Verano en mi pueblo

Cuando Roma duerme, Santacara amanece

La piscina se convierte en auténtico centro de operaciones del verano

Los niños de Santacara se lanzan a la vez a la piscina municipal
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Los niños de Santacara se lanzan a la vez a la piscina municipal
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Gael Laspalas

Publicado el 23/08/2025 a las 05:00

El verano en Santacara comienza temprano, con un sol que tarda poco en imponerse sobre las calles anchas y tranquilas. Desde primera hora, el aire caliente ya anuncia la jornada larga que se avecina. Las persianas bajadas, las macetas en los balcones marcan el despertar de un pueblo que sabe que en agosto todo gira alrededor de la piscina, las peñas y las fiestas.

A pocos metros del casco urbano, las ruinas de la ciudad romana de Cara recuerdan que aquí la historia lleva mucho tiempo escribiéndose. Entre piedras antiguas y muros que han visto pasar imperios, hoy son los niños quienes dan vida a este rincón de la ribera navarra, llenando con sus juegos el silencio de siglos. En la plaza, bajo un cielo que alterna nubes y claros, Aitor Ibargüen Casanova, Ander Aguirre y Javier Garde, todos de once años, cuentan su rutina veraniega. Hablan rápido, casi pisándose las frases.

—Cuando es día de fiesta nos levantamos y salimos por ahí —explica Aitor.

—Al mediodía vamos a la peña a comer —añade Ander.

—Y después, por la tarde, vamos a ver las vacas —remata Javier con naturalidad, como si eso lo dijera todo.

La jornada, por supuesto, no acaba ahí.

—A la tarde salimos otra vez, que hace menos calor —dice Aitor, con la sencillez de quien tiene claras las prioridades.

Un poco más allá, bajo la sombra agradecida de un árbol frondoso, Sandra Carrera ha extendido unas toallas en el suelo junto a su hija y varias amigas. Sobre ellas, pinceles, botes de pintura, cartones y piezas de madera. Se oyen risas, conversaciones entrecortadas y el inconfundible olor a témpera.

—Solemos bajar a la piscina y allí se juntan niños de todas las edades —cuenta Sandra—. Eso es lo bueno del pueblo.

Hoy, sin embargo, la piscina puede esperar: es día de manualidades.

—Estamos haciendo marcapáginas e imanes de madera —explica—. Los pintan ellas y luego, en fiestas, los venden. Así se juntan con los familiares, hacen grupo y siempre tienen algo que hacer.

Las niñas pintan con paciencia, concentradas en los detalles, mientras al fondo se adivina el perfil inconfundible de la antigua ciudad romana de Cara. Allí, las excavaciones siguen sacando a la luz restos de mosaicos y tramos de calzadas. Para los adultos es patrimonio; para los chavales, simplemente parte del paisaje al que están acostumbrados.

Las fiestas son del 14 al 20 de agosto, cuando Santacara multiplica su tamaño. Las peñas decoran las calles con banderines, la txaranga recorre cada rincón y en la plaza suenan canciones que todos conocen de memoria. Los almuerzos, las comidas en cuadrilla y los encierros convierten esos días en una cita marcada en rojo en el calendario. “Aquí, cuando son fiestas, se nota hasta en el aire”, comenta un vecino mayor desde un banco.

La tarde avanza y el calor comienza a dar tregua. En la terraza del bar, los vasos se alinean en las mesas mientras los mayores charlan de todo un poco: del campo, de los precios, de lo que falta por preparar para las fiestas. Los más pequeños entran y salen con las bicicletas, improvisando carreras entre ellos. Una mujer comenta que “los veranos ahora no son como antes, pero lo importante es que los críos siguen teniendo calle”.

En la piscina, que se convierte en auténtico centro de operaciones del verano, la actividad es continua: baños, partidos improvisados en el agua, abuelos vigilando a los nietos desde las sillas plegables y cuadrillas de adolescentes que alternan baños con largas charlas tumbados sobre las toallas. El césped está salpicado de sombrillas, neveras portátiles y helados que se derriten demasiado rápido.

Los vecinos también sacan las sillas a las puertas de las casas, como se ha hecho siempre. Allí, en corro, se habla de lo de siempre: el calor que no afloja, los hijos que vienen solo en verano, el reencuentro con familiares y amigos que hace meses que no se ven. Un pueblo donde cada verano se escribe, de nuevo, la misma historia que arranca siempre igual:

—Nos levantamos, salimos por ahí… y volvemos a juntarnos para seguir disfrutando de Santacara.

Preparando marcapáginas para vender en fiestas
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Preparando marcapáginas para vender en fiestasEduardo Buxens
Preparando marcapáginas para vender en fiestas

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