Verano en mi pueblo

Pitillas, donde las gallinas despiertan el verano

El Complejo Deportivo Municipal de la localidad vibra como centro de reunión y corazón del verano

Los más pequeños disfrutan de un día de piscina en Pitillas.
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Los más pequeños disfrutan de un día de piscina en Pitillas.
Los más pequeños disfrutan de un día de piscina en Pitillas.

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Gael Laspalas

Publicado el 23/08/2025 a las 05:00

Desde la carretera que conduce a Pitillas, la ribera muestra su carácter de agosto: tierras de color dorado, trigales que parecen un mar detenido bajo el sol y un horizonte que huele a polvo y a hierba segada. El cielo, aunque cubierto por nubes, deja ver la claridad intensa que recuerda en todo momento que la temperatura ronda los 35 grados. El calor parece salir del asfalto, y hasta los grillos y las cigarras parecen cantar con desgana.

Tras cruzar el puente sobre el río Cidacos, el pueblo se abre en calles tranquilas, con fachadas donde aún cuelgan macetas de geranios que resisten el sol y contraventanas abiertas de par en par para dejar entrar un poco de aire. Al girar a la izquierda por la calle Beire, se percibe de inmediato un ritmo distinto: los coches aparcados en fila, ventanas abiertas donde flotan cortinas que se mueven con la brisa y el silencio solo interrumpido por un saludo desde algún balcón o por el ladrido de algún perro.

El Complejo Deportivo Municipal, al otro lado de la carretera, vibra como centro de reunión y corazón del verano. Allí, en el césped junto a la piscina, las toallas se mezclan con juguetes de agua, botellas de refresco y sombrillas de colores que forman un mosaico. Entre ellas, Consuelo Díez y Charo Pérez disfrutan de la tarde con calma, bajo el amparo de sus gorros de esparto y gafas de sol. Conversan despacio.

—Venimos de Beire; estos días de calor, la piscina sienta muy bien —dice Consuelo.

Charo asiente con una sonrisa tranquila, mientras se abanica con la tapa de una revista.

A su lado se une María Imelda Orta, que acomoda su silla de playa trenzada de tonos azulados y coloca a sus pies un bolso de paja veraniego del que sobresale una toalla aún húmeda.

—Nací en Carcastillo, pero hace muchos años que me vine a Pitillas. Aquí el verano se vive de otra manera, más despacio, más a gusto —comenta.

Mientras tanto, en el parque cercano, los protagonistas del día corretean junto a sus amigos. Adur y Guillermo, de 12 y 11 años, finalmente se sientan en un banco de madera para descansar.

—Por la mañana Adur viene a mi casa —explica Guillermo— y hacemos Operación huevo.

—¿Operación huevo? —pregunto.

—Sí, es ir a mirar si las gallinas han puesto huevos. Lo hacemos todos los días —responde Adur con orgullo.

Entre risas, se interrumpen el uno al otro para contar lo que viene después.

—Después de las gallinas, vamos a la piscina. Nadamos un poco, jugamos al balón y luego comemos en casa.

—Por la tarde —añade Guillermo— volvemos otra vez, porque aquí todos estamos en la piscina en verano.

El agua se convierte en refugio. Los chapoteos se mezclan con los gritos de alegría, y los socorristas, bajo la sombrilla, vigilan con media sonrisa la escena repetida de cada día.

La conversación deriva hacia la noche, ese momento en que el calor da una pequeña tregua y el pueblo se transforma. La brisa empieza a correr, los vecinos sacan sillas a las puertas de las casas y las calles se llenan de movimiento.

—A la noche salimos por el pueblo —dice Guillermo—. Sacamos toritos de ruedas y hacemos pequeños encierros.

—Es lo mejor del verano —decía Adur.

En la terraza del bar, un grupo de señoras juega al mus. Las cartas golpean la mesa con un sonido seco, amortiguado por el mantel verde, mientras alguien pide otra ronda de refrescos. Entre jugada y jugada, se oyen comentarios sobre el tiempo o sobre los hijos que han venido de visita. Los mayores conversan en voz baja, vigilando de reojo a los niños.

María Itoiz, mientras recoge las cosas para volver con sus hijos a casa después de un día entero de piscina, resume lo que todos sienten:

—Con la ola de calor, esto sienta de lujo. Aquí uno respira, se olvida de las prisas.

Los niños, aún con el pelo mojado, protestan un poco porque no quieren marcharse, pero enseguida se conforman, sabiendo que mañana será otro día igual de largo.

Pitillas se muestra en verano como un lugar donde los días se organizan entre baños, partidas de cartas y paseos al caer la tarde. Aquí, las gallinas marcan el inicio de la jornada, la piscina es el centro de operaciones y la noche pertenece a los niños y a sus pequeños, pero muy realistas, toritos de ruedas.

Consuelo Díez y Charo Pérez disfrutan de la tarde en sus sillas
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Consuelo Díez y Charo Pérez disfrutan de la tarde en sus sillasEduardo Buxens
Consuelo Díez y Charo Pérez disfrutan de la tarde en sus sillas

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