntos”, subraya que la ausencia es demasiado grande. “Me costará”, guarda como oro en paño un obituario publicado en Diario de Navarra, escrito por un sobrino. “Siempre dispuesto a ayudar, fue director de un colegio en Madrid, donde vivía habitualmente”, sostiene que sin él la vida en Armañanzas ha perdido algo de sentido. “Estoy acostumbrado a estar con mucha gente y aquí no hay a veces con quién”, descubre que piensa vender su casa y volar, allá donde el mar le conceda sosiego.

 


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