Hostelería
Un histórico bar de Puente la Reina dice adiós tras medio siglo
La falta de relevo generacional aboca al cierre del bar Aloa de Puente la Reina que fue testigo de la transformación del Camino de Santiago


Publicado el 14/10/2026 a las 19:30
El 6 de octubre no fue un martes más para Javier Ayerra Echarte. Y no lo fue porque este hostelero puentesino no levantó la persiana del bar Aloa, un establecimiento ubicado en el corazón de Puente la Reina, en plena calle Mayor, tras cuya barra ha estado durante medio siglo. Tenía 15 años cuando comenzó a trabajar en un bar que cerró por jubilación este lunes 5 de octubre. A sus 65 años, dice, ha puesto fin a un ciclo. “Me da pena pero creo que mi ciclo ha terminado. Ha llegado el momento de parar y de descansar”, refiere sobre un negocio al que ha dedicado toda su vida.
La historia del bar Aloa comenzó a escribirse en 1976 cuando Alfonso y Antonio, tío y hermano de Javier, respectivamente, compraron el negocio. Al poco Javier compró la parte de su tío y ambos hermanos asumieron las riendas del negocio. Hace pocos años Antonio se jubiló y Javier ha estado al frente hasta ahora, cuando la falta de relevo generacional ha motivado el cierre. “Yo tengo tres hijos y ninguno ha querido seguir. Es normal, han visto todo el tiempo que yo he dedicado al bar. Jornadas de quince horas muchas veces entre semana y de hasta dieciocho los fines de semana con un día de cierre, los lunes, que además lo dedicaba a temas relacionados con el bar como compras o papeleos”, relata.
Medio siglo tras la barra ha dejado como legado una secuencia de anécdotas, momentos muy buenos pero también otros menos alegres y también complicados. Estos cincuenta años en el Aloa, cuenta, le han permitido ser testigo de la evolución del propio pueblo y de la Ruta Jacobea, en uno de los municipios más emblemáticos del Camino de Santiago, donde confluyen el camino francés y la ruta aragonesa. “Al principio se servía mucho vino y poco café y cerveza. Poco a poco se fue evolucionando”, indica al referirse a la introducción de una carta con comida casera, algo que ha caracterizado al establecimiento hasta el final.
En los años ochenta, prosigue el relato, comenzó a hacerse más frecuente la presencia de peregrinos. Eran, la mayoría, gente mayor, ya jubilada, y procedente de países nórdicos como Finlandia, Suecia o Noruega. “Llegaba gente con muchísimos kilómetros caminados. Entonces no se conocía prácticamente aquí todavía el Camino de Santiago y fuimos aprendiendo de estas personas”, dice. Con el paso del tiempo, añade, se comenzó a ofrecer un menú para peregrinos, a precio económico, que se servía tras haberse enseñado la credencial y que estuvo en carta hasta el final.
Una despedida que llegó este pasado fin de semana con pena por el cierre pero, asegura, la satisfacción de haber estado al pie del cañón. Los primeros años, recuerda, no se cerraba ningún día a la semana. “Al principio solamente cerramos tres días, en la boda de dos hermanos míos y el funeral de mi abuela. Luego ya llegaron los lunes”, refiere. La clientela habitual, muchos puentesinos además de los peregrinos, han trasladado ya su pena por el cierre. “A mi también me da pena pero he cubierto un ciclo. Ahora tendré tiempo para pasear e ir a la huerta”, cuenta. Este hostelero se marcha con el cariño de su clientela y la emoción que afloró en dos recientes homenajes que le tributaron tanto los gaiteros como la comparsa de gigantes.
"Llegaban peregrinos por la noche y los llevábamos en coche a Estella"
El ‘boom’ de los peregrinos que pasaban por Puente la Reina en su camino hacia Santiago de Compostela, explica Javier Ayerra, no llegó hasta pasada la mitad de los años 90 y entrado el 2000. Antes también había peregrinos pero la mayoría eran extranjeros y tampoco, asegura, Puente la Reina contaba con la oferta de alojamientos y albergues disponible como tiene hoy en día. “Era habitual ver entrar peregrinos al bar a eso de las nueve de la noche y preguntaban por sitios en los que cenar y dormir. Aquí siempre tratábamos de darles algo caliente, un caldo o una sopa. Lo de dormir ya era más complicado porque no había albergues ni los alojamientos que hay ahora, solamente un hotel y alguna pensión que muchas veces no tenían sitio. Por eso en más de una ocasión los montaba en mi coche y los llevábamos a Estella donde había más alojamiento”, relata. Las motivaciones por hacer el Camino, añade, también han cambiado mucho en estos años.