Verano en mi pueblo
La tranquilidad de Cirauqui es su bien más preciado
'Diario de Navarra' recorre la geografía foral para hablar con los vecinos y visitantes, y mostrar cada sábado por qué el verano es tan espacial en los pueblos navarros, que se llenan de vida
Publicado el 27/07/2024 a las 05:00
Cada verano Cirauqui se convierte en un animado punto de encuentro. Durante esta temporada, sus calles y plazas se llenan de vida gracias a la llegada de veraneantes, muchos de ellos procedentes del País Vasco, así como de peregrinos del Camino de Santiago. Las historias de los locales y visitantes reflejan una rica mezcla de tradiciones, amistad y la búsqueda de la tranquilidad que solo el pueblo puede ofrecer.
Alberto Armendáriz, un joven de 20 años, es uno de esos habitantes que, aunque estudia en Madrid, siempre regresa a Cirauqui durante las vacaciones. “Lo que más me gusta de estar en el pueblo en verano es la tranquilidad que se respira respecto a la ciudad. Tener la piscina municipal a dos pasos de casa y salir por la noche sin ninguna preocupación suponen una paz difícil de igualar”, comenta mientras disfruta de un día en la piscina junto a sus amigos. Esta cuadrilla, compuesta por más de una quincena de chicos y chicas, se convierte en un reflejo de la vida social del pueblo en verano, donde la piscina es uno de los principales puntos de encuentro.
También en el césped después de un chapuzón se encontraba otra de las cuadrillas del pueblo. Una mezcla de locales y veraneantes como Ibai Elorz, de Bilbao, se suman al ambiente cada año. Ibai recuerda cómo ha pasado todos sus veranos en Cirauqui desde que era niño, gracias a que su abuelo nació aquí. “En verano vamos a la piscina, o algún día al río”, cuenta. Los partidos de fútbol por la noche de duración interminable y marcadores eternos se han convertido en un clásico para él y todo su grupo de amigos, quienes también valoran especialmente las fiestas de los pueblos cercanos como Mañeru, Puente la Reina y Obanos.
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Entre los veraneantes, Arantxa, una donostiarra, encuentra en Cirauqui no solo un lugar para descansar, sino también una conexión con su pasado familiar. “Mi familia era de aquí y cada vez que tengo una oportunidad vengo a Cirauqui para conocer más sobre los orígenes”, explica. A pesar de visitar el pueblo con frecuencia, solo una vez ha pasado la noche aquí ya que “la distancia entre Cirauqui y San Sebastián no es muy grande por lo que vamos y volvemos en el día”. Lo que más le gusta es charlar con las personas mayores y ver el punto de vista que tienen de la vida. “Al final venimos del ritmo de la ciudad y aquí se tiene otra forma de ver la vida”, explica Arantxa, que, junto a su marido, aprovecha sus visitas para indagar en los archivos locales y hablar con los vecinos.
El Bar de los Jubilados, dirigido por Pedro Jesús Jiménez, es otro de los puntos neurálgicos del pueblo, especialmente durante el verano. “Nuestro verano se basa en atender a la gente del pueblo y a los peregrinos”, afirma. El Camino de Santiago trae consigo una gran afluencia de peregrinos, especialmente en los meses de primavera y otoño. “Los mejores meses son abril, mayo, septiembre y octubre. En junio, julio y agosto también vienen, pero hace tanto calor que la cantidad decae muchísimo”, añade. Quienes se lanzan a vivir esta aventura encuentran en Cirauqui un lugar de descanso en su travesía, siendo el albergue Maralotx uno de los puntos de hospedaje más importantes.
La vida en Cirauqui durante el verano también se ve animada por la presencia de familias locales y sus amigos. Juan Luis Cortés e Isabel Ballet, vecinos “de toda la vida”, disfrutan de la llegada del buen tiempo y de la posibilidad de compartir más momentos con el resto de habitantes. “Por la noche salimos a la fresca, nos juntamos con los vecinos y pasamos horas hablando”, apuntan. “Es algo que cada vez se hace menos, una tradición que poco a poco se va perdiendo, pero nosotros todavía la mantenemos”. Su hijo Víctor estudia en Pamplona junto a un amigo de Guatemala, lo que ha llevado a ambas familias a pasar tiempo juntas en Cirauqui. “Para ser un pueblo pequeño tenemos muchas cosas” destaca Juan Luis. “En el frontón los chavales juegan a fútbol y baloncesto, hay clases de salsa y un taller de pintura”, señala. Además, existen dos charangas y dos coros, uno de varones y otro mixto, propios de la localidad. A esa opinión se une también Pedro Jesús Jiménez, quien afirma que “en Cirauqui siempre hay algo que hacer”. Las escapadas al monte o los paseos en bicicleta son otros de los planes más comunes entre los vecinos, quienes parecen tener una cosa muy clara. No hay nada como la tranquilidad del pueblo.
